UNA NOCHE EN POPAYAN
La luna adornaba la noche con su resplandeciente presencia, y el momento era cálido y romántico.
Dos actos distanciados talvez por unos 50 metros ocupaban la mente y las sensaciones de las personas. En la casa-museo de la ciudad, que es algo así como una fortaleza prohibida, se realizaba el congreso gastronómico, o fiesta de la comida y la bebida finas.

Allí estaban los elegantes catadores, los funcionarios, las damas de alta clase, reunidos con los maestros de cocina venidos de muchos lugares. Decentes expresiones se escuchaban, para comentar sobre la exquisitez de lo servido en el imponente evento. Grupos musicales bien afinados daban el toque de fondo para mejorar el sabor de los manjares.
Los carnavales gastronómicos en Colombia, dan a entender que no hay hambre ni miseria, y que el pan nuestro de cada día todos lo tienen.
A poca distancia los negros y negras mantenían en furor rítmico a los asistentes a un certamen al aire libre. Los cantos, el sonido de la marimba, los cununos y el son del Pacífico habían formado una gran fiesta.
También había comida, no al nivel del congreso, con etiqueta y protocolo, sino con la sencillez del buen sabor, del disfrute y la tipicidad del preparativo. En la casa-museo había cócteles, vinos y licores de todas las marcas. Acá se ofrecía «el arrechón» una bebida afrodisíaca de la costa. También pescado, chontaduro y mazorcas estaban al alcance de todos.
En la variedad está el sabor, y no sólo en esto de la gastronomía, sino en las costumbres, los credos y la raza.
Mucha felicidad sintieron los cantadores y bailadores del currulao, como la experimentaron los invitados, al levantar la copa en la antigua e histórica casona. Cada cual en su sitio, pero es mejor cercanos y no revueltos.
Los gastrónomos colocan el toque de perfección, distinción y refinamiento, mientras los folcloristas rescatan ese deseo escondido que todos llevan por dentro como es el de moverse al oír un tambor.
La casa-museo es un monumento, al cual no se puede ingresar libremente, pero también lo es el puente del Humilladero, donde el que quiera puede ir a hacer micción.
A tiempo, los seres humanos están clasificados en estratos, por lo menos para saber en cual corral hay que meterse, pero si el «arrechón» clasifica un día para el mundial de alimentos, bienvenido sea.



