CIUDADES PARA AISLAR, O COMUNICAR A LA GENTE
«Construir ciudad demanda conservar memoria colectiva, pero también construir nuevas identidades. Construir ciudades es concebir que el multiculturalismo se impone por la base, de facto, donde la importancia de la persona no se establece hoy, como en el pasado colonial, por su cercanía a la Plaza Mayor...»

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Lugares para el encuentro o desencuentro; espacios para las coincidencias o las competencias, abiertas o secretas; territorios para el hallazgo de igualdad de oportunidades o exclusión de ellas; zonas para las rivalidades manifiestas o el cruce de competencias sanas; franjas para convivencias fraternas o antagonismos sostenibles.
Escenarios donde el Estado y la sociedad brindan trabajo, salud, recreación, servicios públicos, educación y cultura. Refugios para vivir plácidamente o sobrevivir, marchar cotidianamente y resistir; rincones amables donde poner a descansar los sueños o dormir acumulando pesadillas.
Enclaves donde los amores y las amistades se perpetúan o fallecen en la ceremonia de los adioses; jurisdicciones urbanas donde los aciertos se celebran colectivamente o en la intimidad familiar.
Esas son las ciudades, allí donde construimos formas de mirar la vida o se imponen símbolos, dogmas y credos políticos, religiosos o culturales.
Áreas díscolas, hostiles y extrañas, campos minados por rivalidades rencorosas, discrepancias artificiales o rivalidades tardías.
Allí donde nos enfrentamos, donde explotamos al otro o la otra, donde coincidimos o discrepamos cordialmente, donde urbanizamos la estética de los afectos, las disidencias y las coincidencias, la camaradería y el buen humor, que obra, este último, como salvación emancipadora de tedio social.
Nichos de vida, o de muerte, de violencia estructural, o violencia callejera; modelos sociales donde las armas y los uniformes, y no las leyes, el respeto, la justicia social y la dignidad humana, imponen la convivencia social.
Ciudades asimétricas, donde los perros y los gatos duermen, comen y viven en ambientes de cinco o más estrellas, comparados con la existencia famélica de los desventurados, de seres humanos urbanizados por la infamia de la violencia estructural.
Ciudades puestas allí no por azar, ni cruce de caminos, ni horizontes apacibles, sino por modelos de desarrollo social y político, feudal, industrial, moderno o postmoderno.
El paradigma de la ciudad, como ruptura con la vida rural, confinada al desprecio; la ciudad, hija del urbanismo arrollador y catastrófico, de los suburbios residenciales, donde las familias viven como encerradas en ghettos elegantes en su propia casa, en parcelas afortunadas para evitar el contagio de la peste, no es la ciudad que la humanidad necesita.
En ese entorno, con apariencia de neutralidad social, obra la ideología urbana, que existe como vida aislada, alma de ghetto y separada de la sociedad.
Pura ideología urbana colonizadora jugando con la ausencia de vida colectiva armoniosa, con la soledad y el aislamiento citadinos.
Urbanizadores comprando y vendiendo aire, maximizando el suelo económicamente, apiñando sueños familiares.
No importa construir hábitat para todos, hacerlo no es rentable, hay que levantar y fundar sociedades elitistas, ciudades segregadas.
Ciudades con sitios para intelectuales, artistas, técnicos, profesionales y analfabetas, donde no se vive para la hermandad sino para la disputa de mercancías, honores y prestigios de cartón.
Ciudades donde todavía se observa a personas que fungen como los aventajados españoles del siglo XVII, distinguidos y notables, que a diferencia de sus conciudadanos pareciera que no caminan sino que levitan por las calles.
Ciudades sin vida colectiva, que no es lo mismo que vida amontonada, ciudades donde el crimen es parte del espacio público, donde da miedo conversar, contactarse y deambular entre desconocidos.
Construir ciudad demanda conservar memoria colectiva, pero también construir nuevas identidades. Construir ciudades es concebir que el multiculturalismo se impone por la base, de facto, donde la importancia de la persona no se establece hoy, como en el pasado colonial, por su cercanía a la Plaza Mayor.
Antes que políticas públicas segregacionistas, que fomentan la construcción de ciudades para “la clase media” y ciudades para “viviendas de interés social”, lo que se debe promover es vivienda digna para los colombianos.
Construir vivienda debe significar para el Estado y la comunidad cambiar valores, porque es evidente que priman criterios unidimensionales, basados en la especulación sobre el uso de la tierra, (y del aire), que únicamente responden a la lógica del capital.
Si vida urbana es florecimiento de colmenas humanas, la vida como alternativa solidaria y fraterna desaparece.
Hacer ciudad es considerar la posibilidades de bienestar, amparo, desarrollo de la niñez, la juventud, de los discapacitados, de los ancianos, de esparcimiento social, que otorgue prioridad a los peatones, a la bicicleta, al transporte público seguro, cómodo y económico, que restrinja “la dictadura del carro particular”, utilizado muchas veces como expresión de poder y de exhibición fatua de personalidad.
Aún es tiempo de apuntarle a la construcción de ciudades democráticas, donde no se imponga el poder alterno de los grandes urbanizadores, sino que hagan posible las relaciones colectivas, con casas y apartamentos a la medida de los seres humanos y no a la medida de los intereses voraces de los casatenientes del Siglo XXI.



