Agosto de 2026: trece días en que Colombia miró hacia la tierra, hacia el fuego y hacia el cielo

Crónica de una sucesión de fenómenos naturales sin precedentes recientes en el territorio colombiano.
Agosto no había cumplido ni dos semanas y Colombia ya acumulaba suficiente historia natural para llenar un año entero. Terremotos, incendios forestales, inundaciones, actividad volcánica, volcanes de lodo, un eclipse solar y una lluvia de meteoros se fueron encadenando día tras día, como si la naturaleza hubiera decidido ensayar todos sus registros al mismo tiempo sobre un solo país.
Esta es la cronología de lo que ha ocurrido.
1 de agosto — El Puracé pasa a alerta naranja
El mes arrancó con una señal de alarma desde las montañas del Cauca. El Servicio Geológico Colombiano elevó de amarilla a naranja el estado de alerta del volcán Puracé, perteneciente a la cadena volcánica Los Coconucos. No era una decisión menor. Los instrumentos del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Popayán venían registrando desde el 20 de julio un aumento sostenido de la actividad sísmica bajo el cráter, columnas de gas y ceniza de hasta 3.400 metros sobre la cima, temperaturas estimadas de 140 grados centígrados en las emisiones y flujos de dióxido de azufre que alcanzaron las 4.200 toneladas diarias.
La directora técnica de Geoamenazas del Servicio Geológico, Nathalia Contreras, lo explicó con la precisión que exigía el momento: la posibilidad de una erupción mayor era ahora más alta, aunque eso no significaba que fuera inminente. El Puracé ya había estado en alerta naranja entre noviembre de 2025 y enero de 2026. Ahora volvía a ese nivel con valores que superaban los máximos históricos conocidos para el sistema volcánico.
La Gobernación del Cauca activó el plan departamental de contingencia, definió puntos de encuentro, rutas de evacuación y albergues temporales, y sumó 52 vigías comunitarios al monitoreo. El turismo ecológico en el Parque Nacional Natural Puracé quedó restringido.
Colombia entraba en agosto con un volcán que hablaba.
1 a 6 de agosto — El fuego que nadie logra apagar
Mientras los sismógrafos vigilaban al Puracé, otro enemigo se extendía en silencio por buena parte del territorio nacional. Los incendios forestales, alimentados por la temporada de menos lluvias y los efectos del fenómeno de El Niño, venían acumulándose desde mediados de junio. Para el 6 de agosto, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres contabilizaba 438 incendios forestales registrados en 191 municipios de 19 departamentos, con una afectación aproximada de 7.153 hectáreas de cobertura vegetal. Once personas habían resultado heridas.
El panorama era devastador en varios frentes simultáneamente.
Huila fue uno de los primeros departamentos golpeados en agosto. Para el 4 de agosto se habían reportado 38 incendios de cobertura vegetal en 15 municipios, con más de 630 hectáreas afectadas. Diecisiete de los 37 municipios del departamento estaban en alerta roja. Neiva, Palermo, Aipe, Campoalegre y Villavieja figuraban entre las localidades con focos activos.
Tolima concentraba la emergencia más grave. El director de la UNGRD, Javier Pava, describió la situación con una frase que no dejaba espacio para la interpretación: «Tenemos casi todo el departamento del Tolima incendiado en llamas hoy». Ciento cuarenta incendios se habían registrado allí desde el 16 de junio. Municipios como Ataco, Rioblanco, Natagaima, Prado, Valle de San Juan, Alpujarra, Coyaima y Villarrica mantenían focos activos.
Cundinamarca presentaba un incremento superior al 660 por ciento entre junio y julio: de 17 incendios pasó a 130, con más de 400 hectáreas afectadas. Los primeros días de agosto encontraron a los organismos de emergencia atendiendo simultáneamente ocho incendios en municipios como Tibacuy, Pacho, Nilo, Soacha, Sibaté y Mosquera.
Nariño venía arrastrando una crisis desde julio, con seis municipios afectados. Para la segunda semana de agosto, la situación se agravó en Ancuya, Linares, Los Andes Sotomayor y Cumbitara, donde las autoridades debieron recurrir a apoyo aéreo con helicópteros equipados con sistemas Bambi Bucket. Las llamas amenazaban bosques, cultivos, fuentes de agua y viviendas. La Gobernación convocó un Consejo Departamental de Gestión del Riesgo para declarar la calamidad pública.
