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martes 27 octubre, 2009 a las 7:41 pm
CAMBIAR LA PÁGINA DE UN LIBRO POR LA DE INTERNET

www.haroldshull.com/id6.html

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Cuando dejamos de usar pantaloncillos largos por los modernos de licra, no lloramos. Cuando nos alegramos de comer pizza y helado con sabores en lugar de la grasosa fritanga del hotel mosca en la esquina de la plaza, sentimos que los tiempos pasados no son mejores. Sí, el corazón se vuelve almíbar con tristeza cuando pensamos en nuestras colecciones de amuletos y de etiquetas pegadas en el muro del recuerdo. Tenemos el cofre de prejuicios muy adentro del inconciente y nos vestimos del cómodo bluyín queriendo aparentar que somos “in”.

Esa discusioncita de si es mejor el libro físico, del papel sacado del mosto de los pobres árboles talados, o si preferimos colgar nuestros escritos en la larga hoja de plasma en Internet, es bastante romántica pero algún día tendrá que sucumbir.

¿Cuántos millones de habitantes del planeta tienen hoy su PC, su notebook en el celular o en el blackberry? El libro aquel, que ya perdió el color y su olor, su lomo terso y hasta su integridad, en la vieja biblioteca lanza el grito del olvido. Hasta Saramago ya está pensando darle la bienvenida a sus lectores en las lúcidas páginas de Internet.

Abra usted un libro y compare el tamaño, el peso, el costo, la dificultad de encontrarlo en el mercado, y hasta mire la cara del vendedor en la librería. Y ensaye en leer a su autor preferido con sólo hacer clic en su PC. Nada de dudas, de altos precios, de demora en el pedido. Hasta saldrá bailando el título, entre colores y música. – ¿Que quiere leer a Don Quijote, a Lolita, a Locke, a Virgilio? Su PC cabe en un espacio de un metro cúbico con su silla, su micrófono, su cámara y su bafle. No necesita la dimensión de una Luis Ángel, del Louvre o del Metropolitan Museum. Allí quedarán los libros muy bien guardados para las ulteriores generaciones de turistas e investigadores.

¿Qué soy un desagradecido? Apenas alcancé a mandar publicar cinco libros y me costaron una pequeña fortuna. Ahora leo el periódico, los libros que no leí de joven, escribo mis notas y crónicas y leo las de otros gomosos como yo, en mi pequeño aparato dotado de una pantalla de TV. Ah, las delicias de un escritor sibarita, diría usted. Eso es la modernidad, eso es estar in. Eso es dejar la melancolía y el maldecir porque la tecnología le quitó la magia al libro de Gutenberg.

Las editoriales que venden los arrumes de textos cada año – y muchos ellos quedan virginales -, son las que deben estar viendo que su negocio lo dañó el bueno de Bill Gates y el calentamiento global. Desde que el niño abre los ojos ya lanza sus manitas hacia la pantalla mágica que parpadea, se revuelca patas arriba, muestra mapas, planea viajes, hasta hace tareas más fácil que un profesor. Borges, Kawabata, GGM y Herta Müller no habrían tocado otras teclas que las de un Dell, si el computador hubiera nacido al tiempo que ellos. Su imaginación habría volado más que Mil grullas, que Batman, ET y que Harry Potter.

Tendremos que conformarnos con el boyante aparatito que cada vez parece un juguete que alegra a niños de siete años lo mismo que a los exviejos de 70. Y volver piadosos la mirada atrás para agradecer a Cortázar su Rayuela, a Salgari su Sandokán, el tigre de la Malasia, a Mark Twain su Tom Sawyer y a los libreros que los pusieron bien baratos en nuestra imaginación.

23-10-09 3:55 p.m.

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