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Jueves, 1 de octubre de 2026
domingo 15 agosto, 2010 a las 8:51 pm

¡ADIOS, IRENE!

¡te olvidaré…
te olvidaré!

Por Neftalí Sandoval Vekarich

Me lo recordó tiempo después de haber llegado a Colombia. Me pidió, tal como lo había hecho las veces anteriores, que le escribiera un relato de mi viaje. Le parecían fabulosas mis cartas, llenas de colorido, de anécdotas, de circunstancias paradójicas y hasta cómicas. No era ella la única que me lo había dicho, lo mismo opinaba Eduardo y hasta Alicia, su primera esposa que cuando llamaba por teléfono a su hijo Carlos, para que la visitara, él le hacia una pregunta: “¿acaso te ha llegado carta de Paul?’’ Confirmaba Alicia que así era y quería leer la carta en su compañía como siempre lo venía haciendo cuando le llegaban mis cartas desde Yugoslavia. Entonces, claro, aun no existían para mí las computadoras y utilizaba una máquina portátil que había heredado de Pedro Duno, un poeta venezolano, gran amigo mío, a quien conocí en México gracias a otro poeta, Horacio Espinosa Altamirano.

Con los años vine a darme cuenta que las cosas suceden no por casualidad, que hay una fuerza del universo que coordina nuestros pasos, así sean equivocados, para llevarnos a un destino predeterminado. Para los místicos del esoterismo es algo conocido por ellos y eso también estaba en la conciencia de los monjes esenios que agradecían a Dios por los favores que aun no habían recibido y que daban por sentado ya cumplidos. Pedid y se os dará, decía Jesús, pedir, pero no exigir y dejar que la fuerza cósmica trabaje en nuestro favor.

Había llegado a México tras las huellas de una mujer, pero en Bogotá una anciana judía sobreviviente de las persecuciones en la Alemania de Hitler, me lo había advertido: “ella se portará mal contigo, porque así debe de ser…’’ Recibía clases de inglés y de francés, residía Frau Erika Heller en un bello apartamento a pocos pasos del Hotel Tequendama, próxima a la “Rebeca’’ una fuente llamada así por la bella escultura en mármol de la heroína bíblica semidesnuda, con los senos al aire, recogiendo agua en un cántaro propio de la época mosaica. Esa escultura como otras imágenes en bronce de héroes de la República, amanecieron un día con sostenes y sábanas cubriendo los cuerpos desnudos y las partes púdicas de los Apolos y Venus criollas, aberración de una asociación de mujeres beatas y rezanderas de la suciedad (perdón) sociedad alta y media que luchaba contra la inmoralidad y la corrupción del siglo. En Grecia me sorprendió ver que el falo de los Apolos y Dionisios estaba averiado, encontré asimismo en Estambul dijes y llaveros con falos de cobre o de bronce, muy apetecidos por las mujeres no como una reliquia sino como un fetiche de la buena suerte. Cuando mi hermano Eddie anduvo por Grecia y Turquía se aprovisionó de una gran cantidad de estos fetiches con la explicación “para regalar a mis amigas’’. A mí no se me había ocurrido, pero sí supe que eran las mujeres las que habían deteriorado las esculturas de Apolo y de Dionisio para llevarse trozos de los falos como amuletos. Estas otras, las mujeres colombianas, lo que habrían hecho era ponerles taparrabos como ya a otras “curadoras’’ se les ocurrió colocar hojas de parra allí donde el miembro dejó de existir. Bendita Colombia en donde hoy los sicarios que profesan la religión católica tienen en Medellín una Virgen como Patrona y Protectora de su gremio. Pues bien, un día mi anciana profesora de idiomas me dice “quiero conocer tu destino’’ y extiende sobre la mesa los naipes de una baraja que pensé utilizaba únicamente para jugar bridge con sus amigas. “… así tiene que ser, aseguró, pues tu destino está al otro lado del Atlántico!”


