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miércoles 9 diciembre, 2009 a las 10:18 am
CAMINANTE, SÍ HAY CAMINOS

Álvaro López es parte del paisaje en las calles del Alameda en Cali

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Como un cuerpo con esqueleto y muchos huesos, o como un mapa irrigado con carreteras y ríos, así está tejida la manta de la vida del ser humano. No es una toga inconsútil ni es de licra, sin puntadas. Está llena de posibilidades y tan variadas como imaginación, con remiendos y sin fondo. Día a día la tecnología sorprende con avances, a veces, muy simples y, otras, deslumbrantes. Morirá el hombre y se irá mirando de reojo otros inventos y cambios desde su trono de polvo cremado.

Usted, que me está leyendo, tiene talentos escondidos. Tiene tesoros ocultos que ni usted mismo sospecha. Hace falta una madrina alada o un Aladino con blusa y jeringa que lo sacuda y despierte. Tal vez sus anteojos o su iris están desenfocados y falta un búho que lo ayude a pensar sin tanto filosofar. Tal vez no es las tablas ni en la TV, ni en un escritorio frente a un tinto. Tal vez su futuro está en la calle en una plaza de mercado o cantando en un grupo de banda y platillos.

Así encontró el paisa Álvaro López su camino entre zampoñas y flautas, entre vientos y resoplidos. Me lo encontré en un mediodía bajo la frescura de un sombrero de esparto. Iba tocando la avena como un juglar del medioevo. Despacio, despacio avanzaba por entre la carromenta de la octava con 25, en el Barrio Alameda. Vendía con su oficio de soplar canciones por entre las ventanas de la caña alisada. Llenaba con su tonada toda la calle repleta de cajones con aguacates y frutas. Pareciera que a nadie le importaba su porte y su oferta de viento y dedos sobre la leve flauta. Pero todo el gentío abría el oído.

– Oiga, vecino, ¿cuánto vale una flauta? – Cinco mil pesos y yo le enseño a tocarla, dice mientras abre su bolso lleno de música dormida entre los largueros de sus zampoñas.
Yo vengo de Manizales, viajo a donde me lleve mis vientos
y hasta donde me alcance el aliento.
Si me invitan llamo a mi grupo o me integro a la comparsa.
Nunca me siento solo porque me acompañan los cantos
y mis amigos que hacen bulla en el bolso.
Canto al que me oye, no le hago mal a su oído
y alegro a mi paso al mundo.
Vivo feliz con mi oficio
y jamás nadie me espanta o me ordena ir con mi música a otra parte.

Álvaro López nació entre mariposas verdes y cafetales rojos allá cerca de Irra desde donde se contempla el Nevado del Ruiz. Conoció el camino de tierra y la herradura de las mulas. No necesitó de influencias para hacer sonar su silbo ni para andar en cotizas. Su mujer lo espera amorosa mientras él alegra en el barrio, entre miradas y aplausos, entre una gaseosa y un pandebono. Lentamente cruza la calle, cata con la vista los clientes que almuerzan y les ofrece una melodía de postre. Algunos le compran la flauta que toca, otros le dan propina y se va como una moneda que rueda, como su canción que flota.

¿Cuándo regresará renovado Álvaro a tocarle La Ruana al Ruiz? ¿Cuándo podrá parar de soplar y reír? Lo recordará la vendedora de naranjas, la clientela del Restaurante de mar a la hora de comer sancocho de pescado con tostada frita y ají. Lo mirará la tarde cuando vuelva la espalda para irse a casa a dormir. Quedarán pegados a la cuadra su paso, su aliento quedo y su sereno mirar. El camino queda regado de notas y de su humor vital.

28-11-09 5:52 p.m.

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