A JUANCHO PAZ OTERO

A JUANCHO PAZ OTERO / A Juancho Paz, como lo llamábamos afectuosamente los amigos. A él, porque fue vecino nuestro de cuadra en la niñez, y porque compartíamos un antiguo ancestro familiar por el lado paterno, esquina por donde siempre se filtra alguna leyenda. A él, porque fue compañero mío en sexto de bachillerato en el Liceo Nacional de Varones Alejandro Humboldt, y fielmente lo recuerdo en el pupitre que estaba tras de mí. Algunas veces alegaba con el padre Vargas sobre religión, y otras veces sobre la autenticidad de una feligresía anónima y sin sentido. A Juancho, porque compartimos tablas infantiles en algunas comedias que escribía mi mamá y que nosotros, niños, representábamos ingenuamente como actores sin licencia ni grado ni gracia, creo.
Pero toda comedia llega a su fin, y Juancho decidió despedirse de la existencia con el sólo consentimiento de él mismo, toda vez que consideró sensato hacerlo cuando creyó que a la vida ya le faltaba la totalidad de la belleza y suficiencia íntegra, razones que nosotros sólo podemos aceptar con respeto admirable. Estimado Juancho, ya no estarás con nosotros. Ni siquiera sabremos si habrás traspasado los linderos de la eternidad, pero eso no importa. Lo que vale es que fuiste hombre cabal frente a todas las maromas de la existencia, fundaste una familia muy querida que te sobrevive, toreaste los momentos con muy buen sentido del humor (en la reunión a que invitaste de despedida dijiste «¡Pero esto parece un velorio!»), y gozaste el último vino en tan original forma y momento… y ahora serás un buen foco de recuerdos para quienes te conocimos y quedamos haciendo cola acá, en esta tierra donde todos somos unos desterrados de sentido. Para vos, Juancho, nuestro inmenso adiós de despedida. Que sea tu descanso esperado, abrazos a todos los tuyos.
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(Imágenes: un óleo pintado por el maestro Adolfo Torres, y algunos aspectos de la despedida)
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