Fui por lana y salí trasquilado, dice el dicho. No tuve su guía ni su compañía los primeros días de mi experiencia mexicana, pero “así tenía que ser’’ según Frau Erika. No recuerdo cómo llegué a la Feria del Libro, pero sí recuerdo que a cielo abierto se proyectaba una famosa película con las inmortales divas del cine mexicano María Félix y Dolores del Rio. A Dolores del Rio si llegué a conocerla, inesperadamente tiempo después en una recepción de la Embajada de Yugoslavia en México. Lo cierto es que las salas de exposición de libros estaban desiertas a esas horas, eran pasadas las seis de la tarde de un mes de diciembre y supuse que la gente asistía a la proyección de la película “La malquerida’’. En un extremo del salón estaba un muchacho alto, de cabellos castaños, atlético que usaba anteojos de aros gruesos y negros, me miró curioso mientras yo tomaba un libro cuyo título y autor me llamaron la atención, una edición de lujo, de tapas gruesas y figuras mitológicas en relieve dorado. Se acercó muy discreto y leyó en alta voz el nombre del autor: ¡Omar Kayan!… Sí, le dije deseoso también de hacer amigos que aun no tenia en el país azteca… ¡Omar Kayan, Jalil Gibran, Rabindranah Tagore son mis maestros! Me miró sorprendido y alegre a la vez. “Oye, ¿no eres mexicano?’’ “No, le respondí, soy colombiano’’ Abrió feliz los brazos como queriéndome abrazar: “entonces, eres un poeta porque yo también lo soy…’’ Fue mi primer y gran amigo mexicano, él me presentó a Tomas Díaz Bartlet, a Juan Rejano, a León Felipe, a Rubén Salazar Mallén, a Eunice Odio, a Pedro Duno, el venezolano que estrenaba la publicación en México de su primer libro de poemas.

Tomas Diaz Bartlet, aun no lo sabía, agonizaba lentamente en un hospital, allí Horacio me llevó para que le conociera. Se alegró mucho al ver a Horacio, “te he guardado la cena’’ le dijo a manera de saludo pues nuestro amigo era muy glotón y el poeta había perdido el apetito, la enfermera era muy joven y poco antes de morir se casó con ella en la capilla de la clínica. En otra oportunidad estaba allí de visita la poeta Eunice Odio acompañada de otros dos personajes cuyos nombres nunca recordé. Cuando les dije que para mí la ciudad de México me parecía una aldea muy grande, Eunice resultó ser más mexicana y más nacionalista que sus amigos, me atacó furiosa, entonces preferí guardar silencio, pero Horacio le recordó que yo lo decía en forma muy positiva pues la ciudad al parecer estaba formada por una concatenación de imágenes y sentimientos que surgían precisamente de la riqueza de su folklore y de su tradición a partir de la revolución zapatista, por otra parte yo acababa de llegar de una capital mojigata que también estaba en formación y cuyos habitantes en su mayoría eran migrantes de los pueblos vecinos y de las provincias que estaban liberándose de sus complejos de raza, aun siguen creyéndose blancos rechazando el mestizaje también en lo más intimo desconociendo el aporte cultural de los afrodescendientes a diferencia de los mexicanos que sí tienen y conservan muy en alto el orgullo de sus ancestros indios.

