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Jueves, 1 de octubre de 2026

Bolívar en su muerte y en su laberinto

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Bolívar en su muerte y en su laberinto.

Víctor Paz Otero

 Este texto, con su rumor romántico y decimonónico es el final de uno de mis libros sobre Simón Bolívar, así dice:

Hoy, Manuela, es 17 de diciembre de 1830. Ha llovido al amanecer. Según el médico Reverend, todos mis síntomas están llegando al último grado de intensidad. Mi respiración se ha tornado estertorosa. El doctor me ha tomado la mano. Yo hubiese he deseado tu tibia y carnal mano enamorada. Ya no hablo sino cosas difusas y confusas. Sigo diciendo que quiero salir de este laberinto para encontrarme con la luz que he amado tanto. Quiero convertirme en relámpago o en una raíz profunda y quebradiza donde fructifique como árbol con frutos menos ácidos que los que me obsequio la suerte.

Solo escucho diluyéndose en los bosques, Manuela, un lejano sonido y se me antoja imaginar que están lloviendo violetas con esta antigua y triste lluvia que está cayendo sobre el mundo. ¿Por qué la herida de este quejido atraviesa los muros que protegen mi último delirio? ¿Por qué he estado viviendo a la espera de algo que no debería de sucederme? ¿por qué estoy cansado de esta luna y de los otoños grises? ¿Por qué ahora estoy solo y no hay nadie en este mundo mío? ¿Por qué todo está deshabitado? ¿Por qué este naufragio y esta soledad infinita que dilata el vacío a dónde voy?

¿Por qué, continúo extraviado en este incomprensible laberinto?

Manuela, ¿por qué nunca, ni pude ni puedo, comprender las íntimas sustancias que sostienen la verdad de los jardines, cuando para permanecer en ellos no se requiere nada, ni el tiempo donde fuimos, ni el tiempo donde somos? manuela, estando en el jardín el alma por si misma lo ha ganado todo.

Ahora que el doctor reverend me toma el pulso, y sabe sin duda ninguna que mi muerte es inminente, se asoma a la puerta de mis aposentos y llama a mis generales. “Si queréis presenciar los últimos momentos y el postrer aliento del libertador, ya es tiempo”.

Si, ya es tiempo manuela. Ahora que están aquí mis generales, y que no estás tú para cerrar mis ojos, al menos que alguien abra esa ventana para que venga y entre el ángel invisible de lo extraño, ese ángel tatuado de imposibles, que debe soplar sin entusiasmo un poco de tiempo en mi pequeño cuerpo entumecido, para que yo resucite con mis alas mojadas, plegado y adolorido otra vez a la precaria finitud del ser.

Abre esa ventana, manuela, que quiero mirar todas las lluvias en la quietud de un pétalo, que quiero por última vez ver los cambiantes universos unificados en el esplendor de tu mirada, pues me voy, Manuela, hacia el otro lado desconocido del espejo. Pero antes de irme, ven, manuela, tan luego ven, a poner tu silencioso rostro del lado de este instante, a existir conmigo sin tiempo y sin materia más allá de la muerte, al otro lado de los astros pasiturnos que no nos iluminan y nos llaman. Deja tus huesos del lado de los vivos y ven a embriagarte con esta eternidad sin muerte y sin olvido. Ven, manuela, que son la una y siete minutos de la tarde, de esta tarde gris sin alas, en la que yo tratando de morir te sigo amando.

Pero justo antes de morir, yo el que fui y el que se va para siempre de esta historia sucia, siempre quise de ti lo mejor; tus parpados abandonados a una luz incierta, tus manos aniquilando en mis heridas la sal de mis heridas. Siempre busque y quise las noches devoradas por el plural orgasmo eternízante, en donde nuestro amor alcanzaría el delirio de la vida y de la muerte. En ti busque y halle la tibia catástrofe de pétalos que recompuso mi alma al estar al borde del vacío. Amé en ti el abismo de tus sueños locos y el abismo de tu pubis negro, donde me enamoré del placer y creí en todos los dioses que prodigan la alegría. Contigo viví un éxtasis donde el tiempo quebrantó y estimuló mis fuerzas para continuar soñando con los frutos de la gloria. Contigo comprendí que la sangre enamorada es el espíritu.

Pero en este estaxis final y agónico, Manuela, mi amable loca, solo el desvarió me regala este átomo de felicidad ilusoria para entrar sin amarguras en la insondable noche de la muerte.

Créditos de la imagen: IA


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