Los herederos de la Revolución Francesa


Los temporales del posmodernismo, para ponerla más suave -los vientos- han fracturado la Casa de la Política donde habita desde la Revolución Francesa el mito de la igualdad, la libertad y la fraternidad.
La fractura no implica que la edificación esté en peligro de colapsar y bien pudiera decirse, de manera ilustrativa, utilizando la anécdota de Slavoj Zizek en torno a un diálogo radial entre combatientes de dos trincheras amigas en la Segunda Guerra Mundial: «Aquí la situación es seria, pero no catastrófica», en tanto que la respuesta fue: «Aquí la situación es catastrófica, pero no seria».
En otras palabras, el estruendo provocado por la furia del islamismo radical le ha desprendido la pintura y cuarteado la seguridad, pero no ha logrado destruir ninguno de sus mitos.
Ni el Estado burgués está en agonía, ni el Corán está en trance de sustituir a la Biblia; sin embargo, lo que queda claro es que los Jefes de Estado reunidos en París, marcharon el mismo día en sentido opuesto al pueblo, el mismo pueblo que protagonizó la Toma de la Bastilla, convertido hoy en conservadora clase media, mandatarios que debieron trasladarse después de la caminata a la ciudad de Viena, donde el espíritu de Sigmund Freud y el ambiente teórico del psicoanálisis les hubiera servido para entender las enfermedades mentales de la política, como la islamofobia, en aras de superar la represión de sus más severos conflictos ideológicos.
La verdad es que la humanidad se privó de conocer el origen de la locura guerrerista, promotora del hambre y alimentada por el capital-neoliberal, como máxima Razón de la humanidad.
De haber asistido los mandatarios de la Unión Europea al diván psicoanalista habrían recuperado la conciencia política de su identidad perdida y quizá hubieran podido entender la racionalidad de los grandes conflictos del poder que produjeron sesenta millones de muertos, millones de heridos y hambrunas despiadadas en las dos últimas carnicerías mundiales, que no fueron provocadas por “la dictadura del proletariado”, ni por Alá, sino por la “dictadura del capital”.
Los herederos de la Revolución Francesa marcharon y, “rodilla en tierra”, juraron que no volverían a provocar guerras ni conflictos étnicos ni religiosos, ni tampoco serían protagonistas de la depredación de los recursos vitales del planeta argumentando el “bienestar y el progreso”.
“La libertad y la fraternidad para el Gran Capital, así como el espíritu del Gran Jefe Toro Sentado Fucuyama, seguirán intactos”, dijeron.
Fuera de toda discusión y controversia quedaron otros mitos, como el mito del individuo, de tan alto precio para el liberalismo.
Ningún periódico cuestionó que los individuos no pueden existir aislados, que el individuo, como un Llanero Solitario, no existe, que la independencia del sujeto liberal es una mera ilusión que sólo pretende sustituir la historia de la humanidad por los conceptos sin historia y eternos del hombre, encubridores de los procesos sociales.
Mejor hubiera sido que en los momentos crudos del neoliberalismo el mundo hubiera conocido que los derechos económicos no son falsos derechos, que la crisis de los europeos es de fondo, (España-Grecia), que las demandas fundamentales de la tradición liberal deben ser columnas del Estado Social y Democrático de Derecho, por lo menos.
Pero callaron, porque el derecho al trabajo, la salud, la educación y el techo, en el contexto del neoliberalismo, no deben plantearse como derechos sino como necesidades sociales a las cuales tendrá que dar solución el mercado.
Nada de Estado de Bienestar, suena a social, sabe a igualdad, lo que importa es la relación hombre voto, mujer voto, consensos pasivos, neutrales e indiferentes, fortalecimiento de la sociedad, no del Estado, apelando a la fe, al renacimiento moral de las cruzadas, ahora políticas, para que se oculte la supremacía del poder de las transnacionales sobre las instituciones democráticas. ¡Viva el Estado mínimo! El poder político democrático es peligroso.
Los franceses, que ayer proclamaron “paz y amor”, “prohibido prohibir” y “la imaginación al poder”, levantaron estandartes contra el islam, tanto que he tenido que releer El Corán, que me regaló mi amiga marroquí Ayana Munir en la Universidad de Granada, y no he encontrado en sus salmos gritos de guerra sino un código de vida donde Allah es compasivo.
Es la geopolítica, la guerra y el odio sectario inducido lo que ha convertido a una parte de los árabes en grito de guerra; dogmatismo irracional, absurdo alienante, como lo corrobora, desde otra perspectiva, la anécdota de una procesión de católicos que salió a desafiar a un grupo de pentecostales al grito de “!Abajo los evangélicos!”, quienes para evitar ser linchados y atropellados optaron por exclamar: “!Viva Cristo Rey!”, mientras los católicos no alcanzaron a reflexionar y respondieron: “!Abajo!”. Y como para recordar: tiempos de la violencia partidista: “¡Viva el Gran Partido Liberal, abajo los godos!”. ¡Abajo los cachiporros apátridas!: Doscientos mil muertos. (1.946-1966). Hasta pronto.



