ANDANZAS DE FRANCISCO EN LA CUEVA DEL LOBO –I-


Loco-mbiano

Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra
…
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
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El poeta que introdujo el verso libre ya hace dos siglos en la poesía castellana, nos dejó sonando trompetas de victoria y lamentos de un lobo a la entrada de su cueva. La poesía también canta las miserias y reclamos de las fieras y los desaires que el hombre causa en sus vidas.
El buen Rubén nos delata la rabia de un lobo en las inmediaciones de Asís, en las montañas de Gubio. Allí tenía sus dominios y su farsa un viejo lobo con dientes afilados, uñas como garfios y cejas que le ocultaban los ojos de fuego. Sus patas eran peor que las de Atila. Doquier iban sembraban de terror los corrales, las vaquerías y no había campesino que no conociera las fechorías de su saña.
Hasta la ciudad había corrido su fama de depredador, los periódicos se llenaban de tinta narrando sus asaltos y la carnicería que dejaba en campos y haciendas. Las autoridades nombraron cazadores y pegaron en las puertas y paredes avisos en los que se ofrecían recompensas generosas.
Pasaban largos meses y la comarca estaba harta de tanta sevicia del aquel emisario del demonio que asolaba sin compasión a los pobres propietarios de ganado vacuno, lanar y cabrío. Por más que la ciudad se armó, que se pusieron centinelas en veredas y hoyas de los ríos, no se había podido hallar al malvado lobo y la madriguera desde donde reinaba. Estaría harto, gordo, con tanta sangre y restos de sus víctimas, pensaban los moradores aterrados.
Hasta los oídos de Francisco, el callado en el convento, el amigo de palomas, abejas, gusanos, mirlas y del agua pura. Hasta las puertas del monasterio había llegado la indignación. – Hermano Francisco, le imploraron. Vaya usted que tiene el bolsillo vacío, que tiene ojos solo para mirar a los que no tienen nada, que tiene la inocencia de no condenar a nadie y que hablas con ranas, serpientes, avispas y gorriones.
Francisco oyó las súplicas y se puso las sandalias. Salió fortificado con la convicción de que el diálogo con la temida fiera conseguiría se apartase de los ataques a la paz de la provincia y de sus pobladores. Cansado y polvorienta su saya, localizó inocente la guarida del famoso victimario. Antes de acercarse meditó muy bien las palabras que diría al autor de feroz violencia. No llevaba armas en su cinto ni en su pecho bullía el odio. Sabía que el animal tendría sus razones.
El lobo era también, se dijo antes de tocar la puerta, un ser en el que corría sangre, hijo de una loba maternal, que fue cachorro y solo comía lo que necesitaba para subsistir. Esa era su naturaleza. ¿Por qué habría cambiado su proceder?
Hermano Francisco, no te acerques mucho, – le advirtió con voz bronca el lobo desde la oscuridad y la distancia. Yo vivía tranquilo sin casa, dijo al Alto Comisionado, en la ciudad. Entraba a la casa de todos y les lamía las manos. Iba a las tiendas, a las haciendas y me regalaban agua y comida y a nadie ofendía. Pero un día me sacaron a palos, lejos de su compañía. Me insultaron, me acusaron de ladrón, de salteador, de entrar furtivo y de noche a los caseríos para acabar con gallineros, cabritos y ovejas. Y ocultar me tuve, en merodeador me hube de convertir. Tal es el ejemplo que ellos, hacendados y ciudadanos, me enseñaron, igual a lo que ellos hacen.
…Continuará…
Calima, Darién. 18-06-13 3:52 p.m.