Norte de Santander también sufrió: el 4 de agosto, un incendio arrasó 45 hectáreas de bosque en el sector de Las Liscas, en Ocaña, en plena temporada seca.
El Gobierno ya había declarado el desastre nacional por el fenómeno de El Niño dos semanas antes. El país ardía.
4 de agosto — El Pacífico se inunda mientras el interior pide agua
La paradoja colombiana se manifestó con toda su crudeza el 4 de agosto. Mientras el interior del país rogaba por lluvias para apagar las llamas, un fuerte aguacero volvió a provocar inundaciones severas en Buenaventura. Las calles céntricas del principal puerto colombiano sobre el Pacífico quedaron convertidas en corrientes de agua. El comercio fue uno de los más perjudicados: negocios literalmente inundados, plantas de bombeo sin funcionar desde hacía años, un alcantarillado que los propios ciudadanos calificaban como deficiente.
Era la otra cara de un país donde la sequía y el exceso de agua pueden convivir el mismo día en departamentos vecinos.
7 a 9 de agosto — El Puracé intensifica su actividad
El volcán no se calmó. El 7 de agosto se registró una emisión de ceniza a las 10:14 de la mañana. Las cámaras web no pudieron corroborarla por las condiciones meteorológicas, pero habitantes de la vereda Cristales, en Coconuco, reportaron ruidos fuertes. El Servicio Geológico Colombiano confirmó que los valores instrumentales alcanzaban los máximos observados recientemente y superaban las líneas base del volcán.
Entre el sábado 8 y el domingo 9 de agosto se contabilizaron tres emisiones de ceniza adicionales, con alturas de hasta 500 metros. Cayó ceniza en las veredas Cristales, Loma Linda, 20 de Julio y en la cabecera municipal de Coconuco. Las mediciones satelitales detectaron concentraciones significativas de dióxido de azufre dispersándose hacia el noroccidente.
El Servicio Geológico fue enfático en un mensaje que repetiría varias veces: una disminución temporal de la actividad no significaba estabilización. El volcán seguía en alerta naranja.
8 de agosto — El fuego llega a la Serranía del Perijá
Un nuevo frente de incendio se abrió el sábado 8 de agosto en el departamento del Cesar, en el norte del país. Las llamas comenzaron en la zona rural de Manaure Balcón del Cesar y se extendieron rápidamente por la Serranía del Perijá, arrasando cerca de 8.000 hectáreas. Municipios como Curumaní, Chiriguaná, La Jagua de Ibirico y San Diego sufrieron el impacto. El fuego destruyó cultivos, ecosistemas nativos, alcanzó viviendas y afectó la actividad ganadera de la región.
Las comunidades afectadas demandaron un plan de restauración ambiental y la dotación de equipos para las brigadas rurales de emergencia.
10 de agosto — El terremoto que lo cambió todo
Eran las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto cuando la tierra se movió con una fuerza que millones de colombianos difícilmente olvidarán.
Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, a unos 240 kilómetros de Bogotá, estremeció buena parte del país. Se sintió en ciudades de todo el territorio nacional y en países vecinos: Panamá, Venezuela, Ecuador y Perú.
En cuestión de segundos, agosto dejó de ser un mes de incendios y alertas volcánicas para convertirse en el escenario de una tragedia nacional.
Las cifras que fueron surgiendo a lo largo de las horas y los días siguientes dibujaron el mapa de la devastación. Según el balance de la UNGRD actualizado al 12 de agosto: 239 personas fallecidas, 3.755 heridas y 287 desaparecidas. La emergencia dejó afectaciones en 14 departamentos y 403 municipios, con un total de 24.324 familias y 49.214 personas afectadas.
Cali, Pereira, Armenia, Manizales y numerosos municipios del occidente colombiano comenzaron a contar edificios destruidos, viviendas averiadas, carreteras colapsadas. Chocó, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca recibieron los golpes más duros. En Bahía Solano, el hijo de seis años del alcalde, Mateo Valencia, murió cuando su casa se derrumbó.
Buenaventura, que apenas una semana antes se había inundado bajo la lluvia, quedó aislada por derrumbes en su única vía de acceso y sin servicio de agua. El puerto más importante del Pacífico colombiano enfrentó una crisis humanitaria sobre una crisis que ya arrastraba desde hacía décadas.