Horacio, huérfano de padre, residía con su madre en una de las zonas para mí de las más hermosas de la ciudad de México, el Chopo, que conservaba entonces, no lo sé si ahora también, todas las características de un típico pueblo mexicano, con una plaza colonial casi anacrónica y que era durante los días de guarda una verdadera feria multicolor, su kiosco los domingos albergaba una orquesta para diversión y alborozo de sus habitantes. Con mucha frecuencia visitaba a Horacio en Chopo, su madre solía agasajarme con los platos propios de la gastronomía mexicana que, sobre todo, eran en realidad el deleite y la alegría de Horacio cada vez que aparecía por su casa y bebíamos un líquido refrescante que llamaban cerveza de raíz y era de agave. A veces nuestras citas eran en el Café Paris, centro de los intelectuales del Distrito Federal, allí tuve la ocasión de conocer a Pedro Duno con quien mantuve una estrecha y cordial amistad hasta el día en que regresó a Caracas y se difumó en el tiempo. Me visitó en Belgrado viniendo de un encuentro internacional de la juventud en Moscú, disfrutó su permanencia con mis compañeros yugoslavos de la residencia estudiantil “Ivo Lola Ribar’’ que le regalaron a solicitud propia y como souvenir una “subara’’ (*) con una reluciente estrella roja en la frente. Me vi con él un año después en Londres, había empeñado su portátil y cuando le llegó dinero de Caracas compró otra, pero al saber que yo necesitaba una máquina de escribir fuimos a la casa de empeños a recuperarla. Muy atento el propietario le dijo que no había podido venderla y que se la entregaba por el mismo importe que le había prestado, 8 libras, así que regresé a Belgrado con mi nueva arma de trabajo que produjo tantas cartas para deleite y alegría de mis amigos en Colombia.

Frente al “caballito’’, así llaman en México el monumento a Carlos V, había un café de amplias paredes de cristal que permitían ver todo cuanto acontecía fuera del local. Allí con Horacio y otros dos poetas, Montes de Oca era uno, Juan Bañuelos era el otro, hablábamos y discutíamos de literatura contemporánea, mis ojos de pronto tropezaron con la figura de Irene que iba del brazo de un compañero del Instituto de Antropología, mi pasión por ella se había evaporado así que no me alteré en absoluto al verla, pero si me sorprendí cuando volví a verla a los pocos minutos sola, parada a la entrada del café, pidiéndome con la mano que me acercara. Me aproxime a saludarla. “Me han dicho que te vas a Yugoslavia’’ – me dijo. ‘’Si, le contesté, es cierto… y qué bien que me hayas encontrado pues quisiera que me prestaras unos cuantos dólares que me hacen falta para el viaje’’. “No, respondió enérgica, ¡no! Porque no quiero que te vayas’’. “Es ya inútil, Irene, pues entre tú y yo ya no hay nada que nos una, fue tu decisión y no la mía al darme la espalda cuando más te necesitaba’’. Así tenía que ser. A la entrada del café existía un aparador de venta de periódicos y revistas y un teléfono para el servicio público. Llamé a Pedro a su residencia, me contestó y le dije que le tenía una sorpresa, que viajaba a Yugoslavia. También yo, respondió Pedro, haré mi doctorado de Filosofía en la Universidad de Humboldt. Le dije a Pedro que me hacían falta para mi viaje algunos dólares. “Toma un taxi, me respondió, ven, comeremos juntos, te invito y te prestaré lo que haga falta’’ Como había puesto el parlante del teléfono Irene escuchó la conversación, me despedí de mis amigos, por la ventanilla del taxi vi la figura solitaria y perpleja de Irene en el andén.


