A don Pablo Tatay

A don Pablo Tatay


Quintin Lame
El hijo del trueno
Yo crucé —dijo—
un camino de abrojos y espinas.
Y no eran solo ramas las que herían,
eran los siglos
de desprecio y codicia,
de tinta ajena
firmando sobre sangre indígena.
Pasé dos ríos,
uno de lágrimas, otro de sangre.
Y en sus aguas crecían
las palabras que la selva me enseñó,
porque fui educado por la naturaleza,
como el ave solitaria
que canta sin escuela
y vuela con memoria.
Me llamo Manuel Quintín Lame Chantre,
nací en Popayán cuando el siglo aún bostezaba.
Vi a mi hermano morir en la guerra de otros,
vi a mi pueblo pagar con trabajo forzado
el derecho de sembrar su propio alimento
en la tierra que le fue robada.
Aprendí a leer en la milicia,
pero fue la ley
la que aprendió a mirarse en mis ojos.
Yo le hablé al Estado
con sus propias letras,
y le recordé que antes de los códigos
estaba la montaña,
y antes del decreto,
la raíz.
Tomé el libro «El abogado en su casa»,
y desde la casa sin paredes que es la selva,
desenredé las trampas
que encerraban al resguardo.
Porque si el papel los amarra,
el papel también puede soltarlos.
Anduve en balsa por los ríos,
hasta alcanzar el tren,
y de ahí hasta Bogotá,
no por un favor,
sino por justicia.
Y cuando me preguntaron si me atenderían,
dije con la voz de mis abuelos:
«Hace cuatro siglos que esperamos,
y aún confiamos.»
No me recibió el presidente.
Pero sí me oyó la montaña.
Y la montaña me creyó.
Muchos aún me llaman el jefe,
otros el maestro.
Yo soy apenas el eco
de una lengua que no ha muerto.
Soy pensamiento sembrado
en la tierra que no se vende.
Soy ley sin corbata,
soy memoria que camina con bastón de dignidad.
Hoy mis huesos descansan en Ortega,
pero mis ideas andan descalzas por el Cauca,
por el Tolima, por el Huila,
como niñas y niños
que aún juegan entre maizales
sabiendo que ese suelo les pertenece.
Si algo dejé,
fue la certeza de que el territorio no se alquila,
que el derecho nace con el cuerpo,
que el alma indígena no se arrienda,
que hay justicia
en el canto de los pájaros libres.
Y si un día me olvidan,
que recuerden esto:
Sin memoria, no hay historia.
Y sin historia, no hay raíz.
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Texto e IlustrArte Digital By
Keshava Lìévano
Marcela Quintero
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