Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Domingo:
Popayán No aplica
Cali No aplica
Domingo, 11 de octubre de 2026

¿Cómo construir país, cómo construir paz desde la arquitectura?

Cómo construir país, como construir paz desde la arquitectura 2

¿Cómo construir país, cómo construir paz desde la arquitectura?

Intervención de Gabriel Bustamante Peña en el foro “Transformación y Construcción de Ciudad: Marcando Precedentes para el Cambio”, Facultad de Arquitectura de la Universidad del Valle, viernes 14 de mayo de 2021.

Gabriel Bustamante Peña

Quiero empezar esta charla ofreciendo, a través de ustedes, una sentida excusa a todas y todos los jóvenes de Colombia, porque como miembro de una de las tantas generaciones que los antecedieron, se me cae la cara de la vergüenza de haberles entregado el triste país donde les ha tocado nacer y crecer.

Un país donde no fuimos capaces de vencer a los corruptos, o de tan solo frenar la corrupción, porque en los últimos años esos bandidos que se disfrazan de políticos, pasaron de robar el erario público, a saquear a Colombia sin misericordia. Cálculos conservadores de la Contraloría General de la Nación informan que, actualmente, estos ladrones de cuello blanco se hurtan más de 50 billones de pesos cada año. Millones de millones de pesos, de recursos que iban destinados a hospitales, a los planes de vacunación, a los comedores escolares de los niños más pobres y vulnerables de Colombia, a construir acueductos en zonas que, por falta de agua potable, mueren miles de niños indígenas, campesinos o afrodescendientes; o a construir las vías que nunca pudieron conectar a nuestros poblados campesinos y los condenaron al hambre y a la quiebra perpetua.  

Pido excusas a ustedes también porque nuestra generación no tuvo la fuerza para entregarles un país en paz. No fuimos capaces de parar esta guerra que día a día desangra a la nación y, por el contrario, nos dedicamos a polarizarnos más, a construir un remedo de democracia donde se acabó el diálogo, la concertación y el respeto por las diferencias y, en su ausencia, entronamos la violencia verbal como antesala a la violencia física, la de las masacres a líderes sociales, la de las desapariciones forzadas, la de las agresiones, incluso sexuales, contra esas mujeres que olvidamos que son nuestras madres, hijas, esposas, compañeras, profesionales, estudiantes, lideresas, maestras. Al país que les legamos ya no le cabe un martirizado más y, sin embargo, ese conteo de nuestra barbarie sigue creciendo y hoy se acerca impunemente a 10 millones de víctimas.

Pido mil disculpas porque esta nación que les transferimos, no se acerca siquiera a un mínimo de justicia social y, por el contrario, en los últimos años la brecha de la desigualdad pasó de ser grave, a criminal. Desigualdad de oportunidades que sufren especialmente los habitantes de muchas zonas rurales, que lo único que conocen del Estado social de derecho, es el olor a pólvora de los bombardeos y el rocío venenoso del glifosato. Una creciente miseria que sufren a diario también quienes habitan en los barrios de las periferias de nuestras ciudades, esos guetos alejados de los “ciudadanos de bien”, en donde las personas no viven, sino que sobreviven en medio de las más duras e ignoradas condiciones, mancha de miseria e ignominia que creció como una gris espuma ante nuestra indiferencia y falta de empatía por el otro.

Y, por último, jóvenes de Colombia, quiero reiterarles estas sentidas excusas porque no fuimos capaces de proteger la naturaleza, de cuidar los ríos, los páramos, los bosques, las selvas, todo este vital patrimonio que les pertenece a ustedes y prospectivamente pertenece a todas las generaciones por venir. No fuimos capaces de salvaguardar tantas especies vegetales y animales que se extinguieron para siempre por nuestra culpa. Para no ir muy lejos en nuestro bochorno generacional, nos duele en el alma el estado en que les heredamos los Farallones, lugar sagrado del cual depende nuestra vida en este Valle del Cauca, donde nacen 6 de los 7 ríos que riegan a Cali, hoy todos envenenados por la minería ilegal; donde la destrucción de la capa vegetal de este majestuoso complejo montañoso hará que, en muy poco tiempo, esas corrientes que viajan hirviendo desde el océano Pacífico no encuentren antes de su llegada a Cali esa refrigeración natural que les da el follaje verde de un páramo que agoniza, y cuando este crimen se consuma, el calentamiento de la ciudad será inevitable, y perderemos para siempre esta brisa fresca que acaricia la ciudad, precisamente a esta hora que nos encontramos conversando sobre ella: las cinco y veinte de la tarde.

