BULLYNG, SUICIDIO Y REVOLUCIÓN EN EL COLEGIO

“Se creía que este atropello de los más fuertes contra los más débiles era propio de la soldadesca gringa. Pero no, el “matoneo” como también se le conoce, representa una práctica milenaria en Colombia”.

En el año 53 los chicos de entonces de la Escuela Marco Fidel Suárez, No 7 de Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, percibían el matoneo como un inocente juego, que llamaban “relajo”, el cual no se creía que pudiera causar daños irreparables a la mente y el corazón de los que la soportaban. Pero al Bullyng como se dice ahora, comenzaba en la misma oficina del rector Sixto Prado, con veinticinco o treinta años de edad, por lo cual los niños más pequeños lo veían con terror.
Los que llegaban con los pantalones largos, que debían ser cortos por lo del uniforme en su rectoría se los tijereteaba enviándolos de regreso a sus casas en medio de la burla de sus condiscípulos, además soportando la de los barrios, que aullaban cuando lo veían, diciéndole: “Piernas lindas, te pican los pollos”.
Al otro día cuando el chico de ocho, nueve o diez años, regresaba a la escuela se encontraba con el matoneo de los que el respeto le habían perdido, y si la tenía desinflándole las llantas de su bicicleta, o en el peor de los casos escondiéndole los útiles escolares para que no pudiera presentar sus tareas.
El Bullyng era como estar estudiando primaria o bachillerato en uno de los círculos para menores del infirmo. Los maestros no enseñaban sino que se ensañaban en contra de sus alumnos. Los curas de negra sotana parecidos a chulos, dictaban religión, emprendiéndola ante cualquier desorden a puñetazos contra los más traviesos como si dictaran clases de pugilato en vez de la historia sagrada del padre Arrubla.
También en las excursiones, que el director organizaba a sitios remotos como eran los farallones de la ciudad o la Isla Gorgona en el océano Pacífico, y que después se convertiría, penaba a sus pupilos con severos sanciones, como a los que no oyeran el pitazo para salirse del agua cuando se bañaban en el mar, atándolos a un palo para que los anofeles terminaran de hacer lo suyo, mientras se divertían los otros con los juegos programados por él, o dejándolos para la cocina o de guardia.
Muchos niños regresaban con paludismo a sus hogares como náufragos de primaria, y nadie ni Dios, ni la indiferencia paterna, ni el Papa, ni las autoridades educativas, eclesiásticas, civiles y militares de la dictadura de Gurropín se mosqueaban ante las torturas del maestro inquisidor.
Lo más aberrante del llamado Bullyng colombianísimo de la primaria en Cali, ocurrió hace cincuenta años en el Bosque Popular de Bogotá, donde en el año 63, se trasladó el colegio de la Libre. El primero mixto de la capital. Produciéndose como es obvio en el país de los trogloditas un formidable escándalo, como si se hubieran desvirgado a las once mil vírgenes, puesto que la prédica bíblica clerical-conservadora, decía que debían juntarse sólo: “Hombres con hombres y mujeres con mujeres”.
Allá en el Aurelio Tobón, del Bosque Popular, los de cuarto año se la montaron a otro haciéndole maldades, irrespetos y atropellos… Y el joven de diez y siete años o un poco más decidió marcharse del país de “la horrible noche”, hurtando del laboratorio de Química una sustancia y dejando su carta de suicida como denuncia.
Su fatal misiva fue enviada al periódico El Tiempo, donde situaba en larga lista los nombres de los responsables del permanente Bullyng. Un día después de su muerte el periódico la publicó en primera plana, donde el compañero suicida, que no soportó ni un día más el matoneo de sus condiscípulos, dejó dicho: “Si son tan valientes como dicen, porque no se van para el monte a hacer la revolución”.




