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Jueves, 1 de octubre de 2026
miércoles 15 febrero, 2012 a las 1:40 pm

CARLOS E. CAÑAR SARRIA

SOCIEDAD CIVIL Y DEMOCRACIA
Uno de los elementos esenciales en el ejercicio de las democracias modernas es el papel que juega la sociedad civil. Como ente consciente, organizado, educado y actuante, le corresponde velar por la defensa de lo público; ejercer control al Estado, a los partidos políticos, a sí misma y demás actores que de alguna o de múltiples maneras comprometen el interés general y la existencia ciudadana. En muchas ocasiones la sociedad civil llena los vacíos del Estado y de los partidos. Gestiona y desarrolla proyectos de bienestar general. En momentos críticos, se apropia de sus problemas y encuentra salidas que el Estado, los partidos y otros actores desatienden o pasan inadvertidos. Se mueve en la crítica y en la autocrítica, en el debate, en la participación activa y efectiva bajo el prisma de lo colectivo y en la propuesta y construcción de soluciones.
La sociedad civil encarna la expresión de un pueblo cohesionado, culto, con horizontes claros y definidos, que sabe de donde viene y para donde va; observa una ética fundamentada en la solidaridad y entiende que sin participación es imposible la construcción de ciudadanía.
A estudiosos del tema les ha llamado la atención, la tesis de Soledad Laeza, al parodiar a Benedict Anderson: “Sociedad civil: al leer cómo se habla de ella es posible imaginarla como una señora que entiende muy bien las cosas, sabe lo que quiere y lo que tiene que hacer, es buena, buena, y desde luego, la única adversaria posible de la perversidad estatal. Es tan virtuosa y tiene tanta seguridad en sí misma, que da miedo”.
La sociedad civil da miedo porque se convierte en la ruina de los dirigentes corruptos, demagogos, populistas, etc. Da miedo, cuando se trata de exigirle al Estado al demandar de los funcionarios el cumplimiento de sus responsabilidades. Da miedo cuando de manera contundente se opone a las acciones violentas procedan de donde procedan, etc.; al tiempo en que se convierte en apoyo para todos aquellos que dedican su existencia al servicio de la sociedad.
Los retos de los pueblos latinoamericanos y de sus democracias, deben estar concentrados en la construcción, reconstrucción y consolidación de ciudadanía, de Nación, de Estado, de partidos políticos y de sociedad civil, que permita edificar una ética fundamentada en solidaridad para la concreción de un futuro colectivo; esto no sólo significaría superar la relación Estado y sociedad como mero conflicto indisoluble, sino en valiosa oportunidad para un acercamiento mutuo, que se traduzca en mejoramiento de la calidad de vida de los pueblos.
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CARLOS E. CAÑAR SARRIA

LAS REGLAS DE LA DEMOCRACIA
“La democracia es el peor de los sistemas de gobierno con excepción de todos los demás”. Esta tesis de Winston Churchill indica que todos los regímenes o sistemas políticos son malos, pero el menos malo es la democracia. La verdadera democracia en sí es una aspiración, un ideal, un anhelo de un vasto conglomerado de individuos en todo el mundo, pero democracia perfecta no existe, al menos no es posible presuponerla entre seres humanos. Aún así, imperfecta, es necesario preservarla.
La idea de la libertad está indisolublemente ligada a la democracia. Libertad es autonomía, ausencia de coacción tanto psíquica como física. En su libro “Sobre la libertad”, Jhon Stuart Mill manifiesta estar de acuerdo con Tocqueville en el sentido de que la clase de tiranía que hoy más se debe temer “no es la que se ejerza sobre los cuerpos sino sobre las mentes”. Por eso no es de buen gusto, actitudes ya sea de gobernantes, de jefes de instituciones o de aquellos que circunstancialmente estén revestidos de algún tipo de poder, pretender hacer compatibles las imposiciones con la democracia. Nada más torpe e insensato. Con ello sólo demuestran la ilegitimidad y fragilidad del poder. Al ser incapaces de generar consenso y de hacer sentir la autoridad moral gracias a sus ejecutorias y liderazgo, no les queda otra alternativa que recurrir a la fuerza y a la violencia para mantenerse. Para decir la verdad, la única imposición válida en una democracia es el imperio de la ley. Dura es la ley pero es la ley. Es un imperativo. Obedecer la ley es libertad. Ley elaborada por el pueblo o constituyente primario y que en una democracia llena las expectativas nacionales.
Nos permitimos citar siete reglas básicas de la democracia relacionadas con la soberanía popular: 1) Regla de la mayoría, lo cual no significa unanimidad, que todos piensen y quieran lo mismo o estén de acuerdo con algún punto. La mayoría hace la ley. 2) Regla del consenso, donde la única imposición es la voz del pueblo, pues el pueblo es el soporte permanente de la vida democrática. 3) Regla de la minoría, que significa que si bien la mayoría hace la ley, no le atribuye derecho alguno para extralimitarse y acallar a la minoría, puesto que la democracia también presupone el disenso. Aquí la oposición y el desacuerdo son importantes. 4) Regla de la competencia, pues sin competencia no hay garantía de acción política ni posibilidad de lograr consenso ni la expresión de las minorías. Competencia significa pluralismo, derecho a disentir, a oponer y a proponer. Lo contrario se llama despotismo e intolerancia. 5) Regla del control que evita el uso abusivo y arbitrario del poder. No permite el autoritarismo, el totalitarismo o consolidación de poderes absolutos. 6) Regla de la legalidad, fundamento y garante del sistema democrático, y 7) Regla de la responsabilidad, respeta a las mayorías sin apabullar a las minorías. Evita la anarquía y el descontrol social.
Por último, nos parece oportuno citar de nuevo a Mill: “Lo peor del reducir al silencio a quien emite su opinión es que equivale a cometer un robo contra la especie humana: se roba así tanto a la generación presente como a la posteridad, y a los que disienten de esa opinión más aún que a los que la comparten. Si tal opinión es verdadera, se les priva de la oportunidad de admitirla y salir con ello del error abrazándose con la verdad, si es falsa, pierden el beneficio, casi tan grande como el citado, de poder percibir más claramente y sentir de un modo más vivido su propia verdad mediante su enfrentamiento y choque con el error”.
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