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Sábado, 10 de octubre de 2026
sábado 26 abril, 2014 a las 1:44 pm

Carta a Gabriel García Márquez

gabriel garcia
GLORIA-CEPEDA-VARGAS
Gloria Cepeda Vargas

No creo que el reciente cambio de domicilio te perturbe. Desde que traspusiste este umbral, te convertiste en cómplice del genio desenfadado que duerme en el vientre de una montaña prehistórica.

No voy a cansarte con el ritornelo conocido: nombres de pila de tus libros, fecha de nacimiento, día en que, como un cataclismo, te cayó encima el Nobel de Literatura y demás referentes repetidos hasta la extenuación. Pero me gustaría que me dejaras conocer el augur que te facilitó la información necesaria para sortear con fortuna las tormentas del sueño. Saber qué sortilegio te encadenó a Remedios, la “hermosa niña de piel de lirio y ojos verdes”. Por qué, entre las noches llovidas de prodigio, solo tú adivinaste los espejismos de la máquina de la memoria para hablarnos de días que no existieron nunca. Quizá Melquíades, el gitano que respiraba por igual el aura de Nostradamus y la juventud nunca vista de una aldea extraviada en los primeros mapas, te enseñó a transformar la realidad valiéndose de ramas florecidas y guijarros de orilla o en alguna de las muchas estaciones vividas por estas criaturas ensimismadas que somos los seres humanos, te revelaron un abecedario fertilizado con savias nutritivas y materias pensantes.

Lo que me desvela es el laberinto que te descuartiza las palabras. Esa concreción de sílabas y letras, víctima y victimaria de tus exploraciones incansables. Lo demás es solo cronología, tatuaje del exilio, cosificación y podredumbre.

Dicen los que sostienen la sartén por el mango, que eres el fundador de un movimiento o tendencia llamado lo real maravilloso. ¿En qué consistirá esa especie de paradoja verbal? ¿Lo que escribes es real? ¿Y si es así, por qué nos descoyunta las entendederas?

Son muchos y distintos los atajos por donde te aventuraste. Lo tuyo fue nadar desnudo contra la corriente. Fabricar acontecimientos y personajes inexplicables como el amor.

Hablan de tu imaginación bien apertrechada, de tu sagacidad para descifrar recuerdos de otras vidas, de tu habilidad para escribir en el único lenguaje que sobrevivió a la locuacidad sin freno de la torre de Babel. Poblaste el mundo de Rebecas terrófagas y Amarantas asesinas. De Úrsulas laboriosas como abejas desaforadas y de una horda de Aurelianos erráticos y adolescentes prostituidas en burdeles camineros, redomas infladas como globos y rudimentarios pececitos de oro. La infancia antes de la infancia, la protohistoria de dinosaurios y sirenas, el desamparo del falo más descomunal que vieron cruzar tiempos y eternidades y la realidad transformada en leyenda -que es quizá la verdadera historia- hacen de las suyas en esos párrafos sonoros como cántaros vacíos.

No quiero terminar esta carta medio deshilvanada sin decirte (aunque sé que pierdo el tiempo) que las páginas más conmovedoras entre las muchas  que vestiste y desvestiste sin contemplaciones, son las habitadas por aquel coronel que no tenía quien le escribiera. Sus largos huesos y sus intestinos martirizados, agonizan sin morir a lo largo de 133 páginas, acorralados entre la “respiración pedregosa” de una mujer sin aire, un gallo amarrado a la pata de la cama y una desalmada lancha del correo que no termina de traer la carta salvadora. El trasunto de nuestros abandonos, la crónica de nuestros sudores y desigualdades, la enumeración de esta larguísima secuencia que crece como hierba mala en los desbarrancaderos del Caribe colombiano, gritan, aúllan, se quejan, se mueren en este libro nuestro.

Bien Gabo García, resplandor insepulto de absurdos donairosos, caribeño, cachaco, cantor de vallenatos y corridos, reportero y cuentero, revelador de las tripas y el sentir colombianos, ya cumpliste con la realidad y la fábula, es decir, con los dos polos de esta certidumbre que quizá para hacerla soportable, hay que llenar de alas y burbujas.

Existen dos filiaciones repartidas entre los vendedores de palabras. Es decir, de las Penélopes que tejen sin parar este collage alucinante donde llegamos y desaparecemos como estrellas fugaces, y quienes manejan una constelación de titiriteros funambulescos que aman bajo la luna sin cansarse jamás. A este último espacio perteneces. Por eso te llaman mago, clarividente, taumaturgo. Una más de nuestras furias atmosféricas, otra de nuestras sajaduras vertebrales.

Amigo de los resucitados, te correspondió un mundo “tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Por eso lo apalancaste con palabras alimentadas en la más generosa de tus recámaras interiores. Ahí reside la clave de esas escapatorias recurrentes. Porque más que alambiquero de licores extraños o explorador de vocablos rotundos, fuiste un poeta. Árbol rítmico, escuchante orbital de los abismos estelares. La poesía encontró su camino en lo implacable del oído que te llevó ciego y alumbrado por cuevas subterráneas y estepas desconocidas como una caja de resonancia, multiplicadora de la segunda oportunidad que guarda la tierra para estas criaturas confinadas a cien años de soledad y olvido.

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