AÑO NUEVO ES LAGO DE ESPERANZAS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
A mi hija Blanca Adriana Quevedo en su cumpleaños
Hasta las serpientes y dragones con alas azules cambian de piel cada año. Dejan sobre el curso del camino el vestido viejo que sudaron por entre piedras y matorrales. Un día se desenroscan, se encogen un momento y, en un abrir de ojos se despojan de su veste inconsútil de color gris y negro con adorno rojo y cascabeles en la punta.
Sin mucha ceremonia ni platillos también cada ser humano mira atrás al fin del año y le hace mueca a lo que ya pasó y… desaprieta los dientes para seguir adelante.
Ante el sol ardiente, el cansancio, la sed y los delirios, el beduino del desierto espera con ansia encontrar en un oasis, arena fresca, un sorbo de agua para la garganta y su fondo para mirar sus ojos de contento.
Así espera el hombre moderno, con calendarios por delante, con horóscopos morbosos, el porvenir de este mundo lleno de ardores, lluvias ácidas y escaso empleo.
El año entra pisando con pie izquierdo pero el ojo quiere ver un lago azul, lleno de esperanzas, de ilusiones, como un cuento de hadas. Cerramos la razón por un momento el 31 y abrimos esa caja de Pandora que es la imaginación. Con toda la fuerza de nuestros deseos, invocamos a la Esperanza que aparezca como el genio de Aladino y suspiramos para que nos acompañe todo un año. Vemos por un instante la alfombra de la fábula, subimos a ella cuando toca el reloj las 12 y volamos a la región de los sueños infantilmente.
Qué más quisiéramos sino que esa alfombra mágica no bajara de ese cielo que soñamos. Mas la realidad de la Vida pesa más que los sueños imposibles. Las campanas, las luces, los compases de villancicos y los regalos tienen su límite y superficie solo a fin de año. Nuestros sueños de niño vuelven, como lo expresa la canción navideña: La nochebuena se viene, la nochebuena se va. Y nosotros nos iremos y no volveremos más. Esa es la verdad.
Entramos al largo lago de esperanzas de 2011, delineado como en un cuaderno infantil, sin colores. Como Alicia haremos de ese lago nuestro camino con los colores que deseemos. Transparente, purpurino, dorado, verdeazul, aguamarina. Cada día, al levantarnos, sin necesidad de lámparas mágicas ni de alfombras voladoras, diseñaremos la labor que nos hará felices y la ejecutaremos decididos.
Dejaremos que el año viejo, con todas sus chucherías, cascarrabias y quejumbres, se queme, como es la tradición a medianoche. Renovaremos nuestra piel y quedaremos listos para empezar con nueva sangre y ánimos el año nuevo. Alzaremos nuestra frente y diremos al alba a nuestra alma que estamos con las fuerzas necesarias para emprender uno a uno los días por ese bulevar que es la Vida.
La Vida en rosa, cantó alegre la Môme Piaf, olvidando sus penas. Rasgueaba la voz en su garganta y nos invitaba a vivirla plenamente, sin echar de menos nada, de nada* y sin que ello la empañara. Aunque llegue la Parca o el carro de la alegría nuestra cara sonreirá y dibujará el sendero claro para ese día.
29-12.10 – 10:30 a.m.
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