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Domingo, 4 de octubre de 2026

NAVIDAD QUE LLEGA… Y QUE SE VA

Pesebre casero - Navidad
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
Pesebre casero - Navidad
Pesebre casero

Na-vida-d es una palabra que nació a la par con nuestra niñez. Nuestros ojos se acostumbraron al parpadear de las bombillitas, al musgo en los pesebres, a los pastorcitos con ovejas, a encontrar debajo de la almohada el regalo de los Reyes el 25 de diciembre o el 6 de enero, fecha hasta la que remonta la navidad.

Cuando asoma septiembre, ya se oye el mes final de siempre, el que celebra la Natividad. Esa palabra nos anuncia un mes, una fecha, unos recuerdos familiares y sociales que hacen parte de nuestro patrimonio cultural.

La Navidad hace referencia a nacimiento, a vida nueva, a otro año vivido, a campanillas de alegría, a triquitraques y luces de bengala, a vaca loca y fuegos fatuos, a matachines y difraces, a pesebre, dulces, tortas, cena y regalos. A más de las visitas entre familiares y novenas de aguinaldos con los juegos de preguntar y no contestar, pajita en boca, estatua y otras más y a ir corriendo a la casa a estar con mi mamá… a las 12 de un tic-tac radial.

Ya lo decía el poema Los maderos de San Juan: La nochebuena se viene/, la nochebuena se va/y nosotros nos iremos/ y no volveremos más. La Navidad tiene su toque de dulzura, el encanto de los encuentros y el ambiente de paz entre familiares y vecinos, entre villancicos y natilla con buñuelos y arequipe. Indefectible que llegue luego la melancolía de la despedida, el regreso a la cotidianidad y la realidad de la vida rasa y plana.

La navidad se ve llegar como un oasis dentro de tanta ramplonería, tanta hipocresía en las relaciones, tanta trampa y desilusión. Es un remanso y tiempo de relax, de dolce far niente y de oportunidad para vivir a plenitud de los abrazos largos y apretados y de los besos de verdad de familiares – que no se lanzan al aire -.

Ah, cuántas fechas de estas han pasado por nuestras manos, como agua que sale de una fuente y se nos escapa por entre los dedos. Así es la felicidad. Un momento basta para llenar, para sanar, para dulcificar, para volver a ser. A ser el niño que fuimos y que se esconde allá en nuestro yo interior. Nunca volvimos a jugar, a disfrutar de las cosas sencillas como el tren, el caballito de madera, el pito de barro o a darle vueltas a una ruleta de colores.

Nos volvimos serios, nos dejamos llevar de marcas, de modas, de ceremonias de culturas ajenas, de excesos y locuras.

Sí. Estamos vivos y podemos disfrutar otra Navidad. Qué grato compartir, dejar salir el niño que habita en cada uno, poder dar de lo que uno tiene y hacer feliz con una sorpresa al que nada espera. Ser feliz en navidad será eso, y nada más.

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