AZULI Y EL ESPEJO


Esa mañana despertó Azuli con el semblante oscurecido, como rostro sin aurora, aunque ya había amanecido y la claridad se veía por el vidrio superior de la ventana, que él dejaba siempre entreabierta.
Había tenido un sueño, oscuro en su designio pero claro en su visión: estaba ante un infinito mar, inmenso panorama sin orillas, en donde sólo había agua, horizonte y cielo abarcándolo todo. El cielo era de tintes verdosos, y el mar era color violeta; un cromatismo extraño pero en nada disonante, porque la armonía los unía sin ninguna extravagancia. Lo más raro era que el mar presentaba su superficie formando graderías infinitas, desde abajo hacia arriba, hasta llegar a la línea más alta, el horizonte; pero el agua no corría hacia abajo por entre las gradas sino que se mantenía como en su lugar natural. Y esta visión le resultaba una apremiante inconformidad con su concepto de las cosas. Y entonces había contemplado ese enajenante paisaje con admiración extática; quizá buscaba una razón satisfactoria a ese hecho por demás maravilloso. Pudo estar ante esa visión un tiempo largo, pero ello es algo que la propia latitud del sueño no permitía vislumbrar con lucidez. Y fue cuando de repente despertó, con el espíritu turbado por el extrañamiento. Y entonces se levantó casi maquinalmente, para de esa manera despejar esa inquietante visión que no entendía. Fue hacia el espejo, se mesó un poco los cabellos; pero la imagen de Azuli de pronto se convirtió en la del Maestro, y el mar que vio en el sueño ocupaba el resto del reflejo, y no el ambiente del cuarto, que sería lo normal. Más extrañado aún por el suceso, Azuli se tocaba el rostro, exploraba su cuerpo con los dedos, pero en lo más mínimo sentía que fuera otro sino él. Y entonces el Maestro habló desde el espejo:
«Ya te he dicho que el maestro es tú mismo, está dentro de tu propia Conciencia; cualquier imagen, cualquier voz, no son más que las tuyas; tu Espíritu lo procura todo como un surtidor de maravillas».
«¿Y el mar que vi, Maestro?»
«Todas las formas son tu propia esencia, la propia Conciencia sucediéndose en ilusiones infinitas; un caleidoscopio interminable, eterno, es la Conciencia; y eso es tu propio Ser».
Azuli se mostraba indeciso, inconforme con esas palabras. «Alguna vez veré con la claridad necesaria, quizá cuando haya madurado mi propia percepción; mientras tanto, mis sentidos y mi inteligencia serán afectos al lado oscuro de las cosas, si es que hay una vertiente luminosa entre mis pliegues de carne y sueño», pensó.
«¿Y por qué esas gradas? preguntó.
«No has renunciado a tu manía de explicarlo todo; no has visto que las discriminaciones incesantes son un velo en tu propia percepción de lo Real, y ningún paliativo de conceptos y palabras dará descanso a tu alma en tu propio reino». Y diciendo esto, el Maestro y la visión se esfumaron del espejo ante la atónita mirada de Azuli, como siempre sucedía, mientras la claridad del día se apoderaba poco a poco de la convicción y de las cosas.
El reloj marcaba el tono y marcha de las realidades; una brisa comenzaba a filtrarse por las rendijas de la ventana.
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