ACERCA DEL VIRUS


ACERCA DEL VIRUS
(Donaldo Mendoza, Julio César Espinosa, Rodrigo Valencia) (*)
La tarde y el encierro en cierto modo eran una sola cosa, una vivencia excepcional. El silencio circundante invitaba a la reflexión, y las pantallas virtuales convocaban al diálogo.
Y toda conversación tiene su fruto cuando la buena amistad propicia las palabras, así no sean al calor de un buen café, por las circunstancias que han obligado al mundo a recluirse cada uno en casa.
DONALDO: -Rodrigo, me gustó tu escrito “El virus”, especialmente el final, que empalma con una página de Séneca que leí hace un rato.
JULIO CÉSAR ESPINOSA: – El virus ha pasado campante el inexpugnable castillo donde mora el yo, el ego, que siendo estiércol, se cree cuando menos perla o diamante irrepetible; en sí mismo oscuridad, piensa que ilumina al universo de afuera con su ciencia de bombas atómicas y autos veloces.
RVQ: -Opino que el virus es un problema, más de orden moral; lo físico es apenas la consecuencia de nuestro desarreglo espiritual.
JCE: – Sí; es que, en contradicción con nosotros mismos, parcelamos la realidad en dos: el mundo exterior y el interior, cuya periferia demarca la piel. Provistos de una ceguera imperceptible, no se nos ocurre ni siquiera sospechar que los dos palpitan con idénticas sustancias y fuerzas, y solemos expresar con algo de orgullo que el desorden del mundo exterior nada tiene que ver con nosotros: nos declaramos inocentes, y arrojamos la culpa sobre los prójimos que más descuellan en la esfera social.
RVQ: Por eso digo: el virus siempre estaba. Escondido, nuestro interior albergaba su máscara; era la máscara que ocultaba nuestra prepotencia ¿Acaso hemos reconocido nunca al otro?
D:- De acuerdo. Séneca dice textualmente: “¿Hasta cuándo pediremos cosas a los dioses como si nosotros no pudiésemos mantenernos? ¿Hasta cuándo llenaremos de sementeras los campos de las grandes ciudades? ¿Hasta cuándo todo un pueblo recolectará para nosotros? ¿Hasta cuándo toda una flota de navíos aportará, y no de un solo mar, las provisiones para la mesa? El toro sacia su apetito con el pasto de poquísimas mojadas; una sola selva basta para muchos elefantes: el hombre, para alimentarse, explora mar y tierra. ¿Pues, qué? ¿Un vientre tan insaciable nos diera la Naturaleza, habiéndonos concedido cuerpos tan pequeños, hasta el punto que llegásemos a vencer en glotonería a los animales más grandes y más voraces? En manera alguna; pues ¿a qué queda reducido el hombre que se da a la Naturaleza? Se contenta con poco; lo que resulta dispendioso no es el hambre de nuestro vientre, sino la vanidad.»
RVQ: – Pero hemos pedido a falsos dioses, o hemos suplicado en forma falsa. Dioses que no ven, dioses que no oyen; dioses imaginarios. Atentamos contra el buen sentido y la inteligencia; imploramos a la fantasía, no a la realidad.
JCE: – Y ha llegado el virus, soldado de la naturaleza desprovisto de armas, ejército incontable, vanguardia de la muerte. Ave César, los que vamos a morir te saludamos. El virus invisible ha traspasado la piel y reclama para sí el mando de la realidad. Nos abre los ojos a la brava y nos hace mirar lo que no queríamos percibir. Lo exterior –la cruda realidad– es la pantalla sobre la cual proyectamos el enmarañado tejido de nuestros sucios sueños.
RVQ: -Nos duele el virus pero ya estaba; solo que ahora es tiempo de cosecha y la semilla no ha sido buena. Hemos ahumado el mundo, hemos contagiado el mundo con la gran civilización, y nunca antes esta Babel nos había mostrado la inutilidad de nuestras lenguas para el entendimiento mutuo, nunca una inmensa estepa de espejos rotos y punzantes nos había devuelto nuestra imagen herida en lo físico, en lo moral, y en algo tan necesario y urgente para cada uno de nosotros: el resto de precaria vida que nos queda sobre la tierra.
JCE: – Bronowski y muchos pares de él, creen en «El ascenso del hombre» y toman el cacareo humanoide como señal indiscutible de superioridad. Covid-19 es tan solo el primer retén que nos ha obligado a detener la frenética carrera por ahitar al cuerpo de mieles y vestirlo con lentejuelas que disfrazan la pus. Consumimos e ingerimos hasta hartarnos en desmedro de la naturaleza y manoseamos inventos cursis que ya preexistían en nuestro interior como deseo.
D: – Mientras Jesucristo decía en Palestina que su reino no era de este mundo, Séneca fustigaba el mundo de su entorno. Su texto es la demostración de que el hombre no está hecho para su salvación sino para su propia destrucción.
RVQ: – Quizá nos digan retrógrados; pero el avance de una civilización exige juicio, revisión, descreer de algo que nos tira al abismo como a borregos mansos.
JCE: – Ese individualismo que ha hecho del homo sapiens una isla, juzga de «atrasadas» a las primitivas sociedades que eran solo amor gregario y unidad monolítica, y adoraban a un dios sencillo que no tenía hijos preferidos.
RVQ: Hemos construido un mundo para llenar con cosas, con sólo valores económicos y políticos. Hemos invisibilizado la esencia del ser humano, su núcleo sagrado, Eso por lo cual la dignidad, justicia, inteligencia y equidad serían las reglas de una civilización.
D: – Hasta ahora Natura ha resistido a ese empeño humano.
JCE: – La contumacia humana es tan recia que ni con el virus vuelve su mirada al interior. No obstante, la naturaleza y el universo –que no son ciegos ni mecánicos– seguirán trillando a foete las espaldas de hombres y mujeres, hasta cuando entendamos a conciencia que somos «uno» entre todos y que amar al otro es la manera correcta de amarse a sí mismo.
RVQ: – Excelente. Al parecer, ha llegado el tiempo de replantear una nueva manera de vivir. Una manera holística de sabiduría que procure la convivencia universal, una nueva cultura para reordenar el mundo. Larga, difícil e incierta tarea nos espera.
(*) Donaldo Mendoza y Julio César Espinosa, escritores.
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