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Jueves, 1 de octubre de 2026

A depurar la política

Política - voto - democracia
Carlos E. Cañar Sarria
Carlos E. Cañar Sarria [email protected]

La depuración de la política debe comenzar por el hecho de ser consistentes. Es decir, caracterizarse por aquella virtud de comportarse de acuerdo a lo que se predica. Ser leal a las convicciones y principios por encima de circunstancias y conveniencias personales. Esto ayuda a la credibilidad de las personas en general y a la legitimidad de los políticos. El amor y la amistad, la firmeza de carácter, el cumplimiento del deber, el respeto de lo público, las promesas sin engaños, el sentimiento patrio, etc., son valores que terminan siendo desconocidos por los inconsistentes.

Desde la filosofía del mundo griego en la Antigüedad se viene discutiendo sobre la estrecha relación o no entre la ética y la política. Discusión que ha tenido sus detractores y defensores. Al correr de los años hemos podido constatar que nada podrá estar tan cerca o tan lejos de la ética que la política. Políticos y dirigentes cambian de parecer frecuentemente, enajenando lo que debiera ser principios y convicciones. Se venden al mejor postor.

No se trata de negarse al cambio y a la dialéctica, a los cuales no se pueden escapar ni el hombre ni la sociedad. El problema es que los principios no se alienan, ni se compran ni se venden. Asunto que desconocen frecuentemente no pocos políticos y dirigentes en nuestro país. Personajes que debieran ser ejemplo en la sociedad, pareciera como si para ellos todo estuviera permitido. Por eso estamos como estamos.

En plena campaña electoral, no es raro ver desfilar frecuentemente personajes de un directorio político a otros, al vaivén de las circunstancias y conveniencias; pensando siempre en el beneficio propio, porque lo importante es estar al lado de quien resulte ganador, cueste lo que cueste. De esta patología no han estado exentos todos los partidos.

Con tanta mezcla o combinación partidista, se terminan construyendo los muñecos electorales: cabeza, tronco y extremidades hechos con diferentes partidos y resultan unos monstruos como Frankenstein. Producen miedo y obviamente se pierde la confianza en la política y en los políticos. La tesis maquiavélica de “el fin justifica los medios” se ha vuelto la regla conductora de muchos políticos, en quienes no asoma el más mínimo recato. Demuestran que en política no hay convicciones, sólo la defensa de intereses mezquinos, nada más. Lo más triste es que hay gente que les cree y les respalda y por ello ni la política ni los políticos se depuran. Los votos en blanco y el abstencionismo electoral que cada vez se sienten con mayor ímpetu en nuestro país, son las respuestas al desencanto y a la apatía que se siente por la política y por los políticos. Hay excepciones, desde luego.

Es necesario que en nuestro país se construya una nueva cultura política sobre los cimientos de la ética. Que valide la posibilidad de cambiar las costumbres individuales y colectivas de los colombianos. La ética no puede continuar en el cesto de los desperdicios porque de seguir así, termina perjudicada toda la sociedad. Deben surgir nuevos líderes políticos, capaces de convertirse en verdaderos paradigmas; que sobresalgan por la coherencia, el apego a lo público y que tengan mucha sensibilidad social. Se requiere también de un pueblo culto y organizado, capaz de reivindicar sus derechos y que se encamine por el bien colectivo.

Es necesario también, construir unos verdaderos partidos políticos, es decir, reales intermediarios entre la sociedad civil y el Estado, capaces de canalizar las demandas y necesidades de las comunidades, construir proyectos de desarrollo socioeconómico para ser llevados a las instancias de poder, que se traduzcan en políticas públicas. No unos partidos electoreros como los que existen. De estos ya la gente está fatigada. Los actuales grupúsculos que se autodenominan partidos, por sí solos no pueden cohesionar nada y por esto no pueden fungir con oxígeno propio como opción de poder. Los híbridos electorales abundan por todos lados. Partidos sin disciplina, sin fundamentación filosófica y sin líderes que les hagan quedar bien, inexorablemente están condenados a desaparecer. No es que se añore el sectarismo, porque todo sectarismo es antidemocrático. Entendemos que la democracia es un régimen de consenso pero también de disenso.

La ética incluye coherencia. En la actividad política abundan los inconsistentes. Hay que escuchar a algunos personajes en la presente campaña electoral, que cuando estuvieron en unas posiciones de mando, pudieron haber hecho mucho por las comunidades que decían representar, pero pasaron por el poder más con pena que con gloria. Hay que verlos, leerlos y escucharlos despotricar del estado de cosas en que está nuestra región y nuestro municipio, pero cuando tuvieron la oportunidad de gobernar nada bueno hicieron.

                Hay que depurar la política, es un imperativo categórico. De lo contrario, no habrá manera de sanar o corregir las malezas y las patologías de nuestro régimen y sistema político.

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