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sábado 28 mayo, 2011 a las 7:12 am

“La Onorata Societá”

Copiado de LA PATRIA.COM
Opinión
2011-05-26 00
César Montoya Ocampo
Por los años próximos al final del siglo pasado, Italia sufrió el desbordamiento de la criminalidad. Los políticos eran unos pícaros aliados con la mafia, maridaje que había hecho de los medios un anticipo pecaminoso para conseguir, en un todo vale, indignos resultados. Paradójicamente, Giulio Andreotti (cualquier similitud con algún personaje colombiano es acusadora coincidencia) fue el personaje central del partido Democracia Cristiana, señalado por la justicia como paradigma de corrupción. Aunque Andreotti finalmente fue absuelto, su nombre era símbolo de una abyecta degradación social. La isla de Sicilia fue el epicentro del colectivo bandidaje. Allí los Corleone chantajearon, extorsionaron, intimidaron, secuestraron, asesinaron, sembraron el terror. Algunas familias fueron centro de fantasías ominosas que poco después las convertían en programas de maldad.
Fue insoportable la inundación del crimen. Ese pandillismo concertado se conoce con los nombres de la «Cosa Nostra» o la «Onorata Societá». De las aguas turbias de esos torrentes flotaron, entre otros, los personajes sombríos de Lucky Luciano, Gaetano Badalamenti, Salvatore Lo Picolo, Bernardo Provenzano. La inteligencia se puso al servicio de pasiones innobles. La droga, las muertes selectivas de seres inocentes que obstaculizaban los planes de los mafiosos, el sacrificio de jueces y fiscales que los investigaban y juzgaban, los premeditados golpes terroristas, toda esa avalancha infernal se transformó en un paraestado poderoso y mortífero.
Contra esa mugre apestosa surgió la voz del fiscal general Antonio Di Pietro. Se protegió con escafandras invulnerables, golpeó con desafíos, para hacerle frente a las fuerzas del averno. Uno a uno cayeron los capos. En las cárceles fueron enracimados, en la más encomiable cirugía para liberar el cuerpo social de Italia de esos tumores cancerosos.
Es similar, ahora, el caso de Colombia. En los últimos ocho años, la «Onorata Societá», bajo encumbrada dirección podrida, desbordó la criminalidad en las entretelas del Estado. Ministros, gobernadores, alcaldes, parlamentarios, militares, empingorotados funcionarios que despachaban en el Palacio Presidencial, conductores de los departamentos administrativos, voraces contratistas en soterradas componendas para robar los dineros públicos, todos juntos, organizaron una gavilla de la más cronometrada delincuencia. El concierto para delinquir tuvo agresivos e insolentes gestores en la cúpula, obedientes ejecutores en la base, y una tropa de cínicos que, aún hoy, tratan de justificar ese encrespado mar de corrupción.
Una providencial coyuntura juntó cuatro poderes representados colectiva y unitariamente en ejemplares seres humanos que, sin buscarlo, se encontraron misionando en una misma dirección. La Corte Suprema de Justicia ha sido vapuleada por murmuradores irresponsables, sus providencias ridiculizadas por zafios alzafuelles, combatidos y calumniados muchos de sus integrantes. Hubo denuncias penales, amenazas jupiterinas desde el palco presidencial, con el necio propósito de producir la estampida de los jueces. Cuán equivocado estuvo el Ejecutivo frente a este imperio inconmovible, inmune a las amenazas. Ha cumplido con su deber bombardeando con sentencias la organización del crimen.
Cuánta admiración y aplauso se merece la Fiscalía General de la Nación orientada por Viviane Morales que, desde un púlpito de fuego, viene fumigando los antros del delito. En Agro Ingreso Seguro castiga a los ricos inmorales, que se inventaron urgencias económicas, para engordar aún más sus patrimonios. Todos, desde la cúpula hasta abajo, absolutamente todos esos Cresos, deben terminar en los panópticos. Similar política se merecen los que se robaron los caudales oficiales de Bogotá, como contratantes o contratistas, los consentidos pupilos del Virrey que, obedeciendo sus órdenes, montaron una torcida gestapo desde el Palacio Presidencial, los ladrones que crearon entidades fantasmas para sustraerse dolosamente los dineros de la salud.
Que no escribir sobre el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez, que tiene corriendo por los zarzos a las ratas del país. Católico sin sonrojo, aplica la moral para valorar las conductas de los hombres. Sometido a la Constitución y la Ley, nadie es capaz con necias amenazas de desviarlo en el cumplimiento de su deber. Tiemblan ahora los vagabundos que le venían haciendo esguinces al Código Penal.
Finalmente, qué acertada escogencia la de Sandra Morelli para la Contraloría General. Inteligente, trajinada en sabidurías jurídicas, autónoma en sus decisiones, vigilante de los caudales de la nación, lleva a cabo una limpieza ejemplarizante. No contemporiza, no hace venias, no tiene compadrazgos. Jamás el patrimonio público había sido mas celosamente vigilado.
¿Cumplimiento de la ley? ¡Sí!
¿La ética como norma de conducta? ¡Sí!
Los que violaron tan elementales principios deben ir a la cárcel. Los ricos tragones que con mentiras quitaron dineros destinados a los pobres, deben estar en los presidios. Colombia necesita una política de «Manos Limpias» enclaustrando a quienes han hecho de la «Onorata Societá» un paradigma de gobierno.
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