
En éstos momentos en que la vida de una docena de jóvenes colombianos ha sido truncada por manos que atacan a las personas en mitad de la noche cuando se es más indefenso y vulnerable, a quienes se acostaron creyendo en un proceso de paz, que bajaron la guardia por creer en la palabra esperanzadora de tres letras, lamento escribirlo pero me es difícil creer en que Colombia logrará una verdadera paz tras este largo y tortuoso proceso en el que, sí, se ha puesto mucho de parte y parte y es el gran sueño de 45 millones de compatriotas, pero la paz ha sido una palabra utilizada estratégicamente para ganar terreno en nuestra mente, en nuestras ingenuas convicciones de seguir creyendo en todo lo que nos promete un cambio positivo en medio de tantos años de amargas batallas y medio siglo de violencia.
Sin ánimo de ofender a ningún colombiano armado o desarmado ni a sus objetivos cotidianos tras sus propios ideales, qué paz puede lograrse si antes no se transforma el corazón de cada una de las personas.
Cada asesinato siembra un dolor, un resentimiento, una desconfianza, una zozobra irreparable, dejando una huella imposible de borrar porque por más campañas de perdón y olvido que se adelanten, jamás se le podrá devolver la vida a aquellos a quienes vilmente se la han arrebatado.
Quedan los dolientes, las viudas, los huérfanos, aumenta el abandono, el hambre, el desamparo, la ausencia profunda en corazones debilitados incapaces de soportar más penas, se sigue sembrando una Colombia amarga y desconfiada en la que a la final cada quien vuelve a optar por no volver a creer, se mata la ilusión, los sueños, se mata la paz interior, se mata la paz popular, se mata la paz. Sólo es posible pensar en alcanzarla, cuando cada colombiano haya educado y ejercitado lo suficiente a su alma en áreas como la capacidad de sentir misericordia por el prójimo (incluyendo la que debemos sentir por todos los seres del planeta así no sean de nuestra misma especie), la capacidad de respetar, de pensar dos veces antes de actuar, de controlar las emociones negativas de ira, de traición, de intolerancia, de desamor e indiferencia, la capacidad de sentarse a reflexionar sobre las consecuencias de cada acción que realicemos no sólo dentro de nuestros corazones y nuestra conciencia que a diario nos recordará el instante en que segamos los sueños y la vida de otro ser, sino también el dolor extensivo que ese ataque causa a miles de niños que se quedan sin padres, a miles de madres que jamás calmarán su dolor, hermanos, tíos, sobrinos, nietos, todas las familias y cada vecino, cada barrio y cada pueblo que los vio crecer, cada ciudad en donde nacieron, cada departamento, cada milímetro de nuestra amada Colombia se impacta, se hiere, se sumerge en una pena y una impotencia que genera desolación en el alma.
No estoy contra ningún grupo revolucionario porque todos tenemos derecho a oponer resistencia a lo que no nos convence pero por qué no aprender a luchar por nuestros ideales sin más armas que el diálogo que sea totalmente coherente entre lo que se dice y lo que se hace.
El inicio de todo aquel que se unió a un grupo por fuera de la ley, se basó en la búsqueda de ideales más justos con respecto a los derechos del pueblo, porque se sintió oprimido o excluido o qué se yo y cada quien sus razones respetables tiene, pero por qué perder el amor al prójimo si es casualmente al pueblo al que supuestamente se quiso respaldar en ese primer momento.
Cómo es posible que ya no nos importe lo que significa una vida, su propia historia. Cada ser es un maravilloso universo creado por Dios, con qué derecho lo irrumpimos para siempre desangrando a nuestra patria.
Otros países pelean con otros países, pero nosotros somos un país que pelea contra sí mismo, nos autodestruimos sin razón. Cada soldado del ejército y cada guerrillero son seres creados por Dios, son colombianos, son seres humanos, son seres a quienes Dios decidió permitir vivir.
Que «cada quien vive como quiera y que cada quien hace con su vida lo que quiere», no me parece, porque nuestra vida individual está íntimamente ligada a la vida de millones de personas y cada cosa que uno hace irremediablemente repercute en los demás.
Si no somos capaces de sentir dolor cuando vemos sufrir a un perro abandonado o a cualquier animal herido, si no nos duele ver contaminados los ríos y los mares de nuestro planeta, si no nos duele ver llorar al cielo abotagado de tanto veneno producido en la tierra, si no nos duele talar los árboles, mutilar montañas, si no nos duele Kenia, Afganistán, Etiopía, si no nos duele ver sufrir al vecino o ver llorar a un mendigo… ¿cómo pretendemos que el sueño de la paz sea posible?
La paz empieza en el corazón, aprendiendo a no ser indolentes frente a nada, aprendiendo a sentir como propio el dolor ajeno; la paz empieza en cada uno en su más profundo rincón del corazón y en su más humilde rincón del pensamiento; la paz empieza desprendiéndose de los propios sueños para unirse a los sueños de todos, a los que se forjan en equipo, a los objetivos comunes que nos recuerdan que lo mío no es lo más importante, que lo del otro es igualmente importante, cuando dejamos de pensar en batallas de equipos y formamos un sólo grupo, una sola familia, la familia colombiana, la familia de cualquiera de las especies pero siempre HUMANA en el sentido literal de la palabra y no por diferencias de especie, ni de ideas, ni de políticas, ni de posiciones, ni de regiones, ni de nada que nos divida.
«En reino dividido no hay victoria» dice Dios en la Santa Biblia, pero hay quienes ajenos a Dios dicen «divide y reinarás». Antes que nada debemos acercarnos más a Dios, llamémoslo como lo llamemos, todo ser supremo a quien tú llames Dios y se merezca ese título, tendrá que ser un ser muy bueno, perfecto, que te imponga normas de amor en el corazón, que no te dé la razón en todo sino que te exhorte y te guíe con disciplina, autoridad y correcta bondad, la idea que tengas de Dios debe ser lo que te direccione, no tus propios argumentos porque las personas nos equivocamos pero Dios no y nadie puede estar en paz ni con Dios ni consigo mismo si le ha hecho daño a otro.
Ojalá llegue el día en que seamos ciudadanos del mundo y entendamos que en este planeta hay lugar para todos, que no deberían existir las fronteras ni mucho menos las visas que no son más que senderos invisibles legalmente establecidos.
Ya dejemos de crear zanjas entre nosotros y construyamos el camino verdadero que sin límites nos una y nos reúna. Bajar la cabeza y decir me equivoqué, no debí hacerlo, lo remediaré aunque tenga que pedir perdón y sentir vergüenza o aunque tenga que pagar una pena, pero debo reiniciarme, purificar mi alma y volver a empezar ya no para mí solamente sino para todos los que me rodean así seamos diferentes.
Cuando cada uno sintamos esa paz interior, cualquier proceso podrá funcionar, ese es el verdadero proceso y empieza dentro de nosotros mismos y más mirando hacia Dios que hacia nuestras propias ideas.
Que Dios bendiga a Colombia y a este bello planeta que debemos aprender a cuidar y en el que debemos aprender a coexistir, a compartir y a convivir en PAZ!.