Por: David Luna.
En la vastedad caótica de las redes sociales, donde cada gesto se exhibe y cada lágrima busca público, sobrevive una figura que decidió caminar en sentido contrario. Camilo Cifuentes, manizaleño de 28 años, estudiante de tecnología en ingeniería industrial en el Sena, ha hecho de la discreción su emblema. Su rostro permanece oculto; no por capricho, sino por convicción: que la historia no gire en torno a quien da, sino a quienes reciben.
Su frase más repetida en la calle, “Yo afán no tengo”, no es un eslogan pensado para viralizarse, sino un reflejo de su manera de estar en el mundo. Desde hace tres años recorre esquinas, plazas y andenes, comprando a vendedores informales lo suficiente para vaciar sus canastas y, después, repartir esos productos entre personas en situación de calle. No se limita a alimentos; en ocasiones entrega electrodomésticos, siempre con la misma naturalidad con la que alguien da los buenos días.
Camilo no actúa solo. A su lado están su madre, su hermano y su novia. Con ellos planifica, graba y ejecuta cada ayuda, sin intermediarios ni grandes estructuras. Es un equipo pequeño, pero sostenido por la confianza mutua y por las donaciones de quienes han encontrado en su causa un eco de esperanza.

La decisión de no mostrar su rostro no lo ha blindado del todo. En las últimas semanas denunció una amenaza silenciosa que se multiplica en las plataformas: la suplantación. Personas ajenas descargan sus videos y, haciéndose pasar por él, solicitan dinero. En especial en Facebook, el fenómeno se ha vuelto recurrente. “Es muy complicado porque las personas quieren lucrarse… piden dinero y no les importa decir que son Camilo Cifuentes”, lamenta. La lucha para eliminar esas cuentas falsas se ha convertido en una tarea constante, tan desgastante como necesaria.
En su relato cabe la indignación, pero también la serenidad. No hay quejas contra la exposición pública ni renuncias a seguir ayudando. Al contrario, la situación reafirma el propósito con el que empezó: demostrar que un gesto honesto tiene fuerza para transformar un día, y que ese día puede multiplicarse en otros. Camilo recuerda historias que lo sostienen. Como la del “viejito” de Santa Elena, en Medellín, que vende flores en Provenza y cuya energía lo marcó; o la joven que pasó de vender 20 fresas con crema a 300 en un fin de semana, después de aparecer en uno de sus videos.

Sus días siguen un patrón sencillo: recorrer la ciudad en moto, detenerse frente a un puesto ambulante, comprar en cantidad, pagar más de lo que cuesta y conversar un rato. No hay guion. No hay libreto. Solo la voluntad de detener el paso, mirar al otro y entregarle un respiro.
En un ecosistema digital donde la fama es combustible y el anonimato una rareza, la figura de Camilo Cifuentes crece por contraste. Es un recordatorio de que aún existen causas que no se venden y de que la generosidad, aunque anónima, deja huella. La suplantación que hoy enfrenta revela otra cara del mundo en línea: la facilidad con que la buena voluntad puede ser distorsionada.
La pregunta que queda, al final, no es cómo lo frenan, sino cómo lo seguimos protegiendo. Porque en tiempos de exhibición constante, preservar el anonimato de quienes ayudan es, también, una forma de cuidarlos. Y en ese cuidado se juega, quizá, la permanencia de gestos que, sin proponérselo, nos devuelven algo de fe en lo que somos capaces de dar.