Afrenta a la Justicia
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
La denominada reforma a la Justicia, como se venía venir, resultó un despropósito. Reforma que como se concibió finalmente, llenó de indignación al país. Y no es para menos. Con este tipo de actitudes, una vez más, el Congreso confirmó su renuencia al cambio y constató evidentemente estar por fuera de las circunstancias históricas de la patria.
Legislar en bien propio, a favor de personas cuestionadas judicialmente y en atención de prebendas de funcionarios judiciales, no sólo es una descarada evasiva a la equidad y a la Justicia, sino una apología perversa a la impunidad.
El Congreso se quedó con los crespos hechos. Sigue subestimando a los colombianos pensando que estamos en un país de bobos. Diferentes sectores de la denominada sociedad civil han protestado y el presidente Santos, presionado o no, por la indignación nacional, ‘objetó’ el proyecto y anunció devolverlo al Congreso.
El esperpento de reforma a la Justicia es una vergüenza para nuestra insipiente democracia y una afrenta a la justicia. Mucho se ha dicho y se dirá sobre este bochornoso acontecimiento: que el Gobierno tiene su cuota de responsabilidad porque sabía lo que se le venía y oportunamente no atajó al monstruo, que al ministro Esguerra lo dejaron solo, que el Presidente no tenía otra opción ante el escándalo porque no objetar la reforma le significaría costos a su popularidad y perjudicaría sus pretensiones reeleccionistas; que precisamente por ello, tampoco le resulta conveniente tener peleas ni con los congresistas ni con las altas Cortes, etc.
No obstante estas y otras inquietudes, no se puede desconocer que el Presidente, de forma contundente, con carácter objetó la reforma en su alocución televisada la noche del jueves pasado, enfatizando asumir las consecuencias. «No ha sido una decisión fácil. Pero la buena salud de la justicia y nuestro compromiso por la transparencia y contra la corrupción, están por encima de todo”. “Se introdujeron cambios que en nada favorecen a la justicia y a la transparencia, y algunos son verdaderos micos”. “Queríamos y queremos una reforma constitucional para que ganen la justicia y la transparencia, y no para dar gabelas o beneficios a quienes están hoy investigados y para generar un caos en la justicia”. “Como Presidente de los colombianos y obrando en conciencia, tengo el deber de impedir que esto prospere”, anotó el mandatario colombiano.
Ni más faltaba que Santos quien en su discurso de campaña se comprometió a combatir la corrupción como uno de los principales mecanismos del buen gobierno, terminara aceptando una reforma ajena a los intereses del país y a la Justicia.
El ministro Juan Carlos Esguerra hizo bien en aceptar la responsabilidad política y en renunciar. En varios episodios se mostró blandengue. Simón Gaviria, jefe del liberalismo, quedó muy mal al admitir aprobar el texto de reforma sin haber leído lo que firmaba. Los congresistas que aprobaron la reforma y los conciliadores están siendo considerados una vergüenza para el país. Por todas partes les llueven críticas. Sólo les queda esperar la reacción popular en las próximas elecciones, si es que los colombianos no siguen sufriendo de amnesia.
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