Colombia sufrió cortes generalizados de electricidad, telefonía celular e internet. El recién posesionado presidente Abelardo de la Espriella declaró la emergencia nacional en lo que constituyó una prueba monumental al inicio de su mandato.
Llegaron entonces las imágenes que definirían estos días: edificios reducidos a escombros, familias esperando detrás de cordones de seguridad, rescatistas pidiendo silencio absoluto para detectar cualquier sonido bajo las estructuras, perros rastreadores buscando señales de vida, voluntarios removiendo piedras con las manos. Y también los milagros: personas extraídas con vida tras permanecer horas atrapadas bajo toneladas de concreto.
El Servicio Geológico Colombiano registró 96 réplicas solo en las regiones Andina y Pacífica durante las primeras veinticuatro horas. Los departamentos más afectados fueron seis: Antioquia, Caldas, Chocó, Risaralda, Quindío y Valle del Cauca. Cientos de colombianos no pudieron dormir la noche del lunes ni la madrugada del martes.
Ofertas de ayuda internacional superaron los 1.300 millones de dólares. Países como China, El Salvador, México y Estados Unidos, que desplegó un equipo DART de respuesta ante desastres, ofrecieron apoyo. Sin embargo, las autoridades colombianas decidieron que la emergencia estaba cubierta por los rescatistas nacionales y limitaron el ingreso de grupos externos.
11 de agosto — La tierra se abre en Urabá
Como si el terremoto no hubiera sido suficiente, el martes 11 de agosto Colombia amaneció con otra noticia geológica inquietante.
En la vereda Molinillo, zona rural de San Pedro de Urabá, Antioquia, un volcán de lodo entró en fase eruptiva. Un fuerte estruendo rompió la tranquilidad de la mañana. Videos captados por la comunidad mostraron la violenta expulsión de una mezcla densa de lodo, gases y agua que rápidamente cubrió pastizales y quebradas. Los primeros reportes generaron pánico: se habló de familias atrapadas y personas sepultadas.
La Alcaldía de San Pedro de Urabá, el Dagran y los bomberos locales activaron un protocolo de monitoreo y acordonaron el área. No se confirmaron personas lesionadas, pero animales, principalmente ganado, quedaron atrapados en el lodo y zonas agrícolas resultaron afectadas. Se habilitaron las líneas de emergencia y se recomendó evacuación preventiva a las familias cercanas.
La pregunta fue inevitable: ¿tuvo relación con el terremoto del día anterior?
Las autoridades no descartaron la hipótesis, pero advirtieron que estaba bajo evaluación técnica. La cercanía temporal puede resultar inquietante, pero dos fenómenos que ocurren con pocas horas de diferencia no necesariamente comparten una causa común. San Pedro de Urabá ya había experimentado un episodio similar en noviembre de 2024, cuando un volcán de lodo produjo llamas de más de diez metros de altura visibles desde Necoclí. Y en febrero de 2026, otro volcán de lodo había erupcionado en el vecino San Juan de Urabá.
11 de agosto — El Puracé emite ceniza en medio de la emergencia
Mientras el país concentraba toda su atención en el terremoto y sus consecuencias, el volcán Puracé volvió a emitir cenizas y gases. Las condiciones obligaron a tomar precauciones sobre las operaciones aéreas del aeropuerto de Popayán.
Las especulaciones se dispararon en redes sociales: ¿el terremoto había despertado al volcán?
El Servicio Geológico Colombiano fue claro: el Puracé ya se encontraba en alerta naranja desde el 1 de agosto, nueve días antes del sismo, y no existía evidencia científica para afirmar que el terremoto hubiera provocado o intensificado su actividad. El director del Servicio Geológico fue todavía más tajante frente a los mensajes que circulaban anticipando nuevos sismos: «La ciencia aún no puede predecir los terremotos».
12 de agosto — Incendios en Antioquia y más fuego en Nariño
Mientras los equipos de rescate continuaban buscando sobrevivientes bajo los escombros del terremoto, los incendios forestales no daban tregua.
En Antioquia, la Dirección de Gestión del Riesgo desplegó una ofensiva aérea y terrestre para controlar varios focos activos. En Abejorral, la complejidad del terreno rocoso dificultaba las labores. Un helicóptero de la Fuerza Aeroespacial equipado con Bambi Bucket descargaba agua mientras el Ejército Nacional, la Defensa Civil y bomberos del Oriente antioqueño combatían las llamas desde tierra. Treinta viviendas fueron evacuadas preventivamente. En total, Antioquia acumulaba 42 incendios forestales entre julio y agosto, principalmente en las subregiones de Oriente, Suroeste y Occidente.
