Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Jueves:
Popayán 5 y 6
Cali 5 y 6
Jueves, 15 de octubre de 2026

Afrocolombianidad, cultura y dominación

Belleza afro
JORGE-MUÑOZ-FERNANDEZ
MATEO MALAHORA [email protected]

“Queda mucho que hacer en el Cauca y el país por el pleno rescate de los derechos inalienables de la comunidad afrocolombiana, comunidad que recibió un fatídico y mortal golpe con ocasión de la masacre del Naya en Buenos Aires, Cauca, causada entre el 9 y 13 de abril de 2001 por el nefasto Grupo Farallones del paramilitarismo y que provocó el desplazamiento forzado de tres mil personas entre indígenas y afrocolombianos”.

Afrocolombianidad

No llegaron con maletas, ni con tambores, ni con recetas gastronómicas, ni con posesiones materiales, llegaron con sus dioses, con sus símbolos, con su sabiduría, con su música en la sangre, con su enorme cultura lingüística.

El violento proceso de dominación, de quienes en el proceso del naciente capitalismo universal fueron arrancados de sus pueblos nativos para imponer la esclavitud, como una de las vergüenzas históricas de la humanidad, dejó huellas que hoy son expresiones de enorme valor en el contexto de nuestra nacionalidad.

Las culturas de los grupos étnicos africanos aportaron conocimientos estratégicos en el proceso de nuestra independencia; le entregaron a la nueva nación no sólo prácticas medicinales, organización productiva, formas de relacionarse con la naturaleza, sino filosofía de vida.

Fueron comunidades, pueblos y reinos sometidos a la satanización, aislamiento, la negación plena, la discriminación, el absolutismo racial, la explotación, la ridiculización y la prepotencia blanca, para implantar, con el apoyo y legitimación de la Iglesia, la subordinación.

La prohibición, el castigo y el látigo físico y moral fueron las constantes de la opresión colonial, en los vanos intentos de eliminar una cultura peligrosa para el colonizador; prácticas endorracistas que aún subsisten, patrocinadas, irónicamente, por el mismo Estado que invoca la interculturalidad y el multiculturalismo como una conquista libérrima signada en la Constitución.

La sumisión no fue simplemente un problema racial, el poder blanco desplegó todos sus dispositivos opresores para prevenir alzamientos, en lo que hoy es Colombia y todo el continente, escenario para convertir la naturaleza, la población indígena y esclavizada en medios para la acumulación de la riqueza.

Frente a la política del terror y del miedo nacieron el cimarronaje, la resistencia étnica, la organización social para preservar y defender la cultura y espacios para la rebelión contra el oprobioso sistema colonial.

A tal extremo llegó el amedrentamiento, la sanción espiritual y física, el rechazo a las culturas autóctonas, que el predominio del vasallaje español y criollo fue creando una tupida red de eliminación de toda manifestación cultural externa africana, para evitar que los grupos africanos llegasen a tener sentido de pertenencia y ser dueños de su historia y de su propios destinos.

La música africana fue subversiva, revolucionaria, díscola, condenada al ostracismo, instrumento para congregarse en contra del poder dominante, diabólica, hereje y blasfema, como si hoy se condenara a “Herencia Timbiquí”, orgullo universal, por su carácter étnico.

Los dogmáticos de la cultura dominante colombiana, aún no lo aceptan, se resisten, en su mentalidad etnocentrista, incluso a admitir que toda la humanidad es afrodescendiente, que nuestra cultura es diversa, que las luchas por la reivindicación de lo nacional implica poner en escena las fuerzas y movimientos sociales que desde la afrocolombianidad contribuyeron a crear nación, todavía fracturada por la lógica colonial.

Desde la cultura afrocolombiana se observa en la literatura, los foros y columnas de opinión que el colonizador aún vive, así como en el mundo campesino no ha muerto Artemio Cruz.

Que el descubridor-invasor siempre ha tratado de tatuar, a sangre y fuego, en el alma de los colonizados, la impronta de su atraso, desconociendo que es en la naturaleza del sistema económico y político donde se encuentra la raíz de nuestros males y que no hay justicia por encima de la discriminación, ni mucho menos por encima de los conflictos, en el sentido de perpetuarlos o resolverlos en función de la dignidad humana.

Todavía existe una cultura agresora, que ve al otro como diferente y distinto, al que no pertenece a la cultura occidental, sin perfil latino y no desvela un continente físico de rasgos caucásicos.

En los Estados Unidos, como en Colombia, todavía se cree que las ciencias sociales deben ser neutras, se aplaude a los antropólogos cuando se convierten en simples cronistas y a los sociólogos cuando se limitan a sostener y divulgar lo exótico.

Presentada la cultura occidental como valor supremo, superior al islam, superior a la cultura los pueblos africanos y de las naciones indígenas, se pretende dejar en el imaginario social que hay culturas imperfectas y se busca perforar y destruir la historia primigenia de nuestros pueblos.

Queda mucho que hacer en el Cauca y el país por el pleno rescate de los derechos inalienables de la comunidad afrocolombiana, comunidad que recibió un fatídico y mortal golpe con ocasión de la masacre del Naya en Buenos Aires, Cauca, causada entre el 9 y 13 de abril de 2001 por el nefasto Grupo Farallones del paramilitarismo y que provocó el desplazamiento forzado de tres mil personas entre indígenas y afrocolombianos.

Ocurrida hace catorce años, todavía se escuchan los ruidos macabros de las motosierras que han opacado las exigencias del Consejo de Estado sobre la plena reparación integral y moral de las víctimas. Hasta pronto.

Articulos relacionados

miércoles 14 octubre, 2026 a las 6:09 pm

Defensoría acompañó las marchas pacíficas en el Cauca

miércoles 14 octubre, 2026 a las 5:51 pm

«El Cauca es mucho más que eso»

miércoles 14 octubre, 2026 a las 4:07 pm

Donación de equipos biomédicos en Chocó $467 millones