Hay una gran diferencia entre juzgar y prejuzgar
Por: Luís Alberto Barrera M.
Desde comenzó su campaña a la Gobernación del Cauca y cuando asumió su cargo siempre he sostenido que el Gobernador de los caucanos, Guillermo Alberto González Mosquera, por sus calidades humanas y trayectoria política, es quizá el más excelso dirigente y líder de la región en quien se podía y debíamos confiar los destinos del departamento.
Uno de los autoadhesivos con la publicidad de la aspiración electoral del ex ministro de Estado, se quedó pegado en la cartera de la oficina de los servicios de mensajería especializada en la que laboro desde hace 14 años.
Cierto día un ex docente se quedó fijamente mirando la calcomanía y me dijo en tono airado y despectivo: “esta belleza invirtió la plata de la salud del Cauca en una pirámide y se la robaron…”.
Al preguntarle al inquieto profesor con qué argumentos se atrevía afirmar tan calumniosa afirmación, me increpó diciendo: “todo el mundo dice lo mismo en Popayán y de pronto se va de paticas a la calle…”
Al mismo otrora educador de Puerto Tejada le entregué en sus manos la edición No. 281 de Octubre de PROCLAMA en cuya primera página titula: “Absuelto el Gobernador del Cauca por caso de Probolsa”, y a paso seguido me dijo: “uyyy, viejo Lucho, como que estaba equivocado y yo lo había prejuzgado…”
Sí Señor, le comenté. “Juzgar sin tener suficiente conocimiento de los hechos es muy ligero y peligroso. Hay una gran diferencia entre juzgar y prejuzgar, porque juzga el que sabe y prejuzga el que no sabe”.
El que sabe puede juzgar, opinar, decidir o criticar porque está haciendo uso de un derecho inalienable a todos los seres humanos o porque su investidura y competencia de sus deberes legales le obliga, e incluso tiene el deber moral de hacerlo para enseñar a los que no saben, porque el conocimiento que no se transmite se pudre en el espíritu. De este derecho carece el ignorante.
Para fortuna de los caucanos, la honra y por el buen nombre de su mandatario seccional, este episodio de responsabilidad disciplinaria ha quedado resuelto y nos sirve como ejemplo para quienes suelen señalar a la ligera, con su inquisidora opinión, a quienes se desempeñan como funcionarios públicos.
Por ello, en estos escándalos mediáticos y de apasionamientos políticos lo mejor es guardar prudencia y respeto por las decisiones de las autoridades encargadas de vigilar la conducta de los gobernantes.
Cuanto más sabemos, más se acercará nuestro juicio a una decisión justa y mayor será nuestra obligación de juzgar, porque el que sabe, tiene pruebas y conocimiento está obligado a hablar. Cuanto menos sabemos, más se acercará nuestro juicio a una decisión injusta, es decir, a un prejuicio, y mayor será nuestra obligación de no juzgar, porque el que no sabe o vive de los rumores está obligado a callar.
El derecho de juzgar tiene siempre como deber correlativo el respeto por el otro, de modo que en cada circunstancia se deberá evaluar si, aun sabiendo, el silencio es la mejor conducta. El derecho de juzgar termina donde comienza el derecho del otro a no ser juzgado.
La sabiduría, el respeto, la prudencia y el sentido común deben primar siempre. Juzgar implica asumir responsabilidad, tener conocimiento de causa, estar bien informado porque con la misma vara que juzguemos seremos juzgados. En la duda, la mejor decisión es la abstención de emitir conceptos infundados si no se tiene conocimiento de lo que otros murmuran y se inventan por ser la comidilla política del momento.
Nunca se debe prejuzgar y cuando se juzgue hay que hacerlo con suma prudencia no sea que nos toque tragarnos nuestras propias opiniones y calificativos hacia los demás.
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