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Jueves, 1 de octubre de 2026

Afortunadamente…

Afortunadamente… leer no tiene final
Afortunadamente… leer no tiene final

Por: Guido Germán Hurtado Vera. Historiador y Politólogo.

A los seis años descubrí que sabía leer. El haber podido descifrar una simple frase, escrita en el tablero con tiza blanca, me había hecho todopoderoso. La frase la recuerdo muy bien, “mi mamá me mima”.

La emoción inesperada de entender lo que antes sólo era capaz de observar es hoy tan intensa como debió serlo en esa mañana de abril de 1971.

Me enseñó a leer la profesora Ruby Fernández con el método de la época: en su mano derecha una dosis de cariño y en su mano izquierda una correa.

Leer fue como adquirir un nuevo significado de la vida. De manera que ciertas cosas ya no eran únicamente lo que mis ojos advertían, mis oídos escuchaban, mi lengua gustaba, mi nariz olfateaba y mis dedos acariciaban, sino que eran, al mismo tiempo, lo que mi cuerpo entero comprendía, traducía, hablaba, leía.

Leer fue mi ingreso oficial, sin advertirlo, a la familia de los lectores. En mi escuela primaria no había biblioteca, pero una vez que aprendí a leer las letras, lo leía todo: los carteles que pegaban en las paredes de mi pueblo, los avisos de las tiendas del barrio, el almanaque Bristol, que compraba mi padre cada enero y vaticinaba todo año.

En el bachillerato leía, especialmente, los grandes diccionarios con fotografías que había en la biblioteca del colegio y todas las mañanas de los domingos los periódicos en casa de mi tío político, Gilberto Flórez.

Después ingresé a la Universidad del Valle a estudiar historia. Allí fue la locura. En la biblioteca había de todo. Era extraordinaria, me fascinaba. Todos los géneros y todas las colecciones. Te prestaban hasta cuatro libros por ocho días y te los podías llevar para casa.

Como mis clases de historia comenzaban a las dos de la tarde, aprovechaba y llegaba en la mañana, me dirigía a la biblioteca y leía hasta el mediodía lo que había que leer para la carrera. Después iba al CDU a jugar fútbol y rayando las dos almorzaba corriendo y transpirando para poder llegar a tiempo a la clase.

En los nueve semestres que duró mi carrera leí todo lo que pude. En ese tiempo fui aprendiendo que la lectura es acumulativa y que resulta por progresión geométrica: cada nueva lectura aumentaba mi capital cultural. Comenzaba a vislumbrar la relación entre las humanidades, las ciencias sociales y las llamadas ciencias duras. Comenzaba a descifrar el enmarañado mundo de la vida.

Nunca hablaba con nadie de mis lecturas. La necesidad de compartirlas llegó después. Por aquel entonces yo era decididamente egoísta. Cada libro era mi mundo, y en él me escondía.

Leer es un acto individual, es un acto político. Leer envuelve una consagración, un tiempo de vida que entregamos a esa acción porque nos nutre, nos entretiene, nos conforma, nos da vida. Igualmente, porque buscamos en la lectura herramientas para leernos a nosotros mismos y pensar el mundo en el que vivimos.

Nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para poder entender de dónde venimos, quiénes somos, dónde estamos y para dónde vamos. Leemos para entender o para empezar a entender. No tenemos otra medicina que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función principal.

Aprendí a medio escribir en quinto de primaria. Quizá hubiese podido vivir sin escribir, pero no creo que hubiese podido vivir sin leer. Aprendí que la lectura antecede a la escritura. No obstante, sobre la faz de la tierra existen muchas culturas que viven sin escribir, pero no sin leer.

A nosotros, los lectores de hoy, virtualmente amenazados de desaparición, no nos queda más que vivir leyendo y morir leyendo.

Me imagino dejando el libro que leo junto a mi cama o en mi biblioteca, me imagino abriéndolo en la noche de hoy, o el sábado en la tarde, o al día siguiente, y diciéndome: no lo he terminado, así haya leído su página final.

Escribió el novelista turco Orhan Pamuk: “si se tiene un libro en la mano por complicado y difícil de entender que sea, cuando se termina de leer, se puede, si se quiere, volver al principio, leerlo de nuevo y entender así qué es lo difícil y, al mismo tiempo entender también la vida.

Afortunadamente… leer no tiene final.

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