CLUB DE SUICIDAS DE APULO


Cuenta Fidel Castiblanco, que su padre se fue a trabajar por los años 20 a Apulo –Cundinamarca, primero en el ferrocarril, y luego se enganchó con el dueño de una hacienda quien le dio un pedazo de cafetal para que lo trabajara.
Esta próspera población se construyó en 1915 con el nombre de Rafael Reyes, el presidente de la República, que la fundó. A Apulo mi familia llegó en el 36, y en ella había un hotel de turismo, considerado el mejor de del interior del país, que era visitado por embajadores, ministros y gente de la alta sociedad bogotana.
No había carreteras y a ella llegaba sólo el tren. Del año 36 al 50 el tren, fue el único medio de transporte por no haber carreteras. Su importancia provenía de la fábrica de Cementos Diamante y de la Colombate, que hacía bolsas para empacar.
La Colombate quedaba al lado de la estación del tren y la fábrica de cemento estaba situada a tres kilómetros de Apulo yendo hacia arriba por el cauce del río Bogotá. Una cerca separaba al hotel del pueblo y sólo se permitía la entrada a la gente importante. El hotel se incendió en 1950 y no lo volvieron a reconstruir.
Los vagones del tren eran de primera, segunda y tercera clase, donde viajaba la “chusma”, calificada así el pueblo por Laureano Gómez, presidente de la República. De Apulo salía el cemento para Bogotá, Ibagué y Neiva y la región también producía maíz y miel de caña de azúcar, conformándose para la época un importante proletariado de 3.000 trabajadores. Narra Fidel Castiblanco, que su padre vendía guarapo y miel, y en su casa se mataban diariamente marranos y gallinas. Y como la tienda estaba por el camino de la fábrica, hacía muy conocido a mi papá entre los obreros.
Mi papá nació en Tibaná- Boyacá, se vino a pie con sus padres y familiares para Apulo. Él estuvo en Armenia con sus otros hermanos, contaba un primo, que en esta ciudad se afiliaron al “Club de suicidas”, prometiendo suicidarse algún día. Promesa, cumplida el 31 de diciembre a las 11:30 a.m., en el momento en que mi abuelo con mi tía y su novio se aprestaban a recibir el año nuevo del 39. Mi tío llegó a la casa diciendo: -“Vengo a despedirme porque me voy de este mundo”… ¿Cómo?- preguntó el abuelo, y él respondió:- “Sí, porque me voy a matar”. Sin más ni más, sacó un revólver y se disparó en la sien.
A los tres meses se dio el suicidio de mi papá, que hizo lo mismo pero en la boca. Luego la tragedia se repitió con el presidente de la fábrica de cementos, que estaba locamente enamorado de mi mamá, joven, viuda, hermosa y dueña de la tienda de mi papá. Por sus continuos rechazos había intentado varias veces matarse, hasta que una noche en la había muchos trabajadores en la tienda, comiendo y tomando guarapo, y las muchachas de la casa pasaban bandejas de gallina y papas chorreadas, el presidente de la fábrica abrió la puerta del cuarto donde dormíamos los niños, introduciéndose en la habitación. Yo vi una silueta reflejada en una franja de luz, entrando como un rayo vertical en la habitación y un estrepito al cerrarse la puerta.
El presidente de la fábrica caminó por delante de los siete niños y niñas, que dormían en el cuarto, sentándose sobre un baúl, junto a la ventana, y empezando a chupar un cigarrillo mientras decía: -“Esta noche si me mato”.
Hoy yo sólo recuerdo su cara iluminada por la luz de un fosforo, porque cada vez que aspiraba el cigarrillo se le alumbraba el rostro… De pronto comenzaron a salir chispas de la mecha del taco de dinamita que tenía en la mano que encendía con el cigarrillo… De pronto se produjo una gran explosión y quedaron sus sesos, esparcidos por toda la habitación, y sobre nuestras pequeñas humanidades… Yo tenía ocho años.



