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Domingo, 11 de octubre de 2026
domingo 27 diciembre, 2015 a las 4:46 pm

EL CABIZBAJO BUEY Y EL PACIENTE ASNO

pesebre
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano
pesebre
http://sociedadvenezolana.ning.com/group/poemas-navidenos-2011/forum/topics/el-ni-o-dios-lleg

Platero es pequeño, peludo, suave,
tan blando por fuera, que se diría todo de algodón,
que no lleva huesos.
Sólo los espejos de azabache de sus ojos
son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto y se va al prado,
y acaricia tibiamente con su hocico,
rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas…
Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”,
y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe,
en no sé qué cascabeleo ideal…

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo.

———

…si anhelas ser sabio
ojalá viéndome aprendas
a rumiar, y rumiar mucho,
cada bocado de ciencia.

El digerir, no el comer,
es lo que al cuerpo aprovecha,
y el alma, cuerpo invisible,
tiene que seguir tal regla.

Sin rumiarlo bien, no engullas
ni una línea, ni una letra.
El que aprende como un loro,
loro ignorante se queda.

Rafael Pombo. Fábula El niño y el buey.

El dulce Francisco, amigo de los lirios y las aves de las campiñas italianas, dio la idea para que por siglos la tradición cristiana vistiera sus pesebres con el adorno del buey y el burro. Allí permanecen extáticos y mudos observando la escena entre pajas y silencio. Alrededor pastan corderos mientras sus pastores tocan la avena para alegrar valles y laderas.

Sin duda, correrán lentas y suaves las aguas de un riachuelo. Nada allí es exuberante ni extraño al paisaje recogido y sagrado. Encima estarán las estrellas y la luna mirando hacia abajo la luz que sale del interior de la cabaña.

A lo lejos hay un pozo con boca de piedra y lazo del que pende un recipiente para subir del fondo el preciado líquido. Por su lado se alarga un camino que conduce a Belén, ciudad que está al otro lado de la montaña.

En la escena imaginaria que ideó Francisco el de Asís, Umbría y Gubbio en la montañosa Perugia, también aparecen en lontananza los tres reyes iluminados por una agorera estrella que portan en sus faltriqueras de lujo oro, incienso y mirra. Los conduce por caminos distintos en sus cadenciosos camellos a saludar a un niño prodigio que vieron a través de sueños.

Como en las diferentes muestras del arte medieval aparece el paisaje de la región con sus animales, caminos y parajes. Era imprescindible la presencia del burro y el buey. Luego se les han ido añadiendo cerdos, palomas, gallinas, fuentes, caídas de agua, caballos y diferentes aves canoras.

El buey es un animal casi sagrado. Su aspecto solemne con su caminar cansino, su mirada lánguida, su piel sedosa, su masticar interminable sobre sus cuartos traseros en tierra, hacen de él un ser respetable. Además, apenas si muge y para nadie es un peligro ni a nadie molesta. Todo lo contrario. En sus amplios lomos guarda el tesoro de su fuerza para arar campos y llevar del bulto. Cuando está ya adulto y hayan pasado varias generaciones servirá su carne en mercados y platos.

La otra figura que reluce junto a los tres protagonistas en la escena navideña, es el cariñoso burro de quien escribiría más tarde el gran Juan Ramón. Peludo, de hocico pronunciado, de dientes enormes y rebuzno colosal, con piel de algodón, de cola flexible y patada feroz. Es, ante todo, un animal tierno, amigo de niños, juguete de bobos en todos los pueblos y a costa de él hacen fiestas en América y Europa.

Nuestros pesebres desaparecerían si no tuvieran estos dos personajes, símbolos de dulzura, paz, trabajo y generosidad.

27-12-15                                       11:53 a.m.

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