BOSQUE


Bosque, brisa, verde piel.
Casa mía ven, habita aquí un sortilegio, mueve el tiempo en la quietud.
Sayal de plumas, pensamiento entre las ramas, ondea un nervio vegetal.
Yo no soy el dueño de la danza; son las cuatro y media, la visión me calma el dolor de las viejas historias.
No soy el que parte el día, ni el bosque ni su música astral.
Mi oído está en el templo, mis manos en tu piel; hay un hada en los balcones del viento, vigila este descanso atardecer.
No soy tampoco el dueño del frío, el cielo es suficiente de mirar.
Tampoco soy el tambor del vigilante, no alzo el grito entre el follaje. Pájaros mueven mi cerebro, alas agitan mi cuaderno, anoto el poema del bosque que pensé ayer.
¿Lo leerás, me dirás que soy errático, que algo envenena mi razón?
Te mostraré el cuarto de mis nervios, la máquina de las palabras, el deseador de amores.
Estaré hasta más tarde; van a comenzar las flores, el color vestido de la tierra, la estructura emblemática del sol.
Mientras tanto, flauta de pan, acompaña mi estación; mi desvarío acostado entre la hierba está lleno de hojas de laurel.
Rodrigo Valencia Quijano.



