CARNE DE YUGO

CARNE DE YUGO / Por Jaime Cárdenas
En el fondo de las tinieblas
En estos fúnebres lugares
Combatamos al destino.
Gerald de Nerval.
Finalmente declaró Juan Guillermo Monsalve ratificando lo que había dicho sobre la presión, el soborno para el cambio de su incriminación a Uribe. No hay nada nuevo sobre este particular, lo que si llama la atención es que Monsalve llegará vivo al día del juicio.
Monsalve tiene la condición de ser un testigo excepcional. Vio y participó en la hacienda Guacharacas, de propiedad de los hermanos Uribe, de las actividades criminales del bloque Metro, es decir de masacres, robo de gasolina, desapariciones, de atroces crímenes que las Cortes de Derechos Humanos han clasificado como de lesa humanidad. Sabe que los hermanos Uribe dirigían estas actividades delictivas.
Tanto Juan Guillermo Monsalve como Álvaro Uribe han sido paramilitares, con algunas diferencias: el primero un soldado del paramilitarismo, el segundo un jefe de este ejercito criminal, el primero pagando más de treinta años por sus crímenes, el segundo amparado por la total impunidad, Monsalve atacado cobardemente por la gran prensa por su valentía, Uribe elogiado y protegido por el poder mediático.
Hay en el relato de Monsalve un episodio de su vida que pasa desapercibido, pero no debía ser así por la tragedia que enmarca, por las reflexiones que debería suscitar. Dijo Juan Guillermo Monsalve que siendo niño llegó con su familia a la hacienda de los Uribe porque su papá era un campesino que sabía de la limpieza de potreros, que él siendo un niño de doce años fue invitado a ser peón, que entonces su profesora fue hablar con su mamá para que no permitiera que se retirara de la escuela, pero que se decidió que fuera peón y fue así que entró a trabajar limpiando la tierra de los patrones Uribe.
Una vez se vincula como peón en Guacharacas será en poco tiempo carne de cañón. Ya era irreversible su destino, le esperaba ser ejecutor de crímenes de lesa humanidad y al voltear la esquina la cárcel, largos años de prisión.
Serrat musicaliza el poema de Miguel Hernández, El Niño Yuntero, el niño campesino que nace y pronto es carne de yugo, vida miserable.
Carne de yugo ha nacido
Más humillado que bello
Con el cuello perseguido
Por el yugo para el cuello
Se pregunta el poeta qué salvación hay para este niño que nace y su alma está ya vieja y encallecida.
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta condena?
Es comprensible el desencanto de muchos que apostaron por una sociedad nueva, lo más grave es que el presente aparentemente les da la razón. Antes del derrumbe de la Unión Soviética en Europa ya se venía abajo la credibilidad en los partidos políticos que se planteaban como alternativa. Los movimientos que continúan con sus propuestas de partido único, frente popular y demás entelequias ya no generan entusiasmo, son iniciativas que nacen muertas, sencillamente porque el afán de poder y de dinero de quienes las enarbolan se parece tanto a las ambiciones de aquellos a quienes se dice combatir que resulta difícil diferenciarlos.
Sin embargo, no veo que sea justificable el que se desista de construir una sociedad distinta que salve a los niños de ser carne de yugo, que salve a los niños de engrosar los ejércitos de la muerte al servicio de los poderosos o que se dé la espalda a la lucha en contra de la destrucción de la naturaleza.
Pienso en la maestra que intentó salvar a Monsalve, con esa clarividencia de algunas mujeres, sin tanta alharaca y el estruendo de aquellas que se ve por estos días, actuó, vio el infierno que le esperaba, fue a la acción. Al menos intentó cambiar el destino de ese niño.
En determinando momento la indiferencia fortalece la inequidad.
¡En estos fúnebres lugares combatamos el destino!
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