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Domingo, 4 de octubre de 2026

Urge vacuna contra la violencia

Urge vacuna contra la violencia
Luis Alberto Barrera Moreno
Por: Luís Barrera.

El pasado sábado 14 de febrero Villa Rica, por iniciativa de un grupo de jóvenes, marchó contra los violentos y la inseguridad, que comienzan a preocupar a sus habitantes en una población que siempre fue un remanso de paz y en donde se ha paseado campante desde el terrorismo irracional hasta el robo de celulares.

Hace poco también en Puerto Tejada, ciudadanos expresaron su rechazo a la escalada violenta que comenzó el 2015 en un intento por sensibilizar la sociedad portejadeña ante tanta indiferencia y la lucha entre las pandillas juveniles, cuyos enfrentamientos ha dejado un buen número de víctimas fatales.

La reciente execrable masacre de cuatro menores en Florencia, Caquetá, nuevamente mereció la indignación y la movilización de las autoridades a nivel nacional para que este atroz crimen no quedara impune y se diera con el paradero de los responsables, siendo un hecho que avergüenza a una nación y una sociedad que dice llamarse civilizada como la nuestra.

Y es que este fenómeno social como lo aterran las cifras de la espiral violenta en poblaciones como Santander de Quilichao, para no ir muy lejos, sigue actuando entre nosotros como si fuera el único medio, por el cual unos pocos hacen oír su voz, mientras que la mayoría, perjudicada, ha de seguir aguantando inerme, atónita, estupefacta, como si no tuviese capacidad de asombro, ante lo que ya se vuelve cotidiano.

Urge vacuna contra la violencia

El cuestionamiento que muchos violentólogos se hacen en nuestro medio es ¿Cómo se compagina nuestro supuesto elevado nivel cultural con esa inusitada brutalidad, propia más bien de tiempos pasados? ¿Es la violencia un fenómeno natural, inscrito en nuestros genes, o se trata más bien de algo cultural, aprendido?

No cabe duda que la violencia en la familia es la base de tanta violencia. Se ve a diario como madres y padres dañan tanto física como psicológicamente, dando un ejemplo a sus hijos, futuras personas violentas. Si no tomamos conciencia cada uno de nosotros de la violencia que generamos en nuestra casa, en nuestro trabajo, en la calle o donde sea que convivamos, no podemos contribuir a que cese tanta violencia en este país tan reprimido.

Los adolescentes y los jóvenes son violentos, porque violenta es la sociedad que les hemos construido los adultos. Otro caso penoso es que los adolescentes de nuestro país están actuando de una forma vandálica, esto se debe a la formación, a la falta de amor que hay en sus casas, la destrucción de los hogares con padres separados, un desamor total en las familias, a un temor de Dios y a la falta de conocimientos que le permitan razonar que ponerse una «capucha» con revólver en mano y salir a cometer actos inhumanos no es debido.

Está claro y da lástima, que ya ni en nuestro hogar podemos estar confiados y protegidos de cualquier delincuente y mucho menos en una calle de una bala perdida. “Qué bueno sería que alguien pudiera inventar una vacuna contra la violencia”, me comentó el otro día el médico Orlan Mina Vergara, director del Hospital Regional Francisco de Paula Santander, quien tiene una fundación en la vereda de Vilachí, precisamente para el rescate de jóvenes adictos y en alto riesgo en Santander de Quilichao, en una labor social digna de destacar y apoyar.

Y es que en verdad para contrarrestar la violencia, urge salvar a la niñez y a la juventud, a partir de la familia, las instituciones educativas, la iglesia, los medios de comunicación y la sociedad en general con acciones sociales de rehabilitación y prevención.

Los niños son violentos, porque es violencia lo que viven y respiran en sus hogares. Urge entonces que aprendamos a reaccionar con serenidad, paciencia, perdón, tolerancia y amor ante quien nos ofende o nos hace daño; que no a la fuerza queramos imponer nuestros «derechos».

Para contrarrestar toda esta violencia diaria es necesario que no busquemos prevalecer sobre los otros, utilizando medios violentos y destructivos, que se valore el trabajo del campesino, para que éste no huya a la ciudad, aumentado el número de los desempleados o desplazados, ya que en estos casos la tentación de la violencia se presenta como única alternativa de sobrevivencia.

Es impostergable comenzar a influenciar en escuelas y universidades, para que no se siga predicando la violencia como único medio de transformación social. En muchos casos lamentablemente los estudiantes son violentos, porque esos son los criterios y actitudes que observan en sus maestros.

Ya es hora que nos reeduquémonos todos. Convirtámonos de raíz a ser buenos ciudadanos, respetuosos de las autoridades y la ley. Sólo así superaremos la cultura de la violencia en que vivimos y construiremos la «nueva civilización del amor» como la pregonaba Juan Pablo II y reconocer que debajo de la capa de civilización y de progreso que a veces nos ufanamos, pueda esconderse una salvaje brutalidad que nos llena de inquietud.

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