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domingo 3 abril, 2016 a las 10:21 am

Por los caminos de Michel Foucault

foucault-sartre
Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA  [email protected]

Las Ciencias humanas y las Ciencias políticas
son utilizadas para controlar cuerpos,
para confinar, para dominar.
Mateo Malahora

Apreciado lector, apreciada lectora, como usted, soy cuerpo, también me identifican como sujeto, persona, individuo o, para fines políticos, jurídicos y electorales, como ciudadano.

De igual manera me encasillan como ser humano y, en últimas, soy eso, cuerpo humano, en un intento de establecer honrosa distinción con el eslabón perdido de los animales. Afirmación presuntuosa por cierto. Gracias Charles Darwin.

Cuando decimos, con una dosis de orgullo social, persona, hay que tener en cuenta que el término es de origen griego y significa máscara, vale decir que no podemos ver al otro como es, tal como vemos a un dirigente político o a un burócrata, incluso, tenemos que admitir que los otros, esa extraña otredad, no pueden vernos como somos.

Soy cuerpo, repito, cuerpo cotidiano, prensado por el rodillo de la cultura dominante, cuerpo alquilado laboralmente al dueño de la fábrica, del negocio, al servicio del Estado, cuerpo propiedad o cuerpo propietario, cuerpo doméstico, cuerpo arrendador, cuerpo arrendado, cuerpo ablandado por el poder, usado como empleado, obrero, utilizado, victimizado y enajenado, sin la posibilidad de salir de la cruel condición de escarabajo en que nos dejó Franz Kafka. ¿Recuerdas Gregorio?

Admitiendo que soy ciudadano me siento extraño en los espacios societales donde me ha tocado vivir, mejor dicho, sobrevivir, tanto que las relaciones de trabajo que soporto, el espacio público del ambiente estatal, la democracia que devino en sainete electoral y la ineficacia de las instituciones me han desnaturalizado.

Tanta es la opacidad ideológica que padezco que no sé distinguir entre la explotación espiritual, técnica o física a la que estoy sometido y el discurso de la felicidad social, que suelen llamar prosperidad.

¿Acaso soy un ángel caído, un objeto mutilado, lisiado moral, que cree ser un sujeto soberano, como solían decir los franceses de la Comuna de París? ¿O seré apenas un cuerpo donde reposa un idiota funcional?

¿Soy ciudadano? No, déjeme explicarle, soy consumidor. Soy el arquetipo del cliente, usuario, cuerpo neoliberal, como lo pregonan los apóstoles del mercado, para que no sentir la pena y el incómodo sentimiento de ser el sujeto voraz o pasivo que alimenta el beneficio de los propietarios.

Como miembro del partido consumista soy un beligerante gastador compulsivo que adquiere las cosas extorsionado por el mito de la última racionalidad triunfante: La mercancía: suprema ventura de la especie humana.

¿Entonces, acaso no me queda la opción de ser ciudadano titular de derechos y deberes?

Sospechoso postulado de la libertad, cuando apenas soy un instrumento que, como engranaje, hago parte de relaciones políticas que se mueven en el campo de la arbitrariedad. Sujeto sujetado.

Cuerpos forjados para vivir afirmando, desde la infancia, “SÍ”; cuerpos para la genuflexión, amantes de los reclinatorios medievales, millones de cuerpos aceptando todo, incluida la pobreza, como si ésta tuviera origen sobrenatural, sin valor para aceptarla como revelación humillante de la desigualdad social. (CEPAL, ONU, PND).

A esta opresión sobre los cuerpos se agrega el poder de los medios de comunicación, los medios de la inquisición mediática masiva, que me han convertido en cuerpo autómata, en androide, en una marioneta manejada por los chamanes de la cultura postmoderna, las redes y trampas sociales y el tablero del Facebook: conciencia universal de la idiotez, con perdón de los contactos lúcidos, como dice mi amiga Céfora.

En Colombia hay cuerpos que mueren de hambre y de frío, cuerpos para el billete hambriento de cien mil pesos que alimente el apetito voraz de los sicarios y los raponeros, cuerpos que no saben que es la recreación, el estudio, la salud y el placer de sentir la vida a plenitud: millones.

Cuerpos de clase media adocenados a la servidumbre voluntaria, como si el único fin terrenal fuese el de mantener la holganza y la placidez de los cuerpos de los emperadores de la economía y los cuerpos tullidos de los gobernantes.

Cuerpos que se compran y cuerpos que se venden en los carnavales electorales, cuerpos sometidos a la hegemonía de los poderes despóticos, cuerpos que no tienen tiempo para amar, ni para aprender a amar, cuerpos de parejas sadomasoquistas que se deleitan ejerciendo actos de dominio, crueldad y dolor. Cuerpos para la dictadura del tedio, que asisten todos los días a las exequias de la risa y el humor, que nada tienen que inventar o recrear.

Cuerpos para que las corporaciones farmacéuticas mantengan, perpetúen o muten enfermedades para la acumulación de la ganancia.

Cuerpos que los cuerpos de los poderosos van sobre todo lo que tenga valor y brille, basta recordar a Francisco de Quevedo, Siglo XVII: “Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado anda continuo de amarillo, que pues doblón o sencillo hace todo cuanto quiero. Poderosos caballero es don Dinero”.

Tan poderoso que en Mercaderes, Cauca, Colombia, los traficantes del agua, aguatraficantes, se robaron el Río Sambingo y se bañaron en oro. Siglo XXI.

Hasta pronto. Buenos y mejores tiempos.

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