Después de ofrecer esta excusa, que por más que se extendiera siempre se quedaría corta ante tantas cosas por las cuales hay que pedirles perdón, quiero también manifestarles mis más sinceras felicitaciones, aplaudirlos de pie y agradecerles por despertar a todo un país. Por su compromiso en las calles, por expresarse a través del arte, de la música, del teatro, de la danza, por hacer de las redes sociales una gran tribuna de deliberación nunca antes vista, y por recordarnos que podemos aún soñar en construir un mejor país, un lugar más decente y justo donde quepamos todos.

Quiero agradecer también a la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Valle por esta amable invitación a compartir estos minutos con ustedes, y no puedo dejar de resaltar que es muy significativo que sea la Facultad de Arquitectura de la Alma Mater quien organice esta importante conversación, porque dialogar y reflexionar sobre lo que pasa en el país, se cree equivocadamente que es algo solo de las facultades de derecho o ciencia política, pero lo que hemos visto todos estos días es que estudiantes de medicina, de arte, de música, de química, se expresan con claridad y dolor sobre lo que pasa en Colombia. Lucas Villa, quien murió asesinado mientras en la calle animaba con su alegría las manifestaciones y hacía pedagogía sobre la reforma tributaria, era un estudiante de Ciencias del Deporte de la Universidad Tecnológica de Pereira, por eso su protesta la hacía bailando. 

Así que permítanme detenerme a reflexionar sobre la pregunta de: ¿Cómo construir país, como construir paz desde la arquitectura? Y creo que lo primero que hay que hacer es deconstruir los imaginarios en que se encasilló la profesión del arquitecto, ya que se piensa que los “buenos arquitectos” son los que hacen obras singulares, majestuosas, o que se enriquecen complaciendo al poder, así este poder sea pervertido como en el caso del narcotráfico, del cual tenemos bastantes ejemplos patéticos de esa arquitectura traqueta que le robó paisaje a la ciudad; o al poder inhumano, como en el caso de los regímenes totalitarios y sus campos de concentración, donde arquitectos y otros profesionales cohonestaron con el genocidio simplemente limitándose a hacer su trabajo. 

Pues no, los buenos arquitectos son aquellos que cumplen su vocación de servicio, que rescatan la cultura de los pueblos, que visibilizan los valores de las minorías o de los olvidados del sistema, y que dan respuestas, fundamentalmente, a las necesidades de la comunidad. Es para esto que van a formarse a una universidad los arquitectos: para construir cosas, para transformar lugares y entornos que cambien para bien la sociedad.

La arquitectura es una profesión fascinante porque es una carrera muy técnica, muy exacta, pero a la vez es un arte, pero un arte que puede mejorar las condiciones de vida la gente, porque es un arte en el que vivimos a diario: las calles por las que transitamos, las casas en que habitamos, los parques a los que asistimos. Así que es un arte fraccionado por la misma desigualdad social que se materializa en la ciudad, por lo cual debemos preguntarnos: ¿Cómo combatir la exclusión social desde la arquitectura, o cómo reparar a las víctimas desde la arquitectura?

Y este es un debate ético que se debería dar en las universidades y en la práctica de la arquitectura urbana y rural, que no puede ser ajena a la búsqueda de soluciones para la segregación social y para paliar los efectos de la guerra, y mucho menos cohonestar con esa política perversa que condena a inmensas franjas de población pobre y desplazada a organizarse en tugurios, hacinada en zonas de alto riesgo y en la ilegalidad de la vivienda informal. Por ejemplo, en Bogotá, cuando se propuso por el año 2012 construir viviendas para la población víctima de la guerra, pero que además, eran víctimas que compartían la dolorosa condición de la discapacidad, y para ello se dispuso de un lote muy bien ubicado en el centro ampliado de la ciudad, cerca al sector financiero, a hospitales y colegios, con múltiples vías de acceso y garantizando su mayor accesibilidad, este proyecto que debió generar la solidaridad y respaldo de toda la ciudadanía, obtuvo lo contrario, un profundo rechazo en sectores como la Lonja de la ciudad, grupos políticos y hasta los vecinos del sector, que no querían tener cerca de ellos a las vulnerables víctimas en sus sillas de ruedas.

