LA MUJER QUE TIENDE SU ROPA JUNTO AL RÍO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.
Loco-mbiano.

Tengo viva la imagen en mi retina. La vi al pasar vía a la Portada del Mar. El Río Aguacatal desemboca sobre el costado del Río Cali y se forma allí un pequeño delta. Espacio propicio y suficiente para que aterricen sin peligro garzas, cuervos, torcazas y pellares. Es un remanso de arena rodeado de maleza y helechos en donde se aposentan con frecuencia desechos y encallan los barcos de un soñador.
Esta mañana en la mitad del paseo con mi novia alcancé a ver de reojo allá, abajo, desde encima del puente, a una mujer esbelta que peinaba sus cabellos negros y tendía unas prendas que acababa de juagar. Me devolví para grabar con más definición la escena con la curiosidad y la lente de mis ojos.
Tal vez era la misma que hace meses vimos bañarse en sus aguas después de unas lluvias y el pozo de al lado estaba algo profundo. Esa vez le vi apenas la cara. De tez oscurecida, de largas pestañas, labios bien formados y mirada como el pozo. Ahora estaba vestida. De cuerpo estilizado, estiraba sus brazos ayudada con los pies sobre la punta de los dedos, para que unas blusas quedaran lisas y el sol las planchara con sus rayos. Ella se sintió espiada pero no volteó a mirar.
Esa, mujer, sin duda, ama la paz del Río y su rincón. Apenas la hemos visto allí en dos ocasiones, pero eso no quiere decir que otras veces haya venido a disfrutar de su encanto y a brindarle los suyos. Porque tiene un halo de belleza que derrama sobre las aguas y el ambiente.
Vestía de falda lisa amarilla con rodajas verdes con flores y blusa vinotinto. Su cabello crespo, largo, caía húmedo por su espalda y aún no acababa de peinarlo. A su lado había sobre una cuerda que ella había tendido, unas blusas negras que hacían juego con su figura de finas formas. Allá, al fondo, estaba mirándola a su antojo el río y el paisaje y ella lo sabía.
Me quedé pensando, lo mismo que ahora, por qué la semidiva anda solitaria con su belleza, sus arreos, la cuerda de la ropa, el ajuar y sus vestidos y los trae consigo a lavarlos en el Río y secarlos con el calor del sol… Su amante es el Río, pensé. Solo él la mira con frescura, sin pedirle nada a cambio, le quita la mugre del cuerpo y de la ropa y le recibe sus olores y sus sudores. Nada la perturba ni pareciera que no necesitara más en la vida. Viene allí, tiene donde dormir y donde posar su cuerpo y el barranco le sirve de ropero.
Estoy seguro de que si viviera hoy Diógenes, la hubiera encontrado sin lámpara encendida y la hubiera tomado como compañera de insomnios y de charlas sobre filosofía. Y, claro, hubiera compartido con ella su tonel para descansar y mirar las estrellas y esperar la llegada del alba cada día. Saldrían de allí después a tomar un café en La Sebastiana y regresarían a tomar un baño sin jabones ni estropajos.



