A los hombres de buena voluntad


Foto: IA

Es diciembre, y aunque hoy ocupa el lugar del mes doce, se le denomina diciembre porque antiguamente el año tenía solo diez meses; de allí que diciembre signifique literalmente «mes diez».
Como sea la historia que lo acompaña, cuando llega este mes la mayoría de personas en el mundo, por una extraña magia que produce su arribo, cambian de actitud. La alegría se instala en el rostro y en las almas; una oleada de amabilidad recorre el planeta y cada ser humano, muy seguramente, siente cosquillitas en el alma, pues el comportamiento es distinto al de los otros meses.
El mundo se contagia del «espíritu navideño», y el amor se magnifica. La bondad, a veces esquiva, toma un lugarcito en el corazón de las personas y entonces se nos alborota la ternura: nos llenamos de abrazos para compartir y de sonrisas para regalar. No sabemos porque extraña circunstancia nos parece que el mundo es mejor, y la esperanza de un mañana más amable para todos recorre nuestros pensamientos.

En diciembre los colores nos saltan a la vista en forma de bombillas, adornos, moños, pelotitas navideñas, recreaciones en los pesebres. La música suena diferente y toca cada fibra de nuestros recuerdos. Cada canción se acomoda en nuestro ser y sentimos de manera especial a quienes ya no están; recordamos otros diciembres, mejores o peores, pero que han formado parte de nuestra biografía como testimonio de nuestro existir.
Diciembre es compartir, regalar, hacer pactos con nuestros sentimientos, deponer nuestras pequeñas vanidades para reconciliarnos con aquellas personas que amamos pero que, un arrebato de soberbia decidimos apartar de nuestras vidas. Es el mes de los propósitos que pocas veces cumplimos, pero que nos llenan de fuerza para buscar, en el año que comienza, una disculpa que nos haga sentir mejores.
Diciembre es un mes especial. Nos ayuda a volver a la unión familiar que a veces se fractura por nuestras pequeñas arrogancias. Es el regreso a las distintas ciudades del planeta de muchas personas que, en busca de mejor estar para los suyos, cruzaron fronteras para crecer en experiencias y en sus ahorros que les permitiera ofrecer una mejor vida a los suyos.
Las novenas hermanan a los vecinos, y alegran a los niños. Los pesebres son un viaje al pasado y mantienen una tradición que cada vez parecería a punto de desaparecer, pero la terquedad de los que aman lo propio y los recuerdos persiste en crearlos para que el niño que nos habita no muera de modernidad.
Diciembre también es mes de cierre. Nuestra alma se mete por las rendijas de la esperanza en busca de que el año que comienza traiga cambios, de que sea mejor que este que se va apagando. Que algunos nubarrones de oscuridad que nos acechan, sean derrotados por la Estrella de Belén.
Estuve viendo encender las luces en mi pueblo, esas que anuncian que por estos días —quizá solo por estos— nos sintamos buenos, pero sobre todo que nos rescatemos como seres humanos que reconocen en los otros compañeros de viaje en este planeta que habitamos. Deseé que de nuevo renazca la ternura, que sobren los abrazos para que la vida tenga sentido, para que se renueve el mensaje a veces olvidado: «paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».
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