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Sábado, 3 de octubre de 2026

ÁLVARO URIBE EN SU LABERINTO

NUPALOM
José Rafael Albán Hidalgo
José Rafael Albán Hidalgo

Contra toda evidencia, el expresidente Álvaro Uribe Vélez se aferró a la idea de que en Colombia no existe un conflicto armado interno sino una amenaza terrorista. A pesar de todas las atrocidades, de todo el sufrimiento y de todo el repudio de la comunidad internacional, el gobierno de la Seguridad Democrática se empecinó en negar la guerra, al mismo tiempo que trataba de convencernos que se estaba ganando y que había llegado «el fin del fin».

¿Cómo un estadista de los quilates de Álvaro Uribe pudo construir su imperio político basado en una tesis histórica y jurídicamente absurda, contraevidente? Hay una sola respuesta: Uribe no sólo quiere derrotar a las Farc; quiere rendirlas, humillarlas, destruirlas.

De acuerdo con el DIH existe un conflicto armado cuando las partes contendientes ostentan un mando unificado, ejercen dominio territorial y realizan acciones militares continuas y coordinadas. Es innegable entonces que las Farc han cumplido estos requisitos durante décadas, en extensas regiones del territorio nacional, donde han sido el Estado de facto.

¿Por qué entonces Uribe se obstina en negar la existencia de un conflicto armado interno? Porque no quiere reconocer a las Farc como un actor armado de carácter político sino como una organización criminal de terroristas. Y con los terroristas no se negocia: se les somete, se les juzga y se les encarcela.

Cuando el gobierno de Santos inició conversaciones exploratorias de paz con las Farc, de entrada las reconoció como una organización insurgente, es decir como sujeto del DIH y por lo tanto como una fuerza beligerante en un conflicto armado interno. De hecho, las negociaciones de paz con las Farc implican su reconocimiento como actor armado de carácter político.

Este reconocimiento exacerbó hasta el paroxismo a Uribe que fuera de sí salió a acusar a Santos de traición y a organizar sus huestes para oponerse a cualquier acuerdo que no sea rendición y cárcel para los cabecillas de las Farc. Pero los tiempos han cambiado. Ya no estamos en la época de la Seguridad Democrática cuando el destino de la patria dependía de una «encrucijada del alma» del caudillo. Ahora Uribe está extraviado en un laberinto donde todos los caminos conducen al reconocimiento universal por el buen suceso de las negociaciones de La Habana.

La ONU, la Casa Blanca, el Pentágono, la Unión Europea, el Papa, el BM, el FMI, el BID, Rusia, China, UNASUR, la OCDE y todos los pueblos y países democráticos del mundo han saludado con beneplácito el inminente acuerdo de paz que ponga fin a la guerra más prolongada y degradada del hemisferio occidental. Santos y Timochenko han sido postulados como candidatos al Premio Nobel de Paz.

La Historia no perdona. La tesis de la ‘amenaza terrorista’ cayó en el descrédito superada y negada por el propio desarrollo de los acontecimientos. Uribe apostó todo su capital político a la guerra de exterminio, al todo o nada, al NUPALOM de la extrema derecha…

Apostó y perdió.

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