UN ACCIDENTE Y LA IRACUNDIA

POR LIC. JAVIER ENRIQUE DORADO MEDINA / Correos electrónicos: [email protected]/ [email protected] / Twetter: @javiergolden_ / En la mañana del viernes 11 de marzo del presente año, cuando muy temprano acudía a mi trabajo normal como docente licenciado a mi sede educativa “Rafael Tello”, me detuve en el cruce de la carrera 9 con calle 7, en uno de los tantos nudos gordianos que allí se forman, por lo intrincado y difícil del tráfico vial y donde por obligación deberían estar allí mínimo dos policías de tránsito para controlarlo, pero nunca aparecen, esperando tal vez la próxima tragedia para colocarlos.
Precisamente esa mañana casi se produce, pues dos motos y sus conductores chocaron, una que subía por la 7ª., con una estudiante de un colegio privado y que se “olvidó” de la señal de pare que allí está muy clarita, siguiendo derecho sin importarle nada y otra que bajaba por la 9ª., la cual la impactó e hizo caer tanto a la moto, al conductor y la niña de unos 12 años, quien afortunadamente tuvo solo unas raspaduras en una pierna, levantándose sola y subiendo otra vez a la moto.
Cuando la niña estaba caída en la calle, los dos conductores en vez de ayudarla, comenzaron a levantarse la voz entre ellos, a vociferar y decirse cosas, con rabia y con ira, instante que aprovechamos los que estábamos allí para que se calmaran y le dijéramos al conductor infractor que llevara la niña al hospital para que la examinaran. Así se calmó un poco, reaccionó viendo el buen estado de la niña y la llevó al hospital, en medio del intenso tráfico y el nudo que allí se formó. Dios y sus ángeles de la GUARDA, actuaron allí esa mañana y evitaron una tragedia más por la locura vial de algunos quilichagueños.
En el caso descrito anteriormente, sobresalen dos elementos típicos colombianos, dos males que forman parte de nuestra idiosincrasia, que entran a formar parte de esa mala imagen que llevamos como estigma por culpa de algunos compatriotas sin ningún ápice de cultura ciudadana: la irresponsabilidad como conductores y la ira o cólera con palabras manifestada a la hora de hacer cualquier reclamo, lanzada a los cuatro vientos, sin pensar en las consecuencias de las palabras pronunciadas al garete, como dardos lingüísticos que de verdad hacen mucho daño, incluso, más que las heridas físicas.
Ahora que escribo y comento esto, me acuerdo mucho de algo que leí al respecto, cuando nos recordaba que la naturaleza es tan sabia, que siempre olvidamos que la lengua, ese órgano muscular muy movible que se encuentra en nuestra boca y que sirve para la masticación y deglución de los alimentos y para la articulación de los sonidos, está situada detrás de los dientes, como si estuviera en una cárcel, porque con ella así como podemos expresar buenas palabras y sentimientos, también hace mucho daño, cuando se desborda con la ira a calumniar a los demás, a ofender con palabras, a atacar a los demás, a veces sin justa causa.
Palabras más, palabras menos, en los últimos días en Colombia es lo que está ocurriendo, por ejemplo a raíz del “sonado caso” de Santiago Uribe, hermano del ex presidente Uribe, cuando los integrantes del Centro Democrático, con IRA e intenso dolor uribista, comenzaron a hacer gala de su extenso repertorio vociferante y lingüístico a ofender a todo el mundo, en un espectáculo de iracundia muy exagerado, que se convirtió en el colmo de los colmos (Estocolmo). Para muestra dos botones uribistas: la senadora Paloma Valencia expresó, sin pensar en el alcance de sus palabras: “Por menos comenzó la violencia partidista” y el exvicepresidente Francisco Santos manifestó con estridencia que el gobierno se comportaba como la mafia, dándole a la oposición “plata o plomo”. Y así por el estilo.
Para concluir esta columna, nada mejor que citar a Juan Gossaín a propósito de lo comentado: “La iracundia anda desencajada por la calle, COMO UN PERRO RABIOSO, BUSCANDO A QUIÉN MORDER”.




