¿Referendo para qué; constituyente para qué?


El presidente, por mandato constitucional, es el encargado de desarrollar la política de paz del país. En él está delegado ese propósito. Pero además puede acudir al congreso para que el legislativo apruebe leyes que permitan un acuerdo con las organizaciones en pugna con el estado. Si esta verdad es de apuño ¿por qué nos van poner a votar un referendo? Para lo único que sirve es para gastar una cantidad de dinero con que no cuenta el erario público, en medio de tantas necesidades en todos los aspectos de la vida nacional.
Y una constituyente ¿qué fin tendría? Por desgracia coincide en pedir convocatoria de una constituyente los extremos: la derecha y la izquierda; no claro el propósito de la izquierda; pero la derecha tiene una sola pretensión: lograr, en beneficio particular y en nombre conocido, que se prolongue la reelección presidencial por secula seculorum, con ello la criminalidad de estado con justificación patriotera y la prolongación de los vicios que derivan de sostener un gobierno antidemocrático y abusivo.
Por lo demás, ¿para que sirve una nueva constituyente? La de 1991 despertó sinnúmero de expectativas que no fueron satisfechas. Era la oportunidad para construir un estado fundamentado en la justicia, la equidad y la paz. La letra de la constitución del 91, con más de 380 artículos, refiere lo divino y lo humano, pero no alcanzó para ponernos de acuerdo, menos para conseguir la paz, la equidad, la justicia; y lo peor es que cada sector quiere legislar según sus intereses, los narcos para que no los extraditen, los políticos para que los reelijan, los religiosos para que el estado sea confesional, los congresistas para usufructuar el presupuesto, la rama judicial para vivir el círculo vicioso de yo te nombro, tú me nombras… De allí las consecutivas enmiendas de que ha sido víctima en cada uno de sus apartes, para convertirla en una credo sin posibilidad de aplicación.
Para qué, entonces, una constituyente, sino para favorecer sectores que nunca estarán de acuerdo con una carta perdurable, que trascienda las generaciones, que convoque con unanimidad, pero además que dé oportunidad real de participación y convivencia a los ciudadanos que aspiramos vivir en paz, construyendo un país mejor para las nuevas generaciones. Mientras no estemos, como decía un popular estadista, “de acuerdo en lo fundamental”, constituyentes y referendos serán una pérdida de tiempo, una gastadera de plata y energías, el propósito de imponer caprichos, apoyados en el poder vendedor de conciencia de periódicos, encuestas y noticieros. Mientras no depongamos intereses de credo, de sectores, de etnicidad, de inclinación sexual, de filiación, no podremos construir una carta fundamental que nos convoque en una nacionalidad sin diferencia, con el solo interés de hacer un país para todos posible.
Y deberíamos mirar con vergüenza otras constituciones: la de Estados Unidos, por ejemplo, un país más complejo que el nuestro, tiene 7 artículos y 27 enmiendas. Claro, no son tan leguleyos y tan caprichosos a la hora de aplicar la ley y proteger los derechos de cada ciudadano.



