¿Colombia: carne de invasión?



En semanas pasadas, cuando Colombia fue amenazada de una probable invasión y también intimidada por un probable bombardeo; recordé algo, que me temo no muchos colombianos recuerden o sobre lo cual tengan una información confiable.
Me acordé de los diversos tiempos que en el pasado y de manera preferencial en nuestro siglo XIX, siglo turbulento y errático, fuimos muchas veces amenazados de invasión y hasta de guerra, por los motivos más insólitos y risibles. Y no solamente amenazados, también transitoriamente invadidos.
Varios de esos episodios parecen pertenecer a la picaresca histórica. Mirados desde este presente hasta provocan risa; son como obras de teatro del absurdo y más que del absurdo son como obras de la ingenuidad; pues en ellos, algunos de los actores colombianos, se nos antojan pusilánimes y estúpidos. En esos eventos que a continuación vamos a relatar, casi siempre salimos perdiendo como sociedad y como nación.
Una de esas invasiones, que casi pudo convertirse en guerra, aconteció un 15 de abril de 1856, en la ciudad de Panamá, que en aquel tiempo era territorio de la nación colombiana. Sucedió que ese día, un gringo grosero y belicoso y que además andaba borracho por la calle, solicitó a un vendedor negro, que se ganaba la vida vendiendo frutas, una tajada de melón, esa hidratada y rebosante fruta llena de esplendor tropical que sirve para calmar la sed y en ocasiones hasta para modular las borracheras. Pero el gringo, cuyo nombre nadie sabe recordar, se negó a pagarle al vendedor la exigua suma de su sabrosa compra. ¿Por qué se negaría? ¿Por racismo puro o por considerarse gringo con derechos altaneros sobre la gente humilde de un país lejano y además sin armas?
Sucedió entonces, que además de haberse negado a pagar la irrisoria cuenta, el susodicho y embriagado gringo, amenazó, revólver en mano, al sorprendido y seguramente asustado vendedor. La gente que estaba por los alrededores al percatarse del escandaloso incidente acudió en defensa del vendedor amenazado y hasta en peligro de ser asesinado por el energúmeno míster. El incidente alcanzó niveles insospechados. Ahora fue el gringo quien corría el riesgo de ser hasta linchado por la enfurecida muchedumbre. El gringo logró encontrar refugio en una estación de trenes, que ya existía en el Panamá de aquellos tiempos, gracias, casualmente, al espíritu visionario y empresarial de Tomas C. De Mosquera, que había propiciado la construcción de ferrocarril panameño. Algunos otros gringos, que también por esos tiempos visitaban con frecuencia la región, acudieron a prestarle solidaridad a su irresponsable y agresivo paisano. La reyerta se desbordó. Como consecuencia de la misma resultaron 17 muertos y 29 heridos de gravedad. Se logró controlar por parte de las autoridades el sangriento episodio. Episodio que desde entonces se empezó a conocer como LA GUERRA DEL MELÓN.
Cuando el gobierno gringo fue enterado del violento episodio, exigió al gobierno de Colombia, a modo de indemnización, que se le concediera una parte del territorio nacional. Pero, además, adelantó en ese año de 1856 un desembarco de tropas. El gobierno colombiano, asustado e intimidado ante semejante y peligrosa escalada del conflicto, Terminó, de manera bastante vergonzosa reconociendo una indemnización que alcanzó también la escandalosa suma de 412.394 dólares, escandalosa en los parámetros de aquel entonces.
El presidente nuestro, en ese critico momento, por supuesto, no era nadie ni remotamente semejante a Gustavo Petro, careció de dignidad y de valor para afrontar la apremiante y humillante situación.
No solamente sucesos de humillación y sometimiento como el que hemos relatado han acontecido a lo largo de nuestra vacilante historia, son muchos más lo que probablemente narraremos en columnas posteriores. Por eso como lo anotó alguna vez Carlos Marx en la historia hay sucesos que se repiten, pero algunas veces como tragedia y otras como farsa. Pero en Colombia al juzgar por muchos hechos históricos, se nos repite no solo la tragedia. sino también la farsa y en especial la comedia.
Y otra cosa que no puede ser olvidada nunca es que el imperialismo no es asunto de los tiempos pasados. Hoy está más vivo y actuante nunca. El Imperialismo nunca ha sido un tigre de papel, como alegremente quiso imaginarlo el presidente Mao. Es una bestia rubia rabiosa y codiciosa, que preferencialmente vive en los países del norte. Bestia que se alimenta de petróleo y de minerales raros. Bestia que caza de noche y que caza de día.
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