ALBERTO ARBOLEDA ZÚÑIGA
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| Ilustración: Instrumento Musical llamado Pavo Real, Museo de Antioquia |
A estas alturas, cuando la experiencia estética ha experimentado tantas transformaciones o replanteamientos, y cuando la exégesis del arte se nutre de conceptos y significaciones intelectuales más que de bellezas intrascendentes o vacías, decir que una propuesta plástica es bella resulta algo sospechoso, anacrónico, gratuito y sin mayor incidencia valorativa de la obra. Mas, en los cuadros que he mirado de Alberto Arboleda, lo bello se afirma con determinación, altura y significación sustancial; forma parte de la esencia la obra; invade el ojo con cualidades especiales, obliga a contemplar las formas y a gravitar en torno a ellas; tiene magia insistente, atrae sin distraer y convida al éxtasis de los sentidos. Su exótico mundo alborea entre un mundo muy propio, original, genuino y singular; minucioso en el detalle, barroco, evocador de acentos del Art Noveau. Elabora matices plásticos con signos de culturas prehispánicas, arabescos que entretejen una riqueza textural minuciosa en artesanía, y los episodios están cargados de caracteres insospechados, filigranas en insólitas transformaciones, intransigente con los facilismos del oficio que pululan hoy en día. Elementos de la naturaleza, plumas, palillos, etc., se incorporan a estos collages-ensambles, dotando la obra con fuerza telúrica y el sello de un chamán que labora rituales para decantar nuevos procesos de la estética.





