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Amor y perdón

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Amor y perdón

Por Elkin Quintero

En las sociedades del siglo XXI cada hombre piensa afanoso en el mañana; tiene siempre miedo de que la tierra se abra bajo los pies, que el sueldo no alcance hasta la próxima quincena y tiembla porque le parece no tener suficiente ropa de moda par a vestirse. Cada hombre desea ser el primero aun entre sus pares. Por una razón o por otra quiere ser superior a cuantos lo rodean. Siempre quiere mandar, dominar, aparecer más grande, más rico, más hermoso, más sabio.

La no resistencia al mal repugna profundamente a nuestra naturaleza.  En Pascua recordamos que Jesús insistió a fin que nuestra naturaleza llegue a sentir asco de lo que hoy le agrada y se contente con lo que ayer le causaba horror. Cada palabra, mensaje, gesto presupone una total renovación del espíritu humano. Su ley contradice, sin temor, nuestras inclinaciones más comunes y nuestros instintos más profundos. Alaba lo que todo el mundo detesta; condena lo que todos buscamos. No sólo desmiente lo que los hombres enseñan, sino que se opone a lo que efectivamente piensan y hacen cada día.

Jesús no cree en la perfección natural del alma dañada por el pecado. Cree en su perfección futura, que se alcanzará solamente mediante la subversión radical de su estado presente para que no siga ligado al fanatismo, la hipocresía, a las crecientes sectas que solo han malversado su mensaje.  Su misión es la reforma del hombre; más que la reforma el rehacimiento del hombre. Con él empieza la nueva estirpe; es el modelo, el arquetipo, el Adán de la humanidad modelada de nuevo y refundida. Sócrates quiso reformar la razón; Moisés la ley; otros se contentaron con cambiar un ritual, un código, un sistema, una ciencia y hoy solo quieren dinero, sexo y poder. Pero Jesús no quiere cambiar una parte del hombre, sino todo el hombre, de la cabeza a los pies. Es decir, el hombre interior, el que es motor y origen de todos los hechos y palabras del mundo. No hay nada, por consiguiente, que no sea de su incumbencia. No es él quien debe conceder y adular. No llegará a transacciones con la naturaleza mala e imperfecta; no hallará argumentos especiosos para justificarla como hacen los cristotraficantes. No se puede servir a la vez a Jesús y al dinero y los vicios. Quien está con Jesús, está contra la vieja naturaleza bestial y trabaja por la cultura del amor y el perdón.

Todas las historias de los hombres son de terror, porque la vanidad es otra forma de expresión de cultura universal. Se obra mal a escondidas y bien a la luz de los seguidores. Cada uno de nosotros pretende juzgar a sus hermanos; al juzgar se pretende estar por encima de los juzgadores, y así parecer más buenos, más justos, más inocentes; por eso nos esforzamos en acusar, señalar, juzgar, criticar. Cada hombre se gloría de ser verdaderamente hombre; a saber, persona grave, madura e instruida, persona de peso y de respeto, que lo sabe todo y que de todo puede hablar y sentenciar.  Cada uno de nosotros odia a la mayor parte de los hombres con quienes vive. Los odiamos porque tienen más que nosotros, porque no nos dan todo lo que desearíamos, porque no se cuidan de nosotros, porque son diversos de nosotros; en fin, porque existen. Llegamos a odiar a nuestros amigos, aun a los que nos han hecho bien. Quien no practica este mandamiento no puede decirse cristiano. Quien vence el amor de sí y el odio a los otros ya está completamente cambiado. Por lo tanto, la victoria sobre el hombre antiguo, feroz, ciego y bruto, solo es posible con el poder del amor y el perdón y este solo surge de una verdadera experiencia con Jesús.

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