AZULI Y EL ÁRBOL



Fue cuando apareció esa luz en el rostro del Maestro y que poco a poco creció como un sol, cuando Azuli creyó en él. Tenía sus dudas, su racionalismo era un óbice para aceptar que el hombre que surgía repetidamente ante él era un ser singular.
Azuli, como otras veces, quedó mudo; el asombro era un instante en el cual todo parecía nuevo, iluminado por el tinte de los extrañamientos. Cegado por ese rayo de gracia, Azuli perdió la coloratura normal de las cosas. Algo clareaba desde el interior, fluía como ondas que hacían desaparecer el cuerpo, el pensamiento era una lasitud sin coordenadas definibles; el árbol donde estaba recostado no era un árbol; era un inmenso poste que subía hasta el cielo.
«Despabílate, no estamos para que pierdas la Conciencia. Si la pierdes, no podrás tener memoria de la experiencia, y aunque recordar una experiencia es tan sólo tiempo encasillado en ilusiones, un estar en el lugar equivocado de la realidad, ten en cuenta que sin recuerdo tampoco hay ninguna realidad. Toda realidad es el reconocimiento del presente, el saboreo del instante como formado únicamente de Conciencia, un iluminar la rendija de la percepción, y el pasado y el futuro serán como fantasmas por donde no pasan los mundos».
Azuli recobró la vigilia ante esa orden; el Maestro estaba frente él, miraba distante pero cerca, parecía atraer las nubes hacia su cuerpo. Y el árbol continuaba su testimonio del mundo, aunque su forma era un pivote infinito que subía hasta el cielo; en lo alto, los rayos del sol parecían girar en redondo.
«Maestro, no tengo el temple necesario; parece que me hubiera hundido en un limbo donde no acierto a nada», le dijo, y entonces el Maestro saltó sobre la columna, y en posición horizontal caminó sobre ella con la destreza de un caminante de los cielos. Un fragor de nubes se acercó al Maestro mientras ascendía caminando por ese pilar infinito. Su túnica fue absorbida por las nubes; Azuli vio cómo caían miles de hojas del árbol en el césped que lo rodeaba.
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