Conflicto y democracia


Después del prolongado conflicto interno en nuestro país, se espera que el Estado edifique las bases que permitan abrir los caminos de la reconciliación y democratización nacional. Sentar los cimientos de la anunciada democracia participativa consagrada en la Constitución Política.
No se puede desconocer que tanto la democracia participativa como la representativa están en crisis; circunscritas más a los procesos electorales que a la búsqueda de un mejoramiento de las condiciones de vida de la población. El voto es importante en toda democracia, sin embargo el régimen político democrático no debe limitarse a él. La gente espera ser escuchada, ser incluida y sentirse parte del ejercicio y de los beneficios del poder.
Los colombianos nos hemos acostumbrado – con pocas excepciones – a constatar que los líderes políticos que dicen representar nuestra sociedad, brillan por la ausencia de compromiso y sensibilidad social. Situación que ha estigmatizado el ejercicio de la política. La gente debe ser tenida en cuenta como miembro activo de la sociedad; reconocida como sujeto político, lejos de ser objeto de instumentalización.
Rousseau, considerado “padre de la democracia moderna”, entre las categorías más importantes destaca la soberanía. Está muy ligada a los conceptos de gobierno y de voluntad general. Enemigo acérrimo de la democracia representativa por considerar que quienes nos dicen representar no cumplen el papel que les corresponde. La idea de voluntad general, no es otra cosa, que la voluntad popular traducida en ley. Para Rousseau, la soberanía es el ejercicio de la voluntad general y está orientada a la defensa del bien público. Esta voluntad es inajenable, inalterable y pura; no se puede vender ni comprar, es siempre recta y no permite resquebrajamiento alguno. Aquí el pueblo como soberano es un ente colectivo y el gobernante no es más que un simple comisionado que debe su existencia al pueblo o constituyente primario. Podemos afirmar, que de acuerdo a la citada concepción, el pueblo como ente colectivo, es un ser real y no una abstracción.
La verdadera democracia está erigida en los terrenos de la igualdad y de la libertad; donde existe igualdad hay libertad y viceversa. Sin la materialización de estos valores la sociedad no se puede democratizar.
Conflicto y sociedad siempre marcharán juntos y esto indica que las sociedades jamás estarán exentas de contradicciones. Los diálogos y las concertaciones para dirimirlos hacen parte de la verdadera política; las vías de hecho, la recurrencia a la fuerza y a la violencia deslegitiman no sólo a los regímenes y sistemas políticos sino también a la misma sociedad.
Los conflictos sociales son oportunidades que tienen los gobiernos y políticos para asumir y medir sus propios liderazgos. Pero también son valiosas ocasiones para que se sienta la esquiva sociedad civil. Las intermediación oportuna de todos estos actores sociales en las soluciones de las problemáticas podrían evitar el descontento social que hoy reina por todo lado.
En momentos en que se respiran vientos de paz, el país debe prepararse no sólo para la consecución de la paz política sino también para la paz económica; la apertura política y la atención de las desigualdades socioeconómicas son dos elementos esenciales que contempla el acuerdo de paz. Factores comprometidos con la violencia política que caracterizó nuestro país durante cinco décadas. Esto implica que se darán cambios sustanciales que la misma dinámica social no podrá desconocer. Diseño, implementación y evaluación de políticas públicas necesariamente tendrán que darse. Las condiciones de pobreza y de miseria en que sobrevive un vasto sector de la sociedad colombiana tendrán que desaparecer paulatinamente.
Es por ello, que no podemos sentirnos derrotados por el pesimismo en circunstancias en las que se requiere la unión de todos los colombianos alrededor de ese propósito colectivo de la paz.
En adelante serán arduas las tareas que tendrán los gobernantes y líderes políticos en hacer visibles las democracias participativa y representativa. La sociedad colombiana tampoco puede sentirse ajena a contribuir en liderar los cambios que impliquen la construcción y consolidación de un nuevo país. Se trata de un compromiso histórico con el país.
Porque pensar hacer la paz con las mismas prácticas políticas con las que consuetudinariamente hemos estado acostumbrados, no sólo es un despropósito sino también una torpeza que el devenir de la historia se encargaría de pasar una cuenta de cobro demasiado costosa.
El plebiscito próximo a realizarse el 2 de octubre, mantiene a los colombianos en campaña pedagógica por toda la geografía nacional. Partidarios del Sí y del No se sienten por toda parte, sobre todo en las redes sociales. Necesitamos una cultura política en donde las campañas se susciten en el orden de los argumentos y no en la descalificación oprobiosa de los contrarios. Esa cultura política finalmente hará que triunfe la racionalidad. Como quien dice, el tiempo dará la razón a quien la tenga.



