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Viernes, 2 de octubre de 2026

BOMBA CAMARÁ

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BOMBA CAMARÁ
BOMBA CAMARÁ
Foto IA

BOMBA CAMARÁ – Homenaje a Umberto Valverde

Por: Jaime Cárdenas.

El amanecer es agradable. Dejamos atrás a Tuluá. A pesar de la monotonía del paisaje por los cañaduzales, el viento que los mueve, el color del cielo y esas carreteras que recuerdan el oeste de Estados Unidos y vienen a la mente con su inclemente sol y el cielo azul que describe Kerouak despiertan nuestra atención. Pasamos por Palmira, la tierra de la mona Vicky, una muchacha con flores en su cabello salida de un cuento sobre los jóvenes de California de los años 60. Llegamos a Cali.

Es el terminal de autobuses. Aquí hay animación, algarabía, grupos de viajeros, muchos afrodescendientes que van para el mar, a Buenaventura; qué energía tienen, como en la canción de Ismael Rivera. El desayuno es con pan de bono recién salido del horno. Cojo un taxi, el calor ha empezado a subir, le doy mi destino al conductor y él sube el volumen del radio. Nada menos que Daniel Santos, el Jefe, el único jefe que hemos tenido. Es un milagro oír a Daniel Santos con la Sonora, nos transporta a las Antillas, al Caribe, a un tiempo de música exquisita en que no existía el reggaetón. 

El taxi rueda, como esos viejos discos que reproducían la música que fue preparando la llegada de la salsa, el aterrizaje de la salsa que en Cali enloqueció al jovencito de San Fernando apasionado por los Rolling Stone, a Andrés Caicedo.

Ya desde años atrás venía gestándose el arribo de la salsa a Cali con lo mejor de la música cubana, con los grandes boleristas del caribe que se oían allá en los sesentas y, venía alistándose Buenaventura para recibir los longplay que llegarían de New York con la música de las grandes orquestas de salsa en las que había un piano de un pastuso, de Eddy Martínez que tocó con los mejores músicos de este ritmo.

Umberto Valverde se encontró también con esta música y sobre ella escribió, fue su pasión. Nació entre esta música y con ella se movió durante toda su vida. Se extinguió la vida de Valverde, pero quedan sus buenos libros, entre ellos uno de cuentos donde está su barrio, el Barrio Obrero y una película en la que él escribe el guion y la dirige Mayolo, producida hace cuarenta años.

Aquel 19, es un corto, 25 minutos. Dos adolescentes viven su intenso amor perseguidos por el padre de la colegiala que fue policía y pájaro, en tierra de cóndores. En una fiesta de allá del barrio Obrero, de esas de sábado por la tarde, los dos adolescentes bailan movidos por esa canción inmortal: Aquel 19 que canta con su inolvidable voz Alberto Beltrán. Qué grande esa escena, ese momento. El final violento se ve venir. Allí en el corto está Cali, allí está el río y la gallada de los adolescentes que van allá cumpliendo un viejo ritual, está la estación y el tren que pasa haciendo poesía dentro del cine, como en El Último Tango en París, allí está el viejo barrio, la iniciación en el billar cuando el protagonista y sus amigos juegan en ese ambiente semioscuro y se oye en la vitrola Convergencia, una clave para entender lo que se gestaba.

Volví a ver el corto después de muchos años. Inevitable la nostalgia. Fue mi homenaje solitario a Valverde, con quien hablé fugazmente en Los Turcos, un lugar de tertulia sin música, en el viejo Cali. Sus relatos alimentaron el camino.

Caleños de una generación endiabladamente lucida la de Valverde, casi todos ya lejanos, como lejana y para siempre perdida es esa Cali de los poetas y cineastas alucinados.

 Ahora entiendo mejor el verso de   Hölderin: sólo lo que fundan los poetas permanece.

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Jaime Cárdenas

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