En Nariño, la emergencia se intensificó desde la noche del 11 de agosto. Municipios como Ancuya, Linares y Los Andes Sotomayor enfrentaron simultáneamente incendios que amenazaban con llegar a zonas pobladas. La Gobernación convocó un Consejo Departamental urgente.
12 de agosto — El cielo ofrece su espectáculo
Después de días mirando grietas, montañas humeantes, incendios y escombros, el 12 de agosto Colombia levantó los ojos. El espectáculo estaba en el cielo.
Un eclipse total de Sol recorrió partes de Groenlandia, Islandia, España, Portugal y el norte de Rusia. Colombia no se encontraba dentro de la zona de totalidad, aunque algunas ciudades del extremo norte, como Maicao y Riohacha, alcanzaron a percibir un eclipse parcial mínimo, del orden del 10 por ciento de cobertura solar. El fenómeno fue seguido masivamente mediante transmisiones internacionales.
Pero ese mismo día coincidió con el pico máximo de las Perseidas, una de las lluvias de meteoros más conocidas del año. A diferencia del eclipse, las Perseidas sí podían observarse desde Colombia, especialmente entre la medianoche del 12 y el amanecer del 13 de agosto, mirando hacia el noreste desde lugares alejados de la contaminación lumínica. La Luna nueva favorecía las condiciones de visibilidad.
Y hubo un tercer fenómeno astronómico que completó la jornada: antes del amanecer, seis planetas aparecieron alineados en el cielo matutino.
La paradoja resultaba difícil de ignorar. Mientras centenares de rescatistas seguían buscando personas bajo toneladas de concreto, sobre sus cabezas pequeños fragmentos cósmicos atravesaban la atmósfera y dibujaban destellos en la noche.
13 de agosto — Un mes que aún no llega a la mitad
A trece días de haber comenzado, agosto de 2026 acumula un inventario de fenómenos naturales que resulta difícil de abarcar en una sola mirada:
Un volcán en alerta naranja que ha emitido ceniza repetidamente y mantiene valores sísmicos en máximos históricos. Un terremoto de magnitud 7,4 que ha dejado al menos 239 muertos, miles de heridos y centenares de desaparecidos. Centenares de incendios forestales extendidos por al menos 19 departamentos, con más de 15.000 hectáreas afectadas si se suman todos los frentes, desde el Tolima hasta la Serranía del Perijá. Inundaciones en el Pacífico. Un volcán de lodo que erupcionó en Urabá. Un eclipse solar. Una lluvia de meteoros. Una alineación planetaria.
No todos estos acontecimientos tienen relación entre sí. La ciencia obliga a separar coincidencia de causalidad. El terremoto no debe presentarse como causa demostrada de la actividad del Puracé ni de la erupción del volcán de lodo. Un eclipse o una lluvia de meteoros no constituyen señales de una cadena de catástrofes.
Pero detrás de las cifras y los fenómenos está la otra historia. La de los bomberos que llevan semanas combatiendo el fuego. La de quienes perdieron una vivienda en cinco segundos. La de las familias que duermen cerca de los escombros esperando escuchar un nombre. La de los rescatistas que piden silencio absoluto porque debajo del concreto todavía puede existir una vida. La de un puerto que quedó aislado y sin agua. La de las comunidades campesinas que ven arder sus cultivos sin poder hacer nada. La de un país que enfrenta el fenómeno de El Niño con una infraestructura de gestión del riesgo puesta a prueba en todos los frentes al mismo tiempo.
Agosto de 2026 todavía no llega siquiera a la mitad.
Y Colombia ya tiene suficientes historias para recordar este mes durante muchos años.
Fuentes consultadas: Servicio Geológico Colombiano, Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Embajada de Estados Unidos en Colombia, Dagran Antioquia, gobernaciones del Cauca, Huila y Nariño, Alcaldía de San Pedro de Urabá, NASA, El Tiempo, El Colombiano, Infobae Colombia, Semana, CNN en Español, Telemundo, teleSUR, Diario del Sur, Blu Radio, La FM, Cambio Colombia.



