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Jueves, 8 de octubre de 2026
domingo 8 agosto, 2010 a las 3:12 pm
COLOMBIA EMPIEZA A VIVIR UNA ESPERANZA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

“¡Qué ruido, querido! ¡Y qué gente!”

Exclamación del actor Ernest Thesinger

sobre su experiencia en la I guerra mundial.

En: Homero en el infierno de Alberto Manguel. Pág. 105
El ambiente nacional huele distinto. Desde la posesión del nuevo presidente colombiano en la tarde del 7 de agosto, la Patria ha dado un vuelco trascendental. Juan Manuel Santos en su discurso mostró un talante de demócrata. Pausado, sin agitar su rostro, fue delineando lo que serán sus líneas de gobierno. Hace un mes que lleva planeando su esquema de trabajo, sin slogans mediáticos, sin autoelogios, con sobriedad. No hace falta tocar bombos para que un mandatario pueda hacer su tarea.
Ha nombrado a personas pulcras, que inspiran confianza para todos por sus conocimientos y trayectorias y de seguro que delegará, como lo prevé la Constitución, en todos ellos el manejo de sus carteras. Los tendremos en sus Despachos trazando directrices y controlando su gestión, sin dejar huecos que llenen los avivatos y el descuido de las obras.
Quienes vimos y oímos por TV la ceremonia de posesión podemos esperar un reversazo en el rumbo de la Nación. Habló Santos de un “nuevo amanecer” y de “una nueva Hora” para el destino de Colombia. Atrás quedan equivocaciones garrafales, un estilo dictatorial, un triunfalismo familiar, un monopolio del poder, un mesianismo seudorreligioso. Su discurso fue interrumpido varias veces para ser aplaudido.
Sorprendió que no hubiera un solo aplauso cuando anunció que los derechos humanos serían protegidos durante su gobierno. No nombró para nada a la nación del norte y abrió la puerta para impulsar al campesinado dotándolo de tecnología y recursos. Veremos pronto en Boyacá, en Nariño, en Cundinamarca, en Casanare granjas, tractores, equipos de asesoría y capacitación y pantalones nuevos. Aunque la ceremonia fue austera y no se vio dilapidación de los recursos públicos ni ostentación de fuerza y militarismo, se oyó el chillido de un comando de gaitas escocesas extrañas a nuestra idiosincrasia. Se rindió homenaje a los soldados muertos en combate pero no se honró a los millares civiles víctimas de la violencia guerrillera y paraoficial.
Santos dejó al aire una frase que le cobrará el curso de los días. “En mi diccionario no existe la palabra guerra”. Deja así sentado que habrá más plata para salud, educación, infraestructura vial, y se frenará el río de gastos en armamento. Esperaremos que el Congreso contribuya al esfuerzo del Ejecutivo con leyes que favorezcan, por fin, al pueblo poniendo coto al desempleo, a la corrupción, vele por la reparación, por una justa reforma laboral y que la Rama judicial deje de cojear, libre de amenazas y diatribas, empiece a evacuar miles de expedientes abultados.
Celebramos el cambio a la vista de una política franca y directa en las relaciones exteriores que deje el sabor a ira y pendencia de nuestros anteriores ministros de la “diplomacia” y el micrófono. Celebramos el abrazo en lugar de la agresión y el intercambio económico en lugar del cierre de fronteras a que nos venían acostumbrando los países hermanos.
El temprano encuentro en la Sierra Nevada de Santa Marta con los Arhuacos, Taironas, Aiwas que representan a centenares de grupos indígenas maltratados, hace presumir que el nuevo Gobierno tendrá en su agenda el rescate del centenar de tribus que todavía pueblan el suelo tal como los encontró Colón. Sopla un nuevo viento en el uso del lenguaje y el erario. La palabra, las obras y el respeto podrán más que las balas y el micrófono.

08-08-10 9:14 a.m.
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