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Viernes, 2 de octubre de 2026

CAPERUCITA Y EL ÁNGEL

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Rodrigo Valencia Q. ©

Caperucita Roja era una niña muy, muy linda, que vivía en el Bosque de los Trinos. Buena y luminosa como un querube, todo lo escrutaba con mirada risueña, inteligente y transparente.

A menudo miraba por la ventana de la casita porque, a pesar de su corta edad, cuidaba de su querida abuelita, a quien acompañaba muy devotamente, ya que la madre de Caperucita se había ido al cielo hacía un tiempo, y Caperucita y Abuelita habían quedado solas.

«Abuelita, no quiero que te falte nada», le decía. «Yo te quiero tanto…», añadía, y enseguida la llenaba de mimos y besos con sabor a fresa.

«Eres un tesoro, mi amor», le contestaba la viejita, y de vez en cuando se acomodaba sus lentes para distinguir mejor esos ojos bellos y esa piel hermosa, tersa y suave como de ángel. Y entonces compartían historias donde el sol y la luna iban de la mano en barco por un mar donde nunca anochecía, en donde los gatos nadaban todo el día, y en donde había grandes, grandes flores de hermosos colores en el centro de ese océano. Una gaviota los acompañaba, hacía picardías que los hacía reír entre ese feliz navegar, mientras el cielo sonreía con visos de diamante y nubes de gamusa.

Un lobo amante de los niños visitaba continuamente a las dos, Abuelita y Caperucita. Era un lobo risueño, manso; sus colmillos no daban miedo y sus ojos no eran fieros. Caperucita le abría la puerta, lo hacía entrar a la casita, y el lobo les contaba lo que sucedía en la ciudad, y otras muchas, muchas cosas más.

«Tu madre en el cielo está muy bien; les envía esta cesta de frutas, queso, pan, miel y jamón»; de modo que ellas no tenían que esforzarse en nada para conseguir merienda. Entonces Caperucita y Abuelita comían juntas, hablaban con el lobo y hasta jugaban al parqués con él.

El lobo venía todos los días pero una mañana no volvió más; vino en su reemplazo un señor al parecer viejo y de porte extraño, con un sombrero de alas tan grandes y agachadas que ocultaban toda su cabeza; dijo que el lobo había caído en una cañada y se había ahogado sin remedio, y que entonces él había tomado la decisión de reemplazarlo en su tarea diaria. Pero el hombre nunca mostraba su cara; era esquivo, más no hosco ni gruñón.

Un día, en medio de risas y juegos divertidos, Caperucita le quitó el sombrero; pero, ¡oh sorpresa!, él no tenía cara ni cabeza, su rostro no existía, sólo aire, nada más. Y entonces él lloró un poco avergonzado por haberle sido descubierto su secreto.

«Yo soy un ángel; perdí mi cabeza cuando en el cielo ocurrió el combate entre los ángeles buenos y malos», les confesó. «¡Préstame tu caperuza!», le pidió a la niña, y ella se la quitó y se la entregó a él con todo amor, quien se la puso donde debería estar la cabeza, y ellas vieron cómo poco a poco ese vacío tomaba forma, se llenaba con un rostro que resplandecía como un sol.

«Gracias, mi niña», le dijo muy emocionado y feliz, les devolvió la caperuza, y las abrazó con todo el amor del corazón.

«Estaba escrito en mi destino que sólo la caperuza roja de una niña de la tierra, hermosa, pura y angelical, podría devolverme mi cabeza», contó. «Y he intentado este esfuerzo muchas, muchas veces a través de los siglos, y finalmente hoy me ha bendecido el Gran Dios a través tuyo», le dijo a Caperucita, y juntó las manos como en gesto de adoración.

Y como un cuentico no puede durar mucho rato, finalmente hay que concluir diciendo que los tres, Caperucita, Abuelita y el ángel, vivirán juntos y felices hasta el día en que el gran sueño del mundo termine, y todas las cosas y seres con él, por los siglos de los siglos.

RVQ.

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