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Viernes, 2 de octubre de 2026

Colombia y la postmodernidad

Carlos E. Cañar Sarria
Carlos E. Cañar Sarria [email protected]

En la medida en que culmina exitosamente el proceso de paz y el país ansía la consecución de un nuevo amanecer, el de la convivencia civilizada, miramos con nostalgia lo que pudo haber sido y no fue en nuestro país debido al  prolongado periodo de violencia que pareció que no tendría final.

Por fortuna, del pesimismo generalizado, los colombianos hemos pasado al optimismo moderado ante las expectativas de lo que será el postconflicto. A no pocas generaciones nos correspondió experimentar el desencanto de la modernidad, que es lo que la ciencia política entiende por postmodernidad.

Como elementos característicos de una sociedad moderna, teóricamente tenemos el uso de la razón contra toda forma de oscurantismo. La exaltación de las ideas liberales, la democracia por encima de gobiernos teocráticos, autoritarios y dictatoriales. La fe en el ser humano como constructor de su propio destino, la capacidad transformadora del hombre orientada hacia el bien colectivo. La renuncia de la fuerza y de la violencia para dirimir los conflictos. La vigencia de los derechos humanos. La secularización de la historia, etc.

En Colombia nos encontramos en la postmodernidad, es decir, en la modernidad postergada. El uso de la “razón” ha permitido cometer los delitos más atroces. El desarrollo desigual de la población, la insensibilidad social de los poderosos, la guerra como opción política: primero se aprendió a matar y después a dialogar. La falta de apertura política y el monopolio del poder por parte de los mismos de siempre, lo cual ha sido obstáculo para darles cabida a actores sociales y partidos diferentes a los tradicionales. La crisis del bipartidismo y la imposibilidad de conformar y consolidar unas terceras fuerzas políticas. La falta de organización, de coherencia, de cohesión y de una plataforma política atractiva por parte de la denominada izquierda democrática. Las tiranías y los autoritarismos que no sólo hacen estragos en el cuerpo sino también en el alma de las personas.

Patologías de la “democracia” tales como la ausencia de un proyecto de Nación, la falta de participación ciudadana, la pérdida de legitimidad de las instituciones, las prácticas clientelistas, corruptas y politiqueras que degradan tanto el régimen como el sistema político. El secuestro y la carencia de garantías para preservar la libertad de los asociados. El terrorismo que hace involucionar a épocas salvajes y primitivas;  el sistema presidencial que subsume todos los poderes en el Ejecutivo. El reeleccionismo que invalida la alternancia del poder. Un Congreso inferior a las expectativas e intereses  nacionales. La falta de cultura ciudadana, el desprecio por los valores éticos. La indiferencia por lo público y la inclinación al dinero fácil. La falta de legitimidad de los gobernantes, son entre muchos, elementos que identifican una sociedad desencantada.

Una sociedad moderna tiene que erigirse sobre la base de los pilares básicos de la democracia, es decir, sobre la igualdad y la libertad de los asociados. Para ello se requiere, en primera instancia de hacer realidad los derechos humanos, es decir, de aquellos bienes primarios que según Ángelo Papacchini: “…son aquellas garantías que requiere un individuo para poder desarrollarse en la vida social como persona, esto es, como ser dotado de racionalidad y de sentido. En consecuencia se habla de que ningún hombre puede existir sin libertad, ni propiedad, ni sin condiciones económicas mínimas para la vida”.

Lo que nos quedó debiendo la modernidad es lo que se espera que se logre con el postconflicto. La construcción y consolidación de un nuevo país sobe los cimientos de una verdadera democracia. Una democracia que no es responsabilidad absoluta del Estado sino que debe ser compromiso de todos los colombianos y para ello debemos comenzar por desarmar las  conciencias y superar los odios que nos han tenido en un círculo vicioso impidiendo la materialización de un país tolerante e incluyente.

Una sociedad para el postconflicto nos encaminaría en los terrenos de la modernidad, donde sobresalga una cultura política en la que todos podamos tratarnos como buenos vecinos y en donde las diferencias no sirvan de pretexto para continuar apabullándonos, sino, por el contrario, deben servir de oportunidades hacia el logro de un proyecto colectivo de país, que indique superar las heridas y ofensas pasadas; sólo en este sentido, mediante una sociedad civil fortalecida, podríamos superar los escollos de una historia tristemente trágica. No será nada fácil el perdón, sobre todo para quienes han sufrido en carne propia los rigores de la guerra, pero si existe la voluntad política de reconciliación, el pasado debe quedar atrás ante la gran posibilidad de construir un porvenir donde el odio y la venganza dejen de tener cabida. En adelante, lo más conveniente es dejar de recordar el mal pasado en vista del bien venidero. Una sociedad desencantada como la nuestra debe darse la oportunidad de construir la paz.

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