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ALBERTO BOSSA O EL DISCRETO POETA

Alberto Bossa 2
ALBERTO BOSSA O EL DISCRETO POETA
Imagen de referencia, de Omar Lasso E, en: https://bit.ly/2KmE4LD

ALBERTO BOSSA O EL DISCRETO POETA

ALBERTO BOSSA O EL DISCRETO POETA

Alberto Bossa Yepes (Barranquilla, 1958) es el autor, no de un libro, sino de un folleto de cuarenta páginas, escritas sólo por una cara. Y no es libro porque no lo merezca, es por la actitud discretísima del autor que, como rara excepción, se niega a darles a sus poemas el formato industrial de un libro. Rara excepción, porque la mayoría de quienes escriben verso o prosa creen que es un deber publicar, no importa a qué costo; como si eso que escriben no tuviera ninguna validez si no acaba en un libro, así su destino sea regalarlo a lectores inciertos. En el caso de Alberto Bossa, son los lectores ciertos a quienes nos gustaría leerlo en la comodidad de un libro, porque bien merecido lo tiene su escritura.

Alberto Bossa es un médico costeño residente en Popayán hace ya varios lustros. Se especializó en lo único que podría hacerlo un médico–poeta: neumología. Dado que en los pulmones tienen origen los sonidos que se convierten en palabras; sonidos que son también voz, raíz del estilo, y ritmo para el milagro del canto. “…con una palabra diáfana y balsámica, que tiene el poder de sanar.”, como bien lo dice el librero Ómar Lasso.

Oficio santo (2002), así titula el poemario de Alberto Bossa Yepes. Son doce piezas, bajo el “umbral” de tres epígrafes que adelantan señales del contenido poético. Por el título, se pensaría que es poesía mística, que en buen grado lo es, pero es profana también; es decir, imagen y semejanza; cuerpo y espíritu en el filo de las tentaciones: “La niego en poesía para que no me llene de pecados el alma” (La Tour De Pin).

Con evocaciones de Oriente se abre este poemario (nada tuve,/ sólo traigo una oración/ para la tierra.) El despojo y el desapego es una de sus líneas temáticas, y así lo dice: Soy un caminante despojado. Y entre poema y poema la flacura oriental, por carecer casi de todo, va esparciendo la semilla de sus carencias: Cerca/ del valle de las fábulas (…) ni me queda un olivo para regalar.

De la santa melancolía de Oriente, el poeta traslada la fábula a otro territorio, éste sí con el lujurioso calor del trópico. Es un poema donde se planta el millo, quizá el único amarillo que envidiaría el sol. A este glosador le parece que son las líneas llamadas a vindicar todo el poemario.

Tu padre cortaba la madera
al cuarto creciente
y las últimas voces de las bestias
amortajaron la tarde.
Quedó el millo
alumbrando los solares.

  Recuerdo de aquel largo calor
la certidumbre de tu risa
en boca de Deyanira.
Era Repelón
a la hora de los almendros somnolientos.

  El millo es ahora tu elegía
por los cinturones de los montes.

“La poesía en una obra es lo que hace aparecer lo invisible”, sentencia Nathalie Sarraute. Y Alberto Bossa logra lo que García Márquez en su cuento “La siesta del martes”: hacer que sintamos toda la canícula de las veredas, en todas las latitudes del Caribe.

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Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/donaldo-mendoza/

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