El debate, que empezó sobre el lugar de las viviendas para las víctimas, no paró ahí, luego le reclamaron airadamente a la alcaldía por su intención de mezclar a la población pobre con la rica, se escandalizaron cuando escucharon al alcalde proponer pagar la educación de los hijos de la población desplazada en los mejores colegios privados de Bogotá; sin sonrojarse rechazaron que sus hijos pudieran siquiera llegar a tener a un niño pobre o desplazado, como compañerito de colegio. Esa es la sociedad que tenemos, una sociedad donde los arquitectos hemos cumplido con nuestro trabajo de construir unos barrios, colegios, y hospitales para los ricos, con las murallas suficientemente claras para que ningún pobre se atreva a traspasar esos límites de exclusión y segregación social tan evidentes.

Ya sabemos de sobra que la arquitectura va más allá de construir casas o edificios y es una apuesta fundamental por construir un hábitat, y el hábitat se hace con las personas, y es imposible hacer proyectos de desarrollo urbano sin conocer a la gente, sin tener conexión y empatía por las personas, de ahí la gran vocación social del arte de ser arquitecto.

Por eso es necesario deconstruir el oficio, la profesión del arquitecto en medio de esta crisis de la pandemia y del estallido social, porque hay que volver al origen, a la razón de ser del arquitecto, cuya labor se basa en plasmar claramente en un plano los espacios que la gente necesita para vivir en armonía física y espiritual. Rescatar ese arquitecto social que es capaz de interpretar los deseos y los sueños de la gente, investigar con dedicación, organizar la información precisa, afinar detalles y comenzar a dibujar hasta llegar a un plano, un plano que nos dé pistas claras sobre cómo construir una mejor ciudad, una mejor sociedad, una mejor Colombia.

Recuerdo que hace ya algunos años, un periodista le preguntó a un estudiante de mi generación: ¿Joven, para usted cuál es el principal problema de Colombia: la ignorancia o la indiferencia? Y el muchacho, de aquel entonces, respondió espontáneamente: ¡No sé y no me importa! Creo que esta anécdota reflejaba el vacío que vivimos por mucho tiempo en el país, un país donde no teníamos ni idea de lo ocurría y si nos enterábamos, pues no nos importaba. Un país manejado por la agenda informativa de unos medios que dejaron de comunicar para hacer propaganda. De ahí lo trascendental que está pasando con la juventud en estos momentos, una juventud que a partir de la internet lee mucho más que nosotros y, que no solo recibe información múltiple y diversa, sino que se ha convertido en un actor de producción de nuevas realidades en las redes sociales, una juventud que le está importando el país, que le duele el país y por eso convoca a la indignación en las redes sociales y se toma las calles.

El gran reto muchachos es ¿cómo pasar de la agitación y la protesta a la propuesta y la construcción de alternativas? Su generación tiene la enorme capacidad de convocarse en las redes sociales y armar grandes movilizaciones, en algunos lados se han revertido políticas perjudiciales y hasta se han derrocado gobiernos, pero no han logrado dar el siguiente paso, plantear de la misma forma alternativas para cambiar el mundo en que se vive, y de crear consensos y alianzas para materializar los cambios.

El riesgo de estas grandes movilizaciones es que, si al final no construyen alternativas, lo que si crean es vacíos de poder, vacíos que se ocupan rápidamente por los autoritarismos o los fascismos, y no podemos volver a repetir la historia de terribles dictaduras militares como la de Argentina o Chile, ni podemos caer en manos de extremistas sin propuestas. Tienen ustedes el poder de convocar a millones de personas en las calles, y eso es muy importante, pero no servirá de nada si al final no construimos una alternativa real de cambio para el país.

Quiero terminar esta intervención parafraseando a Antonio Gramsci e invitarlos a seguir estudiando y analizando los problemas del país, porque necesitamos vuestra inteligencia; a empatizar y seguirse conmoviendo con la situación de los más débiles, porque necesitamos de todo vuestro entusiasmo; y a organizarse lo más que puedan porque necesitamos de toda vuestra fuerza.

Recuerden que la mejor movilización es la que sabe muy bien para qué marcha, de dónde parte y a dónde quiere llegar, que movilizarse por movilizarse nos puede conducir a cualquier resultado y, por lo general, nos ha llevado tristemente a la reproducción del orden existente, pero con otros actores; por eso el análisis es tan importante para quienes quieren cambiar la sociedad y nadie mejor para hacer un cambio consciente e inteligente que ustedes, las y los jóvenes de Colombia.

***********************************

Otras publicaciones de este autor:

Gabriel Bustamante Peña

Articulos relacionados