Mi llegada a Yugoslavia cambió todo el panorama de mi vida, otra gente, otra manera de vivir, otra la psicología de las mujeres, más próximas al corazón y a la convivencia, comprendí realmente que así tenía que ser, al seguir a Irene a México se cumplía mi deseo de conocer el país que mi madre adoró y añoró hasta el día de su muerte. Viajar desde Belgrado a Paris, a Viena, a Londres, a Roma, a Berlín, a Praga, a Budapest, a Grecia, a Turquía, era la más bella e indescriptible aventura de mi vida que nunca imaginé que así sucediera, pero mi madre si lo sabia cuando me dijo al despedirme de ella una clara mañana en Popayán: ¡cuando llegues a Dubrovnik coloca en la tumba de mi padre un ramo de rosas blancas!, con esas palabras me armó caballero. Pero con el tiempo ya no encontré quienes me abrieran los brazos, los poetas habían sido relegados al olvido y el pasaporte colombiano se convirtió en un arma acusadora para los funcionarios de inmigración y aduanas de varios países. Recuerdo los bellos días cuando en Frankfurt me esperaba Gudrun Panenbeker, colombo alemana, alta funcionaria de Avianca, y Ronald su novio inglés que hablaba un español impecable. Al día siguiente en JAT volaría a Belgrado, pero esa tarde me concedieron el honor de llevarme a probar las verdaderas salchichas alemanas acompañadas de sendos jarrones de cerveza. El local estaba repleto, afortunadamente había un hombre solitario que quizá imploraba compañía, creo que así lo entendió Gudrun cuando le preguntó si podíamos compartir su mesa. Escuchaba atento el hombre nuestra conversación en español, de pronto él interviene igualmente en español y le dice a Gudrun: “usted bella dama es alemana, usted indudablemente es inglés’’ le confirma a Ronald “pero este muchacho es latinoamericano’’ “¿Dónde aprendió usted español?’’ le pregunto, y me responde: “chaval, yo fui miembro de las brigadas internacionales’’, entonces al unísono, Ronald, Gudrun y yo levantamos nuestros jarros de cerveza y brindamos con él por todos aquellos que hicieron parte de la leyenda de las brigadas internacionales de España.

Lufhansa dejó sus oficinas en Colombia por considerarlo un país peligroso, de tal suerte que Avianca nos lleva a Caracas para tomar desde su aeropuerto la línea aérea que me conducirá a Frankfurt. El tiempo de conexión para tomar el avión a Belgrado es muy corto y algo confundido estoy buscando la salida que me llevará a la puerta de embarque, entonces se me acerca un policía de civil, me muestra su placa y empiezan las desagradables preguntas que seguramente sufren todos aquellos que viajan con pasaporte de Colombia, me estudia las palmas de la mano buscando rastros de haber manipulado cocaína, traen un perro pastor para que olisquee mi ropa y mi pequeña maleta donde cargo mi computadora, unos libros, papeles y algunas pastillas para el corazón y la diabetes, me pregunta por mi otro equipaje y me pide le muestre mi tiquete de embarque, le digo que tenga en cuenta que debo tomar el avión para Belgrado, “aún hay tiempo’’ me dice, fue muy amable, desde luego, pero mi intranquilidad obedecía al temor de perder el vuelo de conexión. No me extrañó que mis dos maletas no llegaran en ese vuelo, así que volví al día siguiente a reclamarlas en la aduana de Belgrado, las encontré con los cerrojos rotos, sin candados y arruinadas por un cortafrío las argollas de enlace, les advertí a los funcionarios yugoslavos que el daño no era culpa de Lufthansa sino de la policía alemana, fueron testigos al abrir las maletas del desorden que había en la ropa, como si algún perro pastor alemán se hubiera revolcado en ellas, “nosotros, dijeron los de inmigración yugoslava, no hacemos eso, requisamos en presencia del dueño, no en su ausencia!’’ “Bueno, les dije, esa es nuestra desgracia de ser colombianos, el paraíso de la cocaína!’’ Seis meses después de regreso a Colombia no tuve ningún inconveniente, no volví a mostrar el documento colombiano y me sentí seguro y feliz con mi nuevo pasaporte yugoslavo.



N. Sandoval-Vekarich


* Subara: gorro de piel de carnero, de origen pelasgo, utilizado por los pastores, conocido por algunos como “gorro frigio’’. Frigia y Troya eran pueblos de origen pelasgo. La capital de la Macedonia de Alejandro Magno era “Pelas’’, alusión al pueblo de su origen Pelasgo. Alejandro Magno no era griego, como Aquiles, era un príncipe pelasgo.


2010 – 08 – 12

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