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sábado 16 junio, 2012 a las 10:30 am


CÁRCEL POR UN HAMBRE DE CUATRO MEGAS

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Locombiano

He resuelto cambiar de nacionalidad después de encontrar esta clase de noticias en el apretado carrusel de acontecimientos que nos ofrece la sociedad en que vivimos. Estamos enfermos y vamos todos a buscar asilo, no en Panamá huyendo de la justicia, sino en una casa de reposo para ahuyentarnos de tanta podredumbre, como diría el pensador Ciorán.

Pediré a una asociación de locos que me admitan en su seno para ver sus trucos repetidos, sus insanias inocentes, sus idas y vueltas, sus revolcones en el suelo, sus narices rojas y su pelo ensortijado de pura mugre. Este panorama me parece lo más normal en un nosocomio, en un locotorio, en un hospital para quienes la vida decidió quitarles el don de la sensatez y la imposibilidad de darse cuenta qué cosa es el rídículo y la falta de la “razón”.

Conmueve ver la cara flaca, la nariz puntuda, el gesto desarmado y la camiseta descolorida de este hombre que “cogió” del estante de un gran supermercado cuatro valiosos cubos de oro para saciar con un caldo su hambre de cuatro años. No, la ley es la ley. Un supermercado es como un banco. Allí en cada góndola reposan los lingotes de zanahorias, de caviar, de fósforos el Rey, de zarzaparrilla de Bristol, de mejorales, de pepitas de agraz que valen millonadas.

El pobre hombre se metió en la grande con nuestros emprendedores comerciantes de las pequeñas superficies. Hasta allá llegaron las cámaras para grabar tamaña insolencia de un hombre con cuatro megas de hambre. Y eso que no vomitó sobre las verduras, como lo habría hecho el honorable Diógenes.

Cuando yo estudiaba moral con el padre Silvestre Apodaca en Manizales, allá en la calle Versalles de la 50, cuando el terremoto del 62, me enseñó que en estado de máxima necesidad es irrelevante clasificar como pecado, ni aún venial, el hecho de tomar, para saciar un hambre tridentina, una mínima parte de comida, del que tiene “algo” de vida sobrante en sus escaparates.

No. No hacen faltan los laboratorios del CTI ni del Instituto Científico de Medicina legal, ni del FBI ni de los sabuesos de España para que alguien al ver la cara en los huesos de este hombre joven colombiano diga que es un malhechor de siete suelas y lo encarcelen de inmediato por haberlo cogido con las manos en el caldo. Con seguridad si hubiera estado aquí en ese momento el cándido Watson hubiera dicho a Sherlock Holmes que lo hiciera soltar de inmediato y le dieran un buen caldo de costilla por ocho días en el desayuno en un restaurante familiar, por cuenta del Estado.

Pero, no. Ya los sagaces periodistas están fabulando con la ley. Es hurto agravado, sin violencia, y eso da de dos a cuatro años. Y le están buscando antecedentes de peligrosidad. Qué fácil es diagnosticar el hambre suprema y acomodarla como gran crimen contra la propiedad a esta sociedad tan necesitada y tan pobre que tuvo que acudir al TLC porque “nos resulta más barato”.

Ah, sociedad tan desvirolada, tan falta de humanidad, tan loca de remate. No digo sociedad, digo, autoridades, digo comerciantes, digo hombres que presencian el caso. ¿Cómo es que no reaccionan con piedad, – ¿existe eso? – con rabia por este irrespeto a un hombre en desgracia que solo recoge de la mesa de Epulón unas migas para hacer un caldo?

15-06-12 – 10:55 a.m.

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