EL CANTO DE LAS FLORES


¡Qué frialdad en las ojeras cuando reciclo las palabras de la duda!
Perdóname; soy un hombre absurdo, equipado para un mundo que no existe; discúlpame si te pongo a meditar bajo el candil alucinado. Debería volar solo, al Sidéreo no le importan los múltiplos del número.
Tienes pie pequeño, pero puedes viajar a través de todo el universo, más aún no llegas a la estación florida.
Por eso no te pido ayuda con el peso de los pétalos; son ya muchos en la alforja, reclaman el regreso al árbol de la ciencia.
Sin embargo, guárdate para después, luego respiraré en medio de tus pechos; quizá oigas la campana y el canto de las flores; está ya maduro desde la última noche en el libro de las horas.
En tanto, el tiempo declina; no me leas, te lo advierto; no pierdas el tiempo barriendo el tiempo del trineo. La nieve está salpicada de rojo, nadie sabrá qué pasó con la razón. Estulto soy sembrado en la roca; el jugo se seca en las raíces, el laúd tiembla cayendo de la luna.
Sólo mírame de lejos. No lavaré mi rostro si no caigo en las estrellas.
